
En febrero de 2024, Bank of America (BofA) bautizó a la economía costarricense como una “economía jaguar”. La etiqueta nació de un informe titulado Jaguar Economy and the Spillovers from Export-led Growth. La metáfora fue tan buena que no se quedó en el reporte; pronto se convirtió en consigna política, símbolo oficial y prendedor de solapa. Si Asia tenía tigres, Costa Rica podía tener su propio felino.
El documento describía una combinación que más de un país habría envidiado: Costa Rica tenía un crecimiento elevado, inflación negativa, exportaciones dinámicas, abundante inversión extranjera (IED) y un colón que se apreciaba, aparentemente víctima del propio éxito del país.
Según BofA, el auge exportador estaba reduciendo el desempleo, mejorando la balanza de pagos y fortaleciendo la moneda, con efectos favorables incluso sobre la deuda pública. El jaguar no solo corría, también generaba empleo, acumulaba reservas y ayudaba a ordenar las finanzas públicas.
Dos años y medio después, la sorpresa no está en los datos (como hemos dicho reiteradamente en nuestros artículos anteriores), sino en el cambio de percepción de los mismos analistas de BofA. Su nuevo informe, Costa Rica: Exporters’ Hurdles, advierte sobre pérdida de competitividad, menor dinamismo exportador, costos laborales crecientes en dólares y empresas que reducen jornadas, trasladan operaciones o reconsideran inversiones. Dicen que solo los ríos y los tontos no se devuelven; por fortuna, los analistas de los bancos de inversión sí lo hacen.
A nuestro juicio, el error del análisis inicial fue confundir una buena racha coyuntural con una nueva condición estructural, y el crecimiento de una parte de la economía con la fortaleza del animal.
La economía que se vistió de jaguar
El primer informe no surgió del aire. En 2023, la economía crecía más de 5%; las exportaciones de bienes y servicios acumulaban tres años de aumentos superiores al 10% y la IED superaba ampliamente el déficit de la cuenta corriente. BofA destacaba, además, el aumento de la productividad, la recuperación de los salarios reales, el turismo y la expansión de las empresas instaladas en zonas francas.
Incluso pronosticaba crecimientos superiores al 4,0% para los años venideros, augurando una reducción en el desempleo y un fortalecimiento del colón. Digamos que sí había razones para creer que el país tenía rasgos de jaguar.
El problema, en nuestro criterio, es que nunca se midió el felino y menos hasta dónde llegaba su territorio. Buena parte del dinamismo provenía de factores coyunturales internos y externos.
Corríamos cuesta abajo
Una parte importante del crecimiento reciente se apoyó en tres impulsos que le allanaron la pendiente. Los avances eran reales, pero no todos podían mantenerse de forma indefinida.
El primer impulso fue el rebote pospandemia. Cuando una actividad regresa desde niveles anormalmente bajos, cualquier recuperación puede parecer extraordinaria. La reactivación del turismo y de algunos servicios produjo cifras muy altas, pero ninguna economía puede rebotar todos los años. Una vez recuperado el terreno perdido, el crecimiento tenía que volver a velocidades más normales.
El segundo impulso fue la rápida expansión de la industria de dispositivos médicos. Este sector constituye uno de los grandes éxitos productivos del país, pero su actividad permanece concentrada en un grupo relativamente pequeño de empresas de alta productividad y mantiene encadenamientos limitados con el resto de la economía. Su crecimiento también enfrenta un límite: la oferta de personal calificado no aumenta al mismo ritmo que la industria requiere.
El tercer impulso, más reciente, fue el adelanto de pedidos desde Estados Unidos durante 2025 a pesar de los aranceles. El último informe de BofA reconoce que este frontloading fue la principal razón por la cual las exportaciones manufactureras crecieron alrededor de 20% ese año. Ante la incertidumbre creada por los nuevos aranceles, los compradores estadounidenses anticiparon importaciones que habrían realizado después.
La bajada fue tanta que vino con un calambre
En 2024, BofA interpretó la apreciación del colón como resultado del aumento de la productividad, IED y la mejora de las cuentas externas. Para el banco, era una señal de fortaleza. Irónicamente, el informe no ponderó suficientemente los efectos que esa misma apreciación tendrían sobre las actividades que hacían correr al jaguar.
Con una apreciación acumulada superior al 30% –más de 10% tan solo en 2026–, las exportaciones crecen hoy si acaso a una tercera parte de lo que lo hacían, mientras que hay trabajadores perdiendo sus empleos tanto en empresas transnacionales como nacionales. Tanto músculo terminó provocando un calambre.
La Cámara de Industrias encontró recientemente que el 84% de las empresas de zonas francas situaba la apreciación entre sus tres principales problemas de competitividad. Algunas compañías respondieron reduciendo jornadas, moderando salarios, trasladando actividades a otros países o reconsiderando inversiones futuras.
Se busca al jaguar de BofA
La última vez que se le vio con claridad fue en el informe de 2024, corriendo entre exportaciones de dos dígitos, abundante IED y una moneda cada vez más fuerte. Dos años después, sus huellas son bastante menos visibles.
En junio de 2026, el IMAE creció 3% interanual dado que tanto zonas francas como empresas domésticas crecen a esa misma tasa; atrás van quedando las épocas de crecimientos de dos dígitos en las primeras y de más de 4% en la parte doméstica. Las exportaciones acumuladas hasta julio aumentaron 4,5%, muy por debajo del 16,2% registrado un año antes. El régimen especial perdió fuerza y la manufactura local se contrajo en junio. El jaguar todavía se mueve, pero claramente renquea.
El enfriamiento también alcanzó las cuentas públicas. Durante el primer semestre, los ingresos tributarios disminuyeron 0,5% frente al mismo periodo de 2025. La recaudación aduanera cayó 5,2% y el impuesto interno sobre las ventas, 2,4%. Todo esto es reflejo de un consumo de los hogares que se desacelera de forma significativa.
Entretanto, el crédito al sector privado creció apenas 4,6% interanual en julio, por debajo del crecimiento nominal de la economía. Su capacidad para impulsar el consumo y la inversión es, por tanto, limitada, en particular en una economía con tasas de interés reales altas y una política monetaria que sigue pifiando su propia meta.
La población parece percibir esa situación. En la medición más reciente del CIEP-UCR, el 43% calificó la situación económica como mala o muy mala. Es difícil convencer a alguien de que vive en una economía jaguar si no encuentra empleo, si sus ventas no aumentan o si el crédito no le permite financiar una inversión. Los promedios rugen; los bolsillos, bastante menos.
Si Sabina preguntaba quién le había “robado abril”, nosotros tendríamos que preguntar quién se llevó al jaguar de BofA. Hace dos años rugía en los informes; hoy cuesta encontrarle las huellas. Una respuesta tentadora es que una historia atractiva también ayudaba a vender bonos costarricenses. La explicación más probable, a nuestro juicio, es menos conspirativa. Hubo un exceso de entusiasmo en el informe del 2024.
BofA identificó fortalezas, pero las proyectó demasiado lejos. Supuso que el auge de las zonas francas se extendería rápidamente al empleo y al resto de la economía, y presentó la apreciación del colón como señal de productividad sin ponderar suficientemente su costo para una economía tan abierta como la costarricense.
El tamaño real del felino
Quizá nadie se llevó al jaguar de BofA. Tal vez nunca tuvo el tamaño que le atribuyeron, sino más bien uno similar al de un manigordo. Había crecimiento, inversión extranjera y sectores exportadores capaces de correr a gran velocidad, pero también una economía interna mucho más lenta, con pocos encadenamientos, crédito débil y dificultades para trasladar ese dinamismo al empleo y a los bolsillos de la gente.
BofA lo fotografió cuesta abajo, con buena luz y desde un ángulo que lo hacía parecer más grande. Tres Doritos después, cuando llegó la subida, el felino sí se desinfló.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.