En el clima precariamente recogido de esta Semana Santa, si no fueran otras las pautas que animan mi vida y adoptara aquellas en las que creían otros antes que yo y después fueron abandonadas, hincaría la rodilla y hablaría a la diosa Venus como Lucrecio al empezar "De la naturaleza de las cosas”, el poema que le sobrevivió. Lo compuso en algún momento del siglo anterior al drama de Cristo, cuando Roma vivía graves perturbaciones debido al conflicto entre los triunviros y la oligarquía senatorial.
“Haz –le pediría– que los feroces trabajos de la guerra se aquieten, adormecidos, por mar y por tierra. Pues solo tú puedes regalar a los mortales con una paz tranquila”. En realidad, en aquella época los feroces trabajos de la guerra los regía Marte, señor de las armas, pero este era obediente a los reclamos de la diosa, “rendido por eterna y amorosa herida”.
Posiblemente sería inútil pedirlo en el caso de las guerras actuales, fecundas entre otras cosas en mortalidad infantil aunque se piensen como divertidas aventuras de adultos, llenas de intimidantes augurios económicos; sería inútil pedírselo a los señores de las armas de nuestros días, que ya de por sí gozan ellos mismos, como el viejo Marte, de la paz más profunda, atrincherados en sus mansiones exorbitantes, “separados de nuestras cosas, retirados muy lejos, exentos de todo dolor, exentos de peligros, fuertes por sus propios recursos, sin necesitar de nosotros”.
Así que, como solía decirse, a ponerle el pecho a las balas y a padecer cada uno a su manera estas aguerridas humoradas que, en palabras de un analista y físico nuclear, comenzaron por ser guerras opcionales para convertirse enseguida en guerras de necesidad, de esas que ni el mismo Marte sabría cómo terminar.
Qué ironía. Cuenta Stephen Greenblatt que Thomas Jefferson poseyó por lo menos cinco ediciones del “De la naturaleza de las cosas”: era uno de sus libros favoritos y contribuyó a su confianza en que “la ignorancia y el miedo no eran componentes necesarios de la existencia humana”. En consecuencia, llevó ese legado de la Antigüedad a un documento político moderno, la Declaración de Independencia de su país, en que se postulan como verdades evidentes que todos los hombres son creados iguales y tienen ciertos derechos inalienables, entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…
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Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.