Hace rato estoy tentada a responder a mis troles con una carcajada sincera, porque a veces el modo como tratan de ofenderme me hace mucha gracia.
Cuando me quejé en las redes porque el presidente nos había llamado “borrachos” a los universitarios y una bandada me dijo que eso era poco, que éramos ratas, feminazis, sanguijuelas y escorias malolientes, me hizo pensar que, después de todo, no estaba tan mal la ofensa presidencial en comparación con las que me dedicaban mis detractores.
Otras no me causan risa, sino preocupación, no porque me afecten emocionalmente —la única ventaja del ejército de troles que abundan desde que soy columnista es que son una “terapia” formidable contra el miedo que alguna vez sentí frente al matoneo cibernético—, sino por lo que eso dice de los altos niveles de violencia que producimos como país.
La socióloga alemana Gesa Lindemann afirma que la violencia es un universal antropológico y un medio de socialización que define quién cuenta moralmente y quién es una persona social, que en tanto no existan perturbaciones no es necesario distinguir, pero que el surgimiento de una crisis institucional hace menester dejar en claro quién es quién. Señala, además, que la violencia es un discurso racionalizante que regula cuándo, contra quién y por qué.
Cómo se enciende la chispa
La forma en que regulamos el ejercicio de la violencia cambió en los últimos tiempos, producto del agotamiento del bipartidismo, del surgimiento de discursos de derechos humanos a la carta, de la agudización de los extremismos religiosos, el apogeo del populismo y el deterioro de otras instituciones, tales como la educativa. El cuándo, ahora es un siempre; el contra quién, un contra todos; y el por qué, un porque puedo.
El procedimiento con el que regulamos la violencia parece una catarata con dificultades para contenerse y encuentra un desencadenante en el aumento del resentimiento, tan común que consiste en enojarse con alguien por atribuirle la responsabilidad de un daño y desventaja propia. La desigualdad, que se hace cada vez más notoria, es combustible para el escozor.
Pese a que somos un país bastante más complejo que dos bandos, para fines explicativos, me detengo en estos binomios.
Entre pobres y ricos. Los primeros tienen la certeza de que los segundos consiguieron por vías deshonestas su dinero y su fortuna podría evitar la miseria de tantos, si quisieran ser solidarios, pero no lo hacen.
Vemos un enfrentamiento entre hombres y mujeres, consecuencia, entre otras cosas, de la pérdida de privilegios sentidos como derechos en los primeros, quienes protagonizan un backlash que busca restaurar el orden sexual. Pero también porque hoy casi cualquier mujer puede denunciar a un hombre con un clic.
Contemplamos, del mismo modo, una tensión entre jóvenes y mayores, con reclamos de que los adultos coartan su libertad, son conservadores, fachos y antiderechos. A la juventud, por su lado, le devuelven la cortesía llamándola “generación de cristal”.
Un antagonismo entre quienes trabajan en el sector público y quienes pertenecen al privado. Los empleados públicos son retratados rodeados de privilegios que no merecen, sin rendir cuentas ni hacer nada para mejorar el país. Y estos ven en la actividad empresarial la marca del anticristo social, el cuco de cierta izquierda que se quedó citando a Marx como un rosario, el temible capitalismo.
Muchos de estos últimos ocupan aulas universitarias, donde se oponen a una formación que posibilite al estudiantado conseguir trabajo, porque piensan que es “venderse al capital”. Give me a break!, como dirían sus tan odiados gringos.
Existe resentimiento en los estudiantes que sobreviven con becas agónicas y ven a sus profesores propietarios recibir salarios que muestran una desigualdad difícil de tragar. Sin mencionar el desprecio recíproco entre quienes estudiaron en instituciones privadas —o no estudiaron— y los que se formaron en las públicas. La sangre derramada tiene rastros luminiscentes en Twitter, por ejemplo, acusaciones de tener “corona”.
Deseo de venganza
Me remuerde la conciencia cuando me pregunto cómo y por qué dejamos que el país llegara a este punto. ¿Cómo contribuimos a que una parte de la ciudadanía pida mano dura en contra de todo principio democrático? ¿Cuál responsabilidad nos cabe por la desilusión y el enojo de esa gente? ¿Cómo continuamos contribuyendo a que los discursos destructivos de nuestra institucionalidad sean pronunciados por los poderes de la República? ¡Cómo no entender que el resentimiento está muchas veces justificado!
La administración de la violencia, o ese “terrible deber de la venganza”, como diría el historiador francés René Girard, se popularizó tras el surgimiento de las redes sociales, sí, pero también a causa del resentimiento grosero que exuda el presidente de la República. ¿Qué hacemos con la gente que anda en busca de cómo se desquita, sea de maldades reales o imaginadas, que no parecen clamar justicia sino revancha?
Todos tienen poder para administrar la violencia, incluidos quienes atacan a los empresarios por ser supuestos “descarados que le roban al país porque no pagan impuestos”, al tiempo que afirman que ser chancletudo es ser solidario, tener pensamiento crítico, conciencia social y un autoindulgente etcétera, acompañado por lo general de una cuenta bancaria abultada.
Otros aseguran que si alguien está en la cárcel y quiere comunicarse con su abogado o con el juez, tendrá que buscarlos en la cárcel, como dice un meme muy reproducido en estos momentos. La correlación de fuerzas parece más confusa que nunca.
Un puñado de autoproclamados salvadores de los pobres, por un lado; otro, de indiferentes cínicos que miran pasar todo con aires de superioridad moral o sentimental; y más algunos políticos oportunistas y empresarios deshonestos.
Un mundo donde el sentido de las cosas está un poco roto, donde gente diferente se puede acusar exactamente de lo mismo con gran ligereza. Es posible afirmar cualquier cosa y casi todo viene en molde de consigna, como una que escuché el 1.° de mayo y se lee en varios grafitis: “Militar y policía es la misma porquería”, exportada de contextos que en poco se parecen al nuestro.
Optimismo
Aun así, me invade una añoranza dulce de algo bueno por venir. Algo que eche raíces valiéndose de lo que ya tenemos, de nuestra maciza democracia, frágil pero que aún funciona, en quienes trabajan en la función pública con la ilusión de que las cosas mejoren y se sienten responsables de administrar el dinero y el bienestar del país, las instituciones como el Tribunal Supremo de Elecciones, la Caja Costarricense de Seguro Social, las universidades públicas y los otros sectores de la sociedad, como la prensa, la empresa privada, la sociedad civil en toda su diversidad.
La gente que nos trata con cariño o consideración: nos saludan en la calle, el trabajo o el Ebáis; el padre que —como me comentó un primo hace algunos años— decidió que la cadena de maltratos se rompía con él; la amiga que sabe ser sincera, aunque nos duela; y el amigo que es leal, sin cálculos.
Me siento igual que ustedes, francamente preocupada por nuestro futuro democrático en la misma proporción que estoy convencida de que debemos hacer algo que está al alcance de la mano: infórmese de lo que está pasando, pero por medio de algún canal que no sea solo el WhatsApp, y busque versiones diferentes de lo que se habla.
Una manera de lograrlo fácilmente es conversando con personas que piensen diferente a usted, en su comunidad, trabajo, estudio, o con extraños en parques y lugares públicos de ocio.
Si actuamos de esa manera, será más difícil que nos engañen los que sacan ganancia de nuestra confianza o desidia. Es sencillo, pero eficaz.
“El habla permite hablar y hablar no es solo comunicar, va más allá de decirte dónde estoy y qué pasa, permite una relación con el pasado asombrosa, permite imaginar el futuro”, en palabras de la filósofa Amelia Valcárcel.
La autora es catedrática de la UCR y está en Twitter y Facebook.

