Shlomo Ben-Ami. 21 enero

LOS ÁNGELES – El objetivo de dos Estados para dos naciones, que viven lado a lado dentro de fronteras seguras, ha sido la base del proceso de paz palestino-israelí desde los Acuerdos de Oslo de 1993. Pero a pesar de todos los intentos y propósitos, está muerto y enterrado. Y quizá la razón más importante sea que el objetivo de dos Estados ya no se corresponda con los hechos en el terreno.

Sin duda, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) todavía respalda la solución de dos Estados. No le interesa ningún acuerdo interino que, como ha demostrado la experiencia, las coaliciones de extrema derecha de Israel podrían extender indefinidamente, utilizando el interminable proceso de paz como una excusa política para una ocupación y un asentamiento continuos en tierras palestinas.

Hoy existen tres “Estados” involucrados en el conflicto palestino-israelí: Hamás en Gaza, la AP en Cisjordania, e Israel

Pero para el segundo actor clave palestino, Hamás, el objetivo de independencia viene después de una garantía del predominio del islam en toda la región. Su absoluta falta de voluntad para sancionar la existencia de un Estado judío en la tierra sagrada de Palestina descarta cualquier compromiso convincente con la solución de dos Estados.

En este punto, la posición de Hamás se alinea perfectamente con la del actual gobierno de extrema derecha y religioso-nacionalista de Israel, que no puede hacer las concesiones que exige una solución de dos Estados sin traicionar al núcleo de su propia ideología fundamentalista. El gobierno de Israel no puede permitirse un acuerdo interino, solo un acuerdo de paz concluyente. De la misma manera, Hamás ha jugado con la idea de una hudna (tregua) prolongada que, llegado el caso, pueda conducir a una paz con la “entidad sionista” – pero no a su reconocimiento.

A pesar de las posiciones coincidentes de Israel y Hamás, en materia de seguridad Israel coopera con la OLP –y, en particular, con el gobierno de la Autoridad Palestina (AP), liderado por el presidente Mahmud Abás-. Esa cooperación es la última línea de defensa de Abás contra una toma del poder por parte de Hamás. En verdad, la ola de ataques perpetrados por Hamás contra blancos israelíes en Cisjordania en los últimos meses ha estado destinada a debilitar aún más al régimen de la OLP allí, exponiendo su estrategia de colaboración con el ocupador.

Si bien la AP depende en gran medida de la fuerza israelí para conservar el poder en Cisjordania, su posición frente a Hamás también se ve fortalecida por su legitimidad internacional, que le garantiza un control de los fondos de los donantes del resto del mundo. Abás, aprovechando esta posición, ha impuesto severas sanciones financieras a Gaza, que han exacerbado las consecuencias humanitarias ya severas del bloqueo de Israel.

Abás parece calcular que una guerra declarada con Israel en la Franja de Gaza terminaría con el régimen de Hamás allí, obligándolo a formar un gobierno unificado con la AP. Pero Hamás sin duda consideraría ese gobierno como una oportunidad para tomar el control de todo el movimiento nacional.

Sin embargo, inclusive ese desenlace es altamente improbable. En realidad, es poco lo que podría obligar a Hamás a renunciar a sus capacidades militares independientes –que pueden ser lo suficientemente temibles como para desafiar a las Fuerzas de Defensa de Israel-, mucho menos a su derecho a utilizarlas. Los líderes de Hamás tal vez pretendan emular el modelo libanés, por el cual Hizbulá mantiene una fuerza militar que en definitiva podría bastar para garantizar una autoridad política máxima.

También harían todo lo que estuviera en su poder para evitar renunciar al control de Gaza que, bajo el régimen de Hamás, funciona como un Estado islámico sunita independiente, con instituciones de gobierno, servicios públicos y su propia red de aliados regionales. Esos aliados –Hizbulá, Irán, Qatar y Turquía- representan un modelo alternativo de “democracia” islámica y se oponen al statu quo regional (y a la AP prooccidental que ayuda a sostenerlo).

Es por esto que, aun cuando defiendan a viva voz la causa palestina, esas potencias se oponen a la solución de dos Estados o les resulta indiferente. Un acuerdo de paz palestino-israelí según las líneas trazadas por el Occidente liberal le otorgaría a Israel una legitimidad regional y lo convertiría en un aliado clave de los regímenes árabes conservadores enquistados en la región.

Si bien ninguna de estas potencias es particularmente amigable con Israel, su respaldo de Hamás, en cierto punto, favorece al gobierno del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu –y Netanyahu lo sabe–. Por ejemplo, Israel permitió que Catar mantuviera al Estado de Gaza funcionando al hacerse cargo de los salarios de los empleados públicos de Hamás, debilitando así la estrategia de Abás de no pagarlos para obligar a Hamás a tomar posiciones más conciliatorias.

En términos más generales, si bien el gobierno de Netanyahu hizo todo lo que pudo para debilitar y humillar a la AP, ha negociado respetuosamente con Hamás, a través de terceros, sobre intercambios de prisioneros y ceses del fuego. La razón es obvia: un Estado fundamentalista islámico liderado por Hamás le ofrece a Israel el máximo pretexto para rechazar las negociaciones de paz.

Dada esta dinámica compleja y conflictiva, hoy existen tres “Estados” involucrados en el conflicto palestino-israelí: Hamás en Gaza, la AP en Cisjordania, e Israel. Los muros y los cercos que Israel ha erigido para separarse de Gaza y de gran parte de Cisjordania han ayudado a afianzar esta realidad.

De acuerdo con Israel, un movimiento nacional que incluya a grupos ideológicamente irreconciliables nunca podría lograr la liberación; los palestinos necesitarían llevar a cabo su propia Altalena. En 1948, el ejército del nuevo Estado israelí, bajo las órdenes del primer ministro David Ben-Gurión, hundió el Altalena, un barco cargado de armas destinado a Irgún, un grupo paramilitar judío radical. El Irgún, liderado por Menachem Begin, no tomó represalias y así puso fin a la confrontación violenta entre los dos bandos.

Pero el fundador de la OLP, Yaser Arafat, temía el espectro de un acuerdo divisivo con Israel que pudieran generar una guerra civil palestina concluyente, al igual que Abás hoy. Por supuesto, como Ben-Gurión, Abás entiende que un comando militar integrado que implemente una estrategia única compartida es vital para crear un Estado palestino unificado. Pero Israel, que con tanta efectividad ha llevado a cabo una estrategia de divide y reinarás, no ha ofrecido ningún camino claro hacia una paz duradera.

En este contexto, una guerra civil palestina equivaldría a un suicidio nacional –y a un sueño hecho realidad para el gobierno de derecha de Israel–. Así las cosas, la solución de dos Estados no se puede revivir. Esta historia tiene tres bandos.

Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Relaciones Exteriores israelí, es vicepresidente del Centro Internacional Toledo para la Paz. Es el autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy. © Project Syndicate 1995–2019