Dorelia Barahona. 21 abril

Esta narración es de las grandes narraciones inconclusas que aparecen junto con la escritura, y que, como bien dice Roberto Calasso en su espléndido ensayo Las bodas de Cadmo y Harmonía, no más llegar el alfabeto al banquete de la mano de Cadmo el fenicio, los dioses se levantaron y se fueron junto con sus mitos para regresar al bosque. Occidente comprendió que era el fin e inicio de una época y, con ello, que los dioses hacían cambios.

Un cierre perfecto para un tiempo durante el cual los dioses habían sido abusivos y viciosos.

Dios había madurado. Ya no se dedicaría a hacer llamados al odio como resabios del desorden dejado por los dioses antiguos

Y así fue, la escritura le puso tope a la seducción oral de proezas y castigos que ejercían los mitos sobre la gente. La escritura dijo a los pueblos cómo comportarse, e hizo de la manera más completa posible el recuento de lo testado y allí, en su espacio material donde se escribe, dijo de nuevo cómo habían sido los hechos desde el principio.

Leemos y esta escrito: Solo hay un Dios todopoderoso. Es un Dios temible, que sabe escribir y lo que escribe se escribe en piedra. Llegó finalmente el orden y la luz le ganó a las tinieblas de los antiguos cultos.

Funcionó. Lo escrito ordenó los pueblos y el uso del garrote se limitó, aunque nunca se sabrá del todo, como decía Herodoto, cuánto de celos y, por lo tanto, de ficciones contribuyeron a redactar esos escritos.

El asunto que aquí detallamos es que ese dios de las escrituras y el viejo orden trabajaba muy duro ordenando y ampliando la casa. Vigilaba, señalaba con un dedo a todos, amenazaba con partir con un rayo los cuerpos y lanzar pestes sobre los sembrados, entre otras cosas, y es que los tiempos no estaban para menos. Todavía el recuerdo de los becerros de oro y los dioses díscolos de vez en cuando aparecían entre las gente.

Mutación. Así que por esos días, Dios pensaba que ya no quería ser ese dios. No le gustaba que solo le temieran. Esa no era la idea. Él era Dios. Único, bueno, perfecto y eterno. Y como el cosmos se había hecho a su imagen y semejanza, pues en lugar de temerle ya era tiempo de que empezaran a quererle ¿o no?

Pero ¿quién quería estar cerca de él a punta de sacrificios, fuera por una recompensa después de muertos o por salvarse en la resurrección final, cuando los infiernos abrieran los secretos bancarios? Pues muy poca gente.

Ese Dios guerrero y temido sabía muy bien que eran pocos los fieles que lo querían de verdad. La mayoría de sus seguidores se acercaban buscando enriquecerse con sus dones, o bien, por consuelo y cambio de fortuna o por miedo al temido castigo divino.

No era insensible. Sabía que el odio se sentaba junto a su mesa sin decir nada todas las mañanas. Y así había sido, pero ahora los tiempos para odiar se estaban acabando. Ya no tenía fuerza para continuar avivando a los ejércitos y menos a las piras.

Mantener enardecidos a los suyos lo tenía sumido en ese letargo. Si los suyos lo amaran, estaba seguro de que el mismo amor produciría más amor. Estaba escrito.

Pero dichosamente el mundo había avanzado con el tiempo desde que escribió los mandamientos. Era el momento de seguir avanzando y, como era Dios, pues cada vez que pensaba creaba un mundo nuevo, y entonces apareció el amor como una fuerza visible, escrita y predicada. Apareció el Perdón. ¡Ah! ¡Cómo no lo había escrito antes!: Mejilla por mejilla, no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan… quiérete a ti mismo antes que a los demás… Dios, entonces, resucitó con nueva energía, forma y sentido de su misión.

Ya no era necesario castigar, sino, más bien liberar. Dejar que sus imágenes semejantes crecieran y fueran libres para quererlo de verdad. Sus pueblos seguirían avanzando… la verdad los haría libres.

Puso papel blanco en las ya voluminosas escrituras. Escribió nuevos mandatos por medio de Jesús, a quien nombró su hijo encarnado gracias a María, la madre carne que da vida y envuelve con su materia todos los detalles de la naturaleza.

Otro Dios. Dios había madurado. Ya no se dedicaría a hacer llamados al odio como resabios del desorden dejado por los dioses antiguos, sino que integraría a la vida en todas sus dimensiones. Empezó por reconocer el papel de la mujer y ya no insistió en que fue creada a partir de una costilla porque su barro era la carne de sus hijos y estos eran libres como lo son las mujeres y los hombres de su mundo y todos descendían de la gran nodriza original, como la llamaba aquel filósofo Platón y eran su pareja de materialización: diseño y forma.

Y lo que de allí surgía era armonía pura que ponía en movimiento el cosmos y la vida. Una armonía que necesitaba de todos y de todas. Decidió entonces olvidarse del infierno y de llamar a sus creyentes siervos. Todos eran iguales. Se concentró en divulgar estas novedades entre los pueblos, pero como siempre ocurría quedaron lugares rezagados por falta de información y malos hábitos. ¿Cómo movilizarlos? Dios recordó la necesidad y puso en medio de la plaza fuentes que no daban agua.

Todos se percataron de su comodidad y de que el agua podía dejar de llegar a sus casas también y empezaron a discutir. Primero, se culparon y, luego, se organizaron de manera igualitaria para construir acueductos.

Vio Dios que había recetas que siempre funcionaban. Tendría que llamarles la atención a sus sacerdotes y administradores. Así que los llamó en sueños y les habló con la lengua de la razón. La verdad os hará libres, les repitió, pero se quedó pensando que esa frase no era suficiente y les dijo de nuevo: la verdad os hará libres, pero una vez que hayan estudiado no solo mis escrituras, sino las fuerzas que mueven la naturaleza, la artes de la retórica, las responsabilidad de la prudencia, las leyes de su comunidad y, sobre todo, las consecuencias de sus actos.

Dios sabía que su pueblo estaba creciendo y tenía que confiar, pero, como dicen, un empujoncito para cambiar no le caía mal a nadie. Un Dios prevenido vale por dos... pensó, y fue a cuidar sus huertos.

La autora es escritora.