Una presidencia más, una oportunidad menos para las mujeres
En 203 años de vida independiente, solo cuatro mujeres hemos presidido el Congreso. Este 1.º de mayo era la última oportunidad de esta legislatura para enmendar esa deuda histórica
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PorCarolina Hidalgo Herrera
Este 1.º de mayo, por cuarto año consecutivo, Costa Rica eligió a un hombre como presidente de la Asamblea Legislativa: Rodrigo Arias Sánchez, figura experimentada que ha sabido sostener con inteligencia el valor del sistema democrático costarricense y contener, en no pocos momentos, los embates autoritarios del actual Poder Ejecutivo. Su elección puede interpretarse como un acto de equilibrio ante la tensión de poderes que vive el país. Sin embargo, no podemos permitir que esa lectura silencie otras más incómodas: esta elección es también una derrota más para las mujeres en política y para la paridad que tanto nos ha costado construir.
En 203 años de vida independiente, solo cuatro mujeres hemos presidido el Congreso. Este 1.º de mayo era la última oportunidad de esta legislatura para enmendar esa deuda histórica. Pero, una vez más, se optó por lo tradicional, lo conocido y, sobre todo, por lo masculino. El simbolismo es innegable: cuando se trata de la presidencia del primer poder de la República, las mujeres no somos bienvenidas.
No se trata de una queja superficial ni meramente identitaria. Se trata de poder, de representatividad y de la responsabilidad del Congreso de reflejar al país que somos. El Poder Legislativo de este cuatrienio cierra su ciclo dejando una cuenta pendiente con la democracia paritaria. Y no es casualidad que este rezago ocurra en un contexto político en el que el Partido Acción Ciudadana –que ha priorizado sistemáticamente la paridad en sus estructuras y postulaciones desde el 2001– no tiene representación parlamentaria.
Esa ausencia pesó. Lo vemos en la regresión de los debates sobre igualdad y, ahora, en la perpetuación de liderazgos exclusivamente masculinos en la presidencia legislativa. ¿Por qué lo afirmo? Desde su fundación, el PAC incluyó la paridad como principio en su ideario (2002), reformó sus estatutos para garantizar la paridad vertical y horizontal (2009), y jugó un papel clave en la aprobación del Código Electoral (Ley N.º 8765), que institucionalizó la alternancia y la paridad de género en las candidaturas. Y no se quedó ahí: defendió la obligatoriedad de la paridad horizontal ante el TSE, lo que derivó en resoluciones clave como la N.º 10282-E3-2023. Todo esto, con un enorme esfuerzo por construir consensos, a pesar de ser una bancada pequeña, por visibilizar nuestros liderazgos femeninos, en lugar de renunciar al diálogo y votar únicamente por nosotros mismos.
Pero lo más alarmante es el clima político generalizado que ha permitido este retroceso. La narrativa del actual gobierno ha sido consistentemente violenta hacia las mujeres en política. Las descalificaciones, burlas y ataques desde el Ejecutivo han tenido un efecto devastador: han legitimado el odio, naturalizado el machismo y sembrado miedo entre quienes alzan la voz. Este mensaje ha calado y ha sido replicado por otras bancadas. Una muestra de ello es que, en este cuatrienio, tenemos cinco diputaciones independientes –todas mujeres– que se han sentido excluidas de sus fracciones y cuyo liderazgo no fue reconocido. El mensaje es claro: la participación de las mujeres es bienvenida solo si no incomoda al poder. Y eso, en una democracia, debería escandalizarnos.
Las cifras lo confirman. La violencia política contra las mujeres ha aumentado, los discursos de odio se han intensificado y, como alerta el violentómetro feminista, hemos pasado de formas simbólicas de violencia a una normalización peligrosa que erosiona la participación femenina en todos los niveles. La ausencia de mujeres en la presidencia del Congreso es solo un síntoma más de esa enfermedad estructural.
Hoy, más que celebrar equilibrios políticos, urge denunciar retrocesos democráticos. Porque una presidencia más para un hombre –aunque bien intencionada– es también una oportunidad menos para las mujeres. Y eso, este Congreso no supo –o no quiso– corregirlo, a pesar de ser la Asamblea Legislativa con mayor paridad en nuestra historia.
chidalgoh@gmail.com
Carolina Hidalgo Herrera es exdiputada y expresidenta de la Asamblea Legislativa.
Una presidencia más para un hombre –aunque bien intencionada– es también una oportunidad menos para las mujeres. Y eso, este Congreso no supo, o no quiso, corregirlo. Foto: Rafael Pacheco (Rafael Pacheco Granados/Rafael Pacheco Granados)
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