Hace muchos años, que ya no quiero contar, cuando escribía mi tesis doctoral en Maguncia, en la entonces Alemania Occidental, el profesor Richard Wisser, a cuyas lecciones asistí durante varios semestres, entrevistó al filósofo Martin Heidegger.
La conversación, que tuvo carácter de periodismo cultural y que se filmó y transmitió en diferido por uno de los dos canales de la televisión estatal alemana, fue la única entrevista televisiva que concedió el filósofo, al contrario de muchos autores inclinados en aquella época a divulgar su pensamiento por la televisión y la radio, a pesar del riesgo de malentendidos.
Jean-Paul Sartre, que no evitaba dirigirse al gran público y participaba incluso en manifestaciones, por razones políticas no escatimó ningún medio para exponer tanto su pensamiento como su obra literaria; sus ideas mismas se habían politizado.
Una vez fui a escucharlo en un debate sobre Brasil, tras el golpe militar. Nevaba, las carreteras desde Maguncia a París estaban oscuras. Hacía mucho frío, pero el mundo se calentaba con el fuego de la Guerra Fría.
Como Sartre, otros filósofos utilizaban los medios de prensa y revistas no académicas. Florecía entonces la fauna filosófica francesa como hojas doradas en otoño. En Italia campeaba un debate rico y agrio entre comunistas, democristianos y otras agrupaciones políticas, y frente a ellos, demoliendo estereotipos, el genio de Pasolini en el cine, la poesía y el relato.
Eran los tiempos de la filosofía en las calles, la filosofía a pedradas, el repiqueteo de campanas existencialistas y de la pelea sin guantes y a empujones entre derecha e izquierda, y la izquierda prosoviética contra la izquierda extrema, los tiempos de Mao, cuyas ideas, si hubieran triunfado después de su desaparición, habrían hecho retroceder a China a la Edad Media.
Este clima enmarcó las manifestaciones contra la guerra de Vietnam. En el mismo contexto, enceguecidos por el maoísmo del que aún no se conocían los desastres, irrumpían los grupos radicalizados hacia el terrorismo, las Brigate Rosse, la ETA, la Rote Armee Fraktion y los grupos radicales árabes.
En esos tiempos en brasas, el filósofo de Messkirch hablaba del casi mágico olvido del ser.
Después de escuchar la entrevista, me asaltó la impertinencia de traducirla al español y se lo propuse a Wisser, al cual le pareció bien y consiguió la autorización de Heidegger.
Mi plan no consistía en una traducción profesional o, por decirlo de algún modo, una traducción en forma, acompañada de un aparato crítico para los estudiosos y que siguiera las equivalencias y genealogías de algunos términos heideggerianos.
Yo quería practicar la traducción de cierto tipo de pensamiento, hurgar en los aparatos conceptuales de la llamada Existenzphilosophie vigente en aquellos años, que a veces recurría a giros lingüísticos enrevesados al formular ideas que no eran forzosamente complicadas.
Recuerdo que Theodor Adorno, mofándose de la jerga de Heidegger, decía que cuando uno se asoma por la ventana ve cosas, es decir, se trataba de ideas más o menos normales, pero complicadas por la forma de decirlas.
Yo guardaba mis distancias frente a ese estilo de filosofar, me molestaba la cercanía de Heidegger al nacionalsocialismo, del cual nunca se distanció (como lo demostró Víctor Farías en Heidegger et le nazisme, libro útil si se quiere profundizar en el trasfondo ideológico de artículos y discursos de Heidegger), e incluso así me empeñé en la traducción de un texto que ya en ese momento olía a naftalina.
También me animaba el hecho de que Heidegger había sido discípulo de Husserl, filósofo sobre el que yo me quemaba las pestañas intentando descifrar el sentido de algunos textos póstumos que el padre franciscano Leo van Breda venía editando en la serie Husserliana, fundada por él.
No omito recordar que Husserl fue perseguido por los nazis durante su profesorado en Friburgo. Van Breda, apoyado discretamente por la embajada belga en Berlín, logró montarse al tren bajo las narices de las autoridades alemanas y cruzar la frontera con cien kilos de manuscritos, y los depositó en Lovaina, donde empezó su publicación.
Así pues, me obligué al juego y me volqué sobre el escritorio con la entrevista al frente y el diccionario al lado. Aprendí mucho, me entretuve como quien saborea un coctel dulceamargo, y acabé con vida.
Luego siguió un capítulo inesperado en esta anécdota de por sí poco importante, pero curiosa. Me refiero a la deriva del texto: fue más bien imprevista. Le envié la traducción a mi viejo profesor y amigo Constantino Láscaris, quien la publicó en formato bilingüe en la Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica.
No habían pasado muchos meses cuando una tarde después del seminario al que asistía, el Prof. Wisser me puso un libro en las manos: Martin Heidegger al habla (Madrid, 1972) que contenía la entrevista reeditada en España no sé con permiso de quién, antecedida por testimonios de autores y filósofos contemporáneos (Von Weiszäcker, Jünger, Gabriel, Lowith, Rahner, etc.) y un par de prólogos.
Cerraba el volumen la entrevista en español. Mi nombre como traductor no apareció en los créditos, sino al final del final, cuando al pasar la página solo queda el silencio… y dos fotos de Heidegger, aunque más interesante que esas fotos es la caricatura de Hugo Díaz que ilustra este artículo.
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Rafael Ángel Herra es filósofo.
