Columnistas

Sobrevivir en un futuro de calor extremo

Una ola de calor afecta a cerca de 1.000 millones de personas en la India y Pakistán, pero en los últimos años Estados Unidos, Australia, Europa, Escandinavia y Japón vivieron fenómenos similares

Si bien cerca de la totalidad de las muertes debidas a las altas temperaturas son prevenibles, las olas de calor matan a miles de personas en el mundo cada año.

En estos mismos momentos, una ola de calor extremo afecta a cerca de 1.000 millones de personas en la India y Pakistán, “testeando los límites de la capacidad de supervivencia humana”, según advierte Chandni Singh, uno de los principales autores de referencia del Sexto informe de evaluación del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

En abril, el promedio de temperaturas máximas en la India central y del noroeste fue el más alto en 122 años.

No es solo un problema del sur de Asia. En los últimos años, ocurrieron situaciones climáticas extremas en los Estados Unidos, Australia, Europa, Escandinavia y Japón, y causaron miles de hospitalizaciones y muertes adicionales.

El calor extremo está vinculado a aumentos de los nacimientos prematuros, bebés con bajo peso y muertes fetales, así como a las reducciones en la productividad de los empleados, mayores índices de enfermedad renal crónica de origen desconocido y aumentos de los suicidios.

En consecuencia, las temperaturas extremas constituyen un problema para “toda la sociedad”: no solo perjudican la salud humana, sino que también tienen efectos perjudiciales sobre la infraestructura, las cosechas y la mortandad de aves de granja, lo que pone en peligro sustentos de vida y socava la seguridad alimentaria.

La cúpula de calor del 2021 en el noroeste del Pacífico y el oeste de Canadá fue un caso ilustrativo.

Se trató de un suceso que habría sido prácticamente imposible sin el cambio climático. Los extremos de temperatura marcaron cerca de 5 grados Celsius por sobre los registros anteriores, y causó aproximadamente 1.000 muertes adicionales y un aumento de 69 veces de las hospitalizaciones relacionadas con el calor.

Los rendimientos de las cosechas de trigo y cerezas se desplomaron y millones de mejillones, almejas y ostras se cocieron en sus propios hábitats oceánicos, amenazando la seguridad alimentaria y los sustentos de los pueblos indígenas y comunidades de bajos ingresos.

Ya cerca de un 40% de las muertes por calor son atribuibles al cambio climático. Y, puesto que se prevé que este aumente la frecuencia, intensidad y duración de las olas de calor, la urgencia de medidas adicionales para proteger a la gente no hará más que crecer.

Sin una inversión inmediata y significativa para mejorar la resiliencia del sistema de salud y de la comunidad, las muertes asociadas con la exposición al calor aumentarán.

Es necesario contar con planes de acción basados en evidencia y bien comunicados para mantener en calma y fresca a la gente y reducir las hospitalizaciones y los fallecimientos.

Además de sistemas de alerta y respuesta temprana, se necesita una planificación a mayor plazo para la vida en un planeta con temperaturas más altas.

Para ello, hay que proveer más espacios marinos y verdes, cambiar de materiales de construcción y centrarse en maneras de refrescar a las personas, más que al entorno que las rodea.

Los sistemas de alerta y respuesta temprana requieren más que un solo umbral para determinar el comienzo de una ola de calor. Para que sean eficaces, también deberían incluir procesos colaborativos que aseguren que las intervenciones tengan en cuenta las capacidades y limitaciones locales.

Los ministerios de salud deberán trabajar estrechamente con, entre otros, los servicios hidrometeorológicos, los departamentos de policía y bomberos, los servicios de emergencia, las entidades responsables del cuidado de adultos mayores y voces fiables de las poblaciones vulnerables (como los mayores de 65 años) y las comunidades marginadas.

Los recursos no deberían ser una barrera. Ya existen en todo el mundo sistemas de alerta temprana, también en lugares de bajos recursos como Ahmedabad, en la India.

Más aún, organizaciones como la Red de Información Mundial de Salud sobre el Calor reúnen experiencias y mejores prácticas locales y nacionales. La demanda de orientación adicional está creciendo con rapidez, a la par de la creciente frecuencia y gravedad de las olas de calor.

Pero la mayoría de los sistemas actuales de alerta temprana no toman en cuenta explícitamente los riesgos del cambio climático. Para ser más adaptables, quienes se encarguen de planificar deberían adoptar plazos para revisar alteraciones al comienzo y al final de la temporada veraniega y buscar, al mismo tiempo, colaboraciones regionales para asegurarse de que sus mensajes sean consistentes entre sí.

También, habrá un mayor protagonismo para sistemas de alerta temprana por niveles, como los que cuenten con lecturas de temperatura combinadas con el conocimiento local de poblaciones particularmente vulnerables.

Por ejemplo, se podría anunciar alertas tempranas varios días antes del pico de una ola de calor para alertar a grupos en riesgo, como adultos mayores, niños pequeños y mujeres embarazadas.

Tras ello, se podría hacer público un segundo conjunto de alertas cuando se alcancen temperaturas algo más altas para trabajadores en exteriores y personas del ámbito deportivo o actividades relacionadas, seguido de un tercer grupo para el público general en el umbral habitual para declarar una ola de calor.

Estas alertas tendrían que hacerse por vías de comunicación adecuadas, de manera que la gente tome las medidas idóneas para paliar el calor.

Incluso tras estas mejoras, los sistemas de alerta temprana deberían someterse a pruebas de estrés para determinar su robustez en caso de situaciones de calor sin precedentes, lo que se consigue mediante simulaciones de escritorio para identificar puntos débiles.

Estas pruebas deberían contemplar no solo olas de calor, sino también riesgos concomitantes, como una ola de calor combinada con un incendio forestal, o una ola de calor junto con una pandemia, como ocurrió en el 2021 en el noroeste del Pacífico.

El mapeo de vulnerabilidades puede ser una herramienta eficaz para ayudar a quienes toman decisiones a determinar dónde es más necesario hacer intervenciones para proteger la salud y el bienestar de los seres humanos.

Para un futuro mucho más cálido, serán necesarias inversiones urgentes e inmediatas que aprovechen las mejores prácticas y lecciones aprendidas de los planes actuales de adaptación al calor.

Habrá que ampliar la escala de los modelos cuya eficacia haya sido probada para mejorar la resiliencia y la sostenibilidad. Es posible sobrevivir a temperaturas más altas y nunca antes vistas, pero si nos preparemos para ellas.

Kristie L. Ebi es profesora de Salud Global y Ciencias Sanitarias Ocupacionales y Ambientales en la Universidad de Washington.

© Project Syndicate 1995–2022

LE RECOMENDAMOS

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.