La política real, dura y pura, tiene un horizonte de tiempo cortísimo. Digamos que su unidad de medida es una hora. Pasado ese tiempo, ¿la declaración o la acción logró colocarse como tema importante? ¿Reforzó la posición e intereses de quien la hizo? Si lo hizo, ¿cómo mantener la iniciativa y evitar que otros se la roben, con movidas igual o más escandalosas? Si no, ¿qué debe hacerse para arrebatarla? Vender a la mamá, al hermano o a la mejor amiga puede ser necesario pues, ni modo, hay que dejar de lado cualquier remordimiento y hacer lo que hay que hacer.
En ese discurrir de pleitos y escaramuzas, lances de cuchilladas y mordidas en las que detenerse a pensar puede equivaler a perder el pleito, se define muchas veces el rumbo de países enteros. Y hay toda una industria de asesores, troles, activistas, dirigentes, periodistas y compadres o comadres que viven de este agite diario. No les importa otra cosa más que salir victoriosos, aunque lo que defiendan sea moral, ética o políticamente cuestionable. Y, por supuesto, cobrar su tajada. Que no les pagan, ni ascienden en sus carreras, por andar filosofando.
Lo que estas personas negocian, adquieren o pierden, es poder político. Todos los días. Y como el poder es adictivo no admite pausas. Si usted se metió en el juego, no vale pedir “recreo”. Y, si lo pide, los demás se lo darán, por supuesto, pero le quitarán todas las fichas y, de seguro, su vuelta será un camino muy empinado.
Por eso es que la burbuja de la política tiene poco que ver con la de la intelligentzia de una sociedad. Los intelectuales –académicos, periodistas, expertos–piensan en conceptos, planes y estrategias de mediano largo plazo; en la coherencia entre medios y fines. Redactan textos y son críticos de las fallas lógicas en el razonamiento. Están, a los ojos de la política, en la pura nube. Y no dejan de tener razón: muchas veces, les falta el cable a tierra.
Y, sin embargo, una sociedad en la que política e intelligentzia están divorciadas va de prisa hacia ninguna parte. El permanente agite de los cuchillazos abandona el diseño y construcción de una visión estratégica de país, cosa vista como pendejada por los políticos que viven del hoy y ahora. En eso andamos, criando astutos que desprecian las ideas e idolatran los gestos. Creo necesario nadar contracorriente y construir puentes entre estos dos mundos. Se necesitan y los necesitamos.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.