Al día siguiente habló de acuerdos y concordia, aunque se atrevió a dar “líneas” al Poder Judicial y la prensa; además, pidió la renuncia de la contralora Marta Acosta, quien dirige un órgano auxiliar del Legislativo. Al menos, no insultó: un avance en medio de la confrontación inducida desde el Ejecutivo.
Lo más importante, sin embargo, son los hechos. Con uno empezó mal. Aceptó ser ministra de la Presidencia por tres meses, con doble efecto negativo: 1) erosionar su autoridad, al convertirse en subordinada del presidente que va de salida y 2) hacer más confuso el proceso de transición.
Cuando comience a reunirse con sectores, partidos y jerarcas múltiples, ¿lo hará como ministra hasta el 8 de mayo o como presidenta a partir de esa fecha? ¿Representará al agonizante gobierno de otro, al naciente suyo, o a ambos a la vez? La confusión generada no le conviene a ella; menos, al país.
La conformación del gabinete y los primeros proyectos de ley que envíe a la Asamblea darán otra señal importante. ¿Nombrará ministros en función de su competencia o de su lealtad? ¿Será equipo o camarilla? ¿Qué función tendrá, si alguna, el hoy presidente Chaves, y cómo incidirá en el liderazgo de Fernández y la cohesión gubernamental? ¿Sus propuestas abordarán grandes retos nacionales: fiscalidad, seguridad, desigualdad, desarrollo productivo, educación, comercio exterior, absorción tecnológica, energía? ¿Serán apenas un reciclaje de otras fracasadas o, peor, tendrán corte autoritario?
A esto se suma cómo se conformará el Directorio legislativo, quién jefeará la fracción oficialista mayoritaria y dónde estarán ancladas las lealtades de sus miembros. Y añado otro factor clave: el grado de capacidad y voluntad de una oposición en minoría, pero numerosa, para frenar embates contra ella y las instituciones, y a la vez plantear opciones para un país mejor. Espero que sea robusta.
¿Serán buenas las próximas señales?
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Eduardo Ulibarri es periodista y analista.