Fernando Zamora. 21 octubre, 2018

La historia la refieren, entre otros historiadores, el austríaco Stefan Zweig y la italiana Benedetta Craveri, experta en la Francia del siglo XVIII. Se dice que, en medio de los estertores del viejo régimen monárquico francés, cuando aquella sociedad hervía por el descontento causado por la decadencia de la realeza y su sistema, una de las consecuencias, aunque a la vez causa, de aquel declive fue el colapso productivo.

El desabastecimiento de harina en la región fue uno de los serios problemas puntuales que generaron aquellas circunstancias. Está de más advertir que, en la Europa del siglo XVIII, aquel producto era fundamental para la subsistencia popular, pues el pan era un elemento cardinal de la dieta. Sin embargo, tal como sucede en el socialismo venezolano de hoy, el ciudadano promedio francés se veía obligado a destinar un altísimo porcentaje de su salario para acudir a la panadería en busca de apenas aquel suministro.

Como era de esperar, aquellas circunstancias provocaron un serio descontento popular, al punto que, en 1778, las multitudes empezaron a congregarse en los alrededores del palacio real y reclamaban una salida de aquella penosa situación.

Los anales documentan que ya para aquel año María Antonieta de Habsburgo, reina consorte de Luis XVI, se había ganado tanto la antipatía popular, como la de una parte significativa de la nobleza. Entre otras, una de las razones de aquel sentimiento contra la joven reina fue su tendencia a gastar el dinero del erario en asuntos banales.

“Affair del collar”. El desprestigio de la reina había sido apuntillado por hechos que reflejaban el grado de decadencia de la corte francesa. Uno de ellos en particular se recuerda como el “affair del collar”, que incluso dio para posteriores obras literarias.

Resulta que un noble simplón llamado Louis René Éduard de Rohan, destacado cortesano de entonces y quien ocupaba el cargo de limosnero mayor, fue inducido por un grupo de embusteros que sacarían provecho de un gran gasto público: la compra de una pieza de joyería excepcionalmente cara, la cual contenía más de 600 piedras que sumaban casi tres mil quilates.

El objetivo original de la creación de la joya fue en todo caso espurio, pues había sido encargada por el padre de Luis XVI para obsequiarlo a una amante oculta. Pero la muerte de Luis XV antes del pago de la obra tenía en aprietos a los joyeros, quienes requirieron venderla cuanto antes.

El resultado final de la tragicomedia fue el desperdicio de los recursos públicos en aquella venta insustancial y una impopularidad aún mayor contra la pobre María Antonieta, quien, en ese caso, solo había sido una víctima más del embuste.

Dentro de ese contexto, en el que se presentaban las revueltas populares que exigían pan a las puertas del palacio, se tejió contra ella una segunda leyenda negra, en la cual se afirmaba, falsamente, que mientras la multitud indignada clamaba por pan, María Antonieta había exclamado la famosa frase “¿Por qué reclaman?, si no hay pan, ¡pues denles pasteles!”.

Aunque el consenso entre los estudiosos es que tal exclamación nunca existió, el ya citado historiador Stefan Zweig asegura que esta es verdadera, pero quien ciertamente la exclamó no fue la reina, sino una de sus tías.

El punto es que, para desgracia de María Antonieta de Habsburgo, la anécdota del collar y la final expresión de “los pasteles” se afincó en el imaginario del pueblo. Son anécdotas que se invocan hoy tanto para recordar la insensibilidad de las autoridades ante las carencias populares, como la desconsideración de los funcionarios que, siendo indiferentes a las verdaderas necesidades de sus administrados, desperdician los recursos públicos en objetivos inocuos. De hecho, al comportamiento de este tipo de gobernantes, se le denomina el síndrome María Antonieta.

Pues bien, traigo a colación aquellos tristes pasajes históricos a raíz de uno de los asuntos que, en las últimas semanas, han estado en liza. Se trata de la noticia publicada en este diario, donde se informa de que el rector de la Universidad Nacional aprobó la ejecución de $14,5 millones en un gasto denominado por sus gestores como el parque de la Diversidad.

El parque contará, según informan sus promotores, con una concha acústica y algunas otras interesantes extravagancias, que no dudo sería hermoso disfrutar, de no existir en nuestro país tanta necesidad de primer orden.

La paradoja de este sinsentido la desnudó este diario, el cual publicó un gráfico enunciando un conjunto de obras de urgencia cardinal, que sería posible llevar a cabo de inmediato con dicha suma.

Incluso, obra que es inversión en desarrollo educativo y no gasto de infraestructura universitaria suntuaria, que es otra cosa. En tanto el entuerto es sin lugar a dudas una insensatez, debía corregirse de inmediato. Uno de los remedios aplicables al desaguisado era el artículo 89 de la Ley de Contratación Administrativa, el cual permitía, dentro de un plazo perentorio, revocar la adjudicación y declararla desierta por razones públicas superiores. Pero para ello debía actuarse con presteza y celeridad.

La coyuntura fiscal que afronta Costa Rica debió obligar a los diputados a intervenir en esta desacertada decisión de la jerarquía universitaria herediana.

Autonomía. En este punto, entendemos que, según el ordenamiento de nuestro sector público, la Universidad Nacional tiene como naturaleza jurídica ser una institución universitaria autónoma, de conformidad con la Ley 5182 del año 1973, razón por la cual la rectificación inmediata de esa medida dependía jurídicamente de sus autoridades universitarias.

La moraleja es que, salvo la ya consabida presión y control políticos, poco pueden hacer los demás poderes constituidos de la democracia costarricense para impedir el avance de ciertos dislates de entes con tal autonomía. Esencialmente, debía ser un acto de contrición y reconocimiento del error, y por tanto de humildad de las autoridades universitarias.

En síntesis, una decisión moral. Allí es donde entra en juego la íntima conciencia del hombre. De aquel que, en soledad, debe tomar la decisión final. El hombre y su conciencia: en la mayoría de los casos, uno de los últimos reductos de cualquier democracia.

El autor es abogado constitucionalista.