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El Pacto de San José y un país que empieza a relativizar los derechos humanos

La pregunta que cabe hacerse es: ¿qué significa hoy alojar uno de los tribunales de derechos humanos más importantes del mundo cuando el propio Estado anfitrión empieza a hablar el lenguaje de los derechos como si fuera un estorbo?

Rodrigo Chaves, presidente de la República, visitó el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) de El Salvador.
Rodrigo Chaves, presidente de la República, visitó el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) de El Salvador. Casa Presidencial de Costa Rica
Rodrigo Chaves, presidente de la República, visitó el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) de El Salvador.
Entre las prácticas discursivas que producen sentido, puede incluirse la reciente visita del presidente Rodrigo Chaves a la megacárcel salvadoreña como gesto de legitimación simbólica de un modelo punitivo extremo. (Casa Presidencial de Costa Rica /La Nación)

En mi paso por las aulas y seminarios españoles en materia de derechos humanos, la mención y referencia a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) –o, de interés para esta reflexión, el Pacto de San José–, aparece con una naturalidad casi ritual. Se menciona una y otra vez, como si su sola invocación bastara para traer consigo una promesa: garantías, límites al poder, centralidad de las víctimas.

El nombre funciona. Opera. Legitima. Y no es casual: la CIDH tiene su sede en San José de Costa Rica, y ese dato –repetido, implícito o explícito– sigue anclando al país en el imaginario global como referente en derechos humanos y su establecimiento en el país se debió a un fundamento histórico relevante.

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