Nuria Marín Raventós. 20 febrero

Las olimpíadas son uno de los acontecimientos mediáticos más trascendentes del planeta, porque tienen un valor mucho más allá del deporte, en algunos momentos la confrontación entre potencias (Moscú 1980 y Los Ángeles 1984); en otros, la proyección de una nueva potencia (Pekín 2008); o bien, el rechazo de una política (el veto a la participación de Sudáfrica por su política de apartheid).

Paradójicamente, los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, reprogramados para el 2021, estaban llamados a ser un símbolo de reivindicación de los terribles hechos ocurridos en marzo del 2011: la secuencia de un terremoto de 9 grados seguido de un tsunami que causó el accidente nuclear en Fukushima, calificado con la escala máxima por la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial, únicamente comparable con la tragedia de Chernóbil.

Resulta icónica la denominación de la ruta de la antorcha olímpica, como «La llama de la reconstrucción», un recorrido por múltiples ciudades acompañado de exhibiciones especiales cuyo objetivo era celebrar la recuperación de la nación nipona a una década del magno hecho.

Las circunstancias, empero, pusieron a prueba, una vez más, a esa gran nación. La postergación por la pandemia y la amenaza a pocas semanas de la inauguración de nuevas cepas, el cierre de fronteras, la decisión de los países si envían a sus atletas (la fecha tope es marzo) y definir si es posible abrir fronteras y actividades al público.

A tan difíciles decisiones se suman otros obstáculos y traspiés, como fue la necesidad de cambio de logo debido a las denuncias de plagio, así como la forzada renuncia de Yoshiro Mori de la jefatura de los Juegos Olímpicos por inapropiadas e inaceptables declaraciones sexistas y por su intención de disimular lo sucedido con una breve disculpa, que despertó, acertadamente, el rechazo de los patrocinadores, encabezados por la firma Toyota. Una conquista sin duda para las luchas por la igualdad.

El 13 de febrero Fukushima enfrentó otro terremoto, en esta oportunidad de 7,1 en la escala Richter, algunos lo conciben como un símbolo; los más negativos, como una profecía de la cancelación de los juegos.

Como optimista que soy, quisiera pensar que es una prueba más para un pueblo que en múltiples oportunidades ha desplegado sus alas cual ave fénix.

La autora es politóloga.