
Costa Rica ganó con holgura la batalla contra la inflación, pero mantiene la estrategia monetaria restrictiva aun cuando el enemigo ya está vencido.
El país estabilizó los precios con mayor rapidez que muchas otras economías; sin embargo, la medicina fue tan efectiva que la inflación se convirtió en deflación, a diferencia de la mayoría de los países.
Durante más de tres años, la inflación se ha mantenido por debajo del rango meta del Banco Central de Costa Rica (BCCR), incluso con largos periodos de variaciones negativas. A agosto de 2026, la situación sigue sin cambios; la inflación interanual fue de –0,3%, mientras que la subyacente (que refleja mejor las tendencias de mediano plazo) permanece cercana a cero desde hace un año.
La inflación se parece a la presión arterial: demasiado alta es peligrosa, pero llevarla a cero tampoco es señal de buena salud; podría indicar que el paciente ya conversa con Tatica Dios. Lo deseable es mantenerla baja y estable.
Conviene recordar que la meta de inflación no es un techo, sino un objetivo alrededor del cual deberían fluctuar los precios. Por eso, prácticamente ningún banco central apunta al 0%, excepto el nuestro. La mayoría procura una inflación cercana al 2%, que proteja frente a la deflación y brinde margen de acción ante una desaceleración.
Una vez controlada la inflación, mantener durante demasiado tiempo una política restrictiva impone costos innecesarios sobre la producción y el empleo.
Y esa factura empieza finalmente a reconocerse
El BCCR ha comenzado a admitir señales que muchos venimos advirtiendo desde hace tiempo. Más importante aún, la preocupación por los efectos de una política excesivamente restrictiva ya no proviene solo de analistas locales; también empieza a ser compartida por organismos y analistas internacionales. Podrán ignorarse por un tiempo las advertencias hechas en casa, pero cuando desde fuera comienzan a señalar los mismos riesgos, quizá sea momento de prestar atención.
El acta de la reunión de Política Monetaria del 23 de julio pasado contiene un cambio importante en el diagnóstico del propio BCCR. La Junta Directiva admitió que la actividad económica pierde impulso, particularmente en el régimen definitivo; que el empleo permanece estancado; que los ingresos reales disminuyen, y que no existen presiones inflacionarias relevantes provenientes de la demanda o del mercado laboral. ¿Cómo se nos jodió tanto el panorama de una reunión a la otra? No sorprende que Hacienda esté raspando la olla. A este paso, ya no queda pega y pronto empezará a quedarse sin el teflón.
Uno de los directores del BCCR lo expresó con particular claridad: “La batalla contra la inflación se ganó holgadamente desde hace más de tres años, pero la producción, el desempleo y los salarios no han salido tan bien librados”.
Esa frase resume el verdadero debate. No se trata únicamente de determinar si el tipo de cambio es adecuado. Se trata de comprender la interacción entre inflación persistentemente baja, apreciación cambiaria y el resto de consecuencias que eso trae para la economía.
El crecimiento de los últimos años ocultó algunas debilidades
Costa Rica recibió dos impulsos externos que hicieron que los números se vieran mejor de lo previsto. El rebote posterior a la pandemia (que permitió crecer temporalmente por encima del potencial) y la expansión de las zonas francas, favorecida por inversiones decididas años atrás, el nearshoring y el posicionamiento del país en actividades de alto valor agregado.
Entre 2018 y 2025, el empleo en zonas francas se duplicó, al pasar de 100.000 a casi 200.000 trabajadores. Este auge sostuvo las exportaciones, la inversión y el crecimiento agregado, pero también disimuló la debilidad del resto de la economía.
Ante el menor dinamismo internacional, la fragilidad se hizo más evidente. La economía sigue creciendo, pero más lentamente y de forma desigual. El régimen definitivo pierde impulso, el consumo se desaceleró a 2,7% anual y buena parte del crecimiento interno descansa en la construcción. Cuando bajó la marea, la buena noticia fue que no apareció una recesión; la menos buena, que tampoco apareció la economía boyante que nos habían anunciado.
Inflación, tasas de interés y tipo de cambio forman un círculo difícil de romper
Sería incorrecto atribuir toda la apreciación del colón al BCCR. También pesan la inversión extranjera, las zonas francas, el turismo, la entrada de divisas y la demanda de dólares de los costarricenses. Pero tampoco resulta convincente presentar al banco como un simple espectador.
Su tasa de política monetaria, mensajes, encajes legales, las compras de reservas y esterilización inciden sobre la liquidez, los incentivos financieros y las expectativas. El BCCR no determina por sí solo el tipo de cambio, pero tiene influencia directa sobre los factores que determinan la demanda de divisas.
El FMI ha llamado la atención sobre esta situación. En su consulta del Artículo IV de 2026, señaló que la tasa de política monetaria, en términos reales, permanecía por encima de su nivel neutral y recomendó reanudar los recortes para conducir la inflación y sus expectativas nuevamente hacia la meta. Diay, para algo tenemos una meta, ¿no?
La apreciación cambiaria también tiene costos. Una reducción superior al 30% en el tipo de cambio no puede ser neutral para una economía tan abierta y dolarizada como la nuestra. Las empresas que reciben dólares, pero pagan salarios, alquileres, servicios e impuestos en colones, enfrentan mayores costos en la moneda en que generan sus ingresos.
No todo despido o cierre empresarial se explica por el tipo de cambio, pero tampoco puede ignorarse su efecto sobre la competitividad. Según una encuesta de la Cámara de Industrias, el 23% de las empresas consultadas en zonas francas había reducido personal y el 46% dejó plazas vacantes sin cubrir, en respuesta a la apreciación.
El impacto trasciende al sector exportador. La moneda fuerte favorece a importadores y abarata bienes externos, pero esos beneficios deben contrastarse con sus efectos sobre la producción nacional, el empleo y la recaudación fiscal.
Mover la meta de inflación es ahora la prioridad del BCCR; ¿es en serio?
En este contexto, resulta preocupante que la discusión del Banco se concentre en reducir la meta de inflación. Cambiarla para acercarla al resultado observado puede presentarse como una solución, pero también corre el riesgo de normalizar una desviación persistente. Antes de redefinir la meta, habría que preguntarse si los instrumentos disponibles se utilizaron con la intensidad y oportunidad necesarias para alcanzarla.
Porque cumplir una meta después de moverla es poco elegante. Es como ensanchar el marco después de fallar varios penales y luego celebrar la puntería. Bajar la TPM tampoco basta. El FMI advierte de que su transmisión hacia las tasas de crédito en colones es incompleta y aún menor en dólares.
Por eso, conviene revisar también el encaje mínimo legal (EML), los mecanismos de liquidez y la metodología de la tasa básica pasiva, cuyo cálculo hace que el costo de los créditos a tasa variable reaccione lentamente. El contraste es claro: en Estados Unidos, tasas de referencia como SOFR se ajustan rápidamente a las condiciones monetarias, lo que facilita una transmisión mucho más directa.
Una política monetaria equilibrada
La estabilidad de precios no consiste en alcanzar la inflación más baja posible, sino en mantenerla baja, positiva y cercana a la meta. La batalla contra la inflación se ganó. El reto ahora es dejar de disparar antes de que el fuego amigo termine haciendo más daño que el enemigo.
dortiz@cefsa.cr
Luis Liberman y Daniel Ortiz son economistas.