
Hay algo inquietante en el clima geopolítico actual. Polarización extrema, liderazgos autoritarios, discursos cargados de miedo, resentimiento y exclusión. Conflictos que escalan con rapidez. La sensación de que el mundo está reaccionando desde un lugar más primitivo que reflexivo.
Si lo miramos a través de los lentes de Carl Jung, quizás no estemos simplemente ante una crisis política. Tal vez estemos frente a nuestra sombra colectiva.
Jung definía la sombra como aquellos aspectos de nuestra personalidad que rechazamos, reprimimos o consideramos inaceptables. La sombra incluye impulsos agresivos, sí, pero también vulnerabilidad, miedo, deseo de poder, necesidad de reconocimiento… Todo aquello que no encaja con la imagen que queremos tener de nosotros mismos.
Jung describe la sombra como “la cosa que una persona no desea ser”. Y advierte de que cuanto más inconsciente permanece, más poder adquiere. Lo que negamos no desaparece; crece.
El mecanismo psicológico más común es la proyección. Jung explica cómo proyectamos en otros aquello que no reconocemos en nosotros mismos. Lo que no toleramos internamente lo vemos amplificado afuera.
Por ejemplo, alguien que aprendió a reprimir sus necesidades puede rechazar a las personas que expresan sus necesidades abiertamente. Pero Jung fue más lejos. Sostuvo que los mismos procesos operan en grupos, naciones y civilizaciones.
En su ensayo After the Catastrophe (1945), escrito tras la Segunda Guerra Mundial, Jung analiza cómo una nación entera puede quedar poseída por contenidos inconscientes colectivos. No hablaba solo de líderes carismáticos; hablaba de la disposición psíquica de un pueblo.
Cuando una sociedad proyecta su sombra, necesita un “enemigo” externo en el cual depositar aquello que no quiere reconocer. El otro –sea extranjero, opositor político, una minoría– se convierte en el portador del mal. Así se simplifica la realidad moral y se justifica la agresión.
Jung advertía de que el mayor peligro no eran las armas, sino la inconsciencia. Describió que el individuo moderno corre el riesgo de diluirse en la masa, perdiendo responsabilidad personal. Y cuando eso ocurre, la sombra se vuelve colectiva, anónima y más destructiva.
Si observamos el mundo actual y la retórica de fuerza, la sed de líderes “salvadores”, así como la deshumanización del adversario, ¿qué parte de nuestra propia psique estamos proyectando?
Cada vez que reaccionamos con indignación automática ante “los otros”, podríamos preguntarnos: ¿qué parte de mí se siente amenazada? ¿Qué aspecto mío estoy rechazando?
La polarización política no surge solo de estrategias electorales; se alimenta de heridas individuales no integradas: el miedo a la pérdida, la sensación de invisibilidad, la rabia acumulada y la necesidad de pertenencia. Cuando suficientes individuos no han integrado su sombra, la sociedad se convierte en el escenario donde esos contenidos se dramatizan.
Eso no significa que los problemas estructurales no existan. Existen y deben abordarse. Pero si el mundo actual refleja nuestra sombra colectiva, entonces la pregunta no es solo “¿cómo derrotamos al enemigo?”, sino “¿qué debemos integrar como individuos y sociedad?”.
Integrar no significa justificar la violencia o la injusticia. Significa dejar de fingir que somos moralmente puros mientras el mal reside únicamente afuera. Jung sostenía que el proceso de individuación (la integración de la sombra en la personalidad consciente) es doloroso pero necesario. Implica aceptar que somos capaces tanto de crear como de destruir.
A nivel colectivo, el equivalente sería desarrollar la capacidad de sostener la complejidad sin caer en la demonización. A nivel personal, Jung proponía varios caminos. Lo primero es observar nuestras reacciones desproporcionadas y preguntarnos qué revelan. Esa persona en el trabajo que aprieta nuestros botones, o eso que hace nuestra pareja de manera reiterada que nos desespera… Reconocer cuando estamos atribuyendo a otros lo que no aceptamos en nosotros mismos.
Luego, Jung nos invita a sostener un diálogo interno. En vez de rechazar ese enojo o ignorar la tristeza en mí, preguntar: ¿qué me quiere decir? ¿Qué necesito aprender de esta situación para que no me siga doliendo? Y poner un poco de distancia entre quién soy y lo que siento, para poder responder en vez de reaccionar.
A nivel colectivo, la integración podría traducirse en instituciones que favorezcan el diálogo real; educación emocional y ética, que enseñe pensamiento crítico y autorreflexión; medios y liderazgos que eviten explotar el miedo como herramienta política; espacios de escucha entre grupos opuestos, donde la complejidad pueda emerger sin ser inmediatamente atacada.
Recordemos también que, así como no somos nuestras emociones, tampoco somos nuestras opiniones. Podemos tener diferencias de criterio sin atacarnos como personas. Porque no se puede vencer la violencia con más violencia.
Sin embargo, es más fácil luchar contra enemigos externos que enfrentar nuestras contradicciones internas. La integración de la sombra es una tarea que nunca acaba, pero Jung nos recuerda que la salvación del mundo depende de la transformación del individuo, porque cada persona que asume su propia oscuridad reduce la necesidad de proyectarla violentamente en otros.
Tal vez el momento geopolítico actual no sea solo una crisis, sino una confrontación colectiva con aquello que hemos evitado mirar. La pregunta no es si tenemos sombra; sobre eso no hay duda. La pregunta es si elegimos integrarla o dejamos que siga manifestándose y haciéndonos daño.
Porque lo que no se hace consciente se manifiesta como destino. Y ese destino, tanto individual como colectivo, puede ser destructivo o transformador. La decisión, como siempre, está en cada uno.
aimee_lb@yahoo.com
Aimée Leslie es gestora ambiental y doctora en transiciones hacia la sostenibilidad.
