
Del latín manus (mano) y de scriptus (escribir), un manuscrito es el resultado del acto de escribir a mano. Podemos decir que le es consustancial la agilidad y colocación de las manos, así como la presión de la muñeca y del brazo sobre la superficie que se utilice. También incide el momento, lugar, estado de ánimo y “mañas” de quien escribe; todo asociado a operaciones mentales: la capacidad del ser humano de plasmar su pensamiento en palabras.
Me referiré a generalidades del tema dado que la información sobre los manuscritos es inmensa e imposible de abarcar.
Históricamente, los manuscritos han sido un importante objeto de estudio. Se conoce que, para llevar a cabo la tarea de “escribir”, se utilizaron utensilios tales como el cincel, la piedra, los carboncillos; también, con el correr del tiempo, la pluma (de algún ave), los lápices, y para no dejarlos atrás, la pluma de fuente, el bolígrafo, entre otros. Se conoce que el primer testimonio escrito fue una tablilla de arcilla en la que “alguien” anotó la cantidad de ¿animales? que el grupo tenía. (Gospodínov, El Jardinero y la muerte).
Por su importancia, los manuscritos han sido considerados, desde lejanos tiempos, objetos de un incalculable valor histórico. Menciono los siguientes: La Epopeya de Gilgamesh, antiguo texto que data aproximadamente del 2100 a. C y que se considera la primera gran aventura escrita de la humanidad.
Dando un salto en el tiempo, se conocen documentos escritos y fichados por Cristóbal Colón, en la ciudad de Cádiz, España, el 20 de febrero de 1493. Existe también un texto firmado por Hernán Cortés en 1527, un tesoro nacional, que estuvo “perdido” durante 30 años hasta que fue localizado por el FBI y enviado a su país de origen.
Otro momento histórico trascendental fueron los manuscritos de la Edad Media, y los cuadernos de notas o de glosas en los márgenes de los textos. Y, no olvidar, el surgimiento y desarrollo de los papiros y de los pergaminos. Estos últimos se convirtieron en el material de escritura predominante después de que el papiro cayera en desuso.
El estudio de los manuscritos, o de cualquier otro texto, dio pie a una disciplina que se apoya en la filología y que se conoce como Genética textual o Herencia textual, que reconstruye paso a paso, el camino escogido por el escritor. Es el estado naciente, y posterior desarrollo, de un texto. Es ese primer encuentro del escritor con un papel vacío, en blanco: “Delante del papel, el escritor se hace”, dice sabiamente Mallarmé.
La corrección de un primer manuscrito sería el inicio de todo un proceso creador: cambios de puntuación o de palabras, tachones, flechas, enmiendas, contradicciones, lapsus, redundancias, signos no verbales (dibujos, por ejemplo), todo lo cual posibilitaba una lectura multidimensional. “La página en blanco es un espacio escénico donde se juega un drama mental”, plantea, a su vez, el estudioso Gustavo Guerrero. Márgenes, apuntes y demás variables, dan cuenta de datos significativos que ayudan a la comprensión de un manuscrito.
El último manuscrito o versión final –punta de un iceberg– también en palabras de Gustavo Guerrero, "es el último episodio de una larga lucha entre la realidad del proyecto textual del escritor y la materialidad del proceso de escritura”. Y, para los críticos literarios, el inmenso goce de descodificar “en vivo” la construcción de un texto.
De Flaubert, escritor obsesivo con el lenguaje, se sabe que los manuscritos anteriores a la publicación de Madame Bovary (1856) suman diez veces la versión final. Muy consciente de su importancia, Flaubert escribió a su amante: “Cuando mi novela esté terminada, dentro de un año, yo te mandaré mi manuscrito completo, por curiosidad. Tú verás por cuál complicado mecanismo llegué a construir una frase”. Y en otro momento, le expresó: “Ojalá que mis manuscritos duren tanto como yo; es lo que deseo... los quiero enterrar conmigo, como un salvaje hace con su caballo“. Hoy, muchos estudiosos se dedican al estudio de la arqueología textual de Madame Bovary.
Alrededor de 1867 –para muchos, la época del auge de la máquina de escribir– se inaugura una nueva forma de escritura; es cuando el uso de las teclas se convierte en antecedente de los teclados en medios digitales.
Estamos ante la segura pérdida de los manuscritos en el sentido que le hemos atribuido, ya que ahora el escritor tiene a su servicio los comandos cut and paste, así como esa “flechita” maravillosa que transporta un párrafo, palabra o frase de un lugar a otro de la página. Si bien todo facilita el trabajo del escritor, se borran las huellas del proceso de escritura.
Ya no se puede gozar de la encrucijada creativa, ni de las obsesiones, variantes de pensamiento, o fantasmas del escritor. Se trataría de la agilidad y la rapidez en detrimento de la plasmación del proceso de génesis, crecimiento y maduración de un texto. Al respecto, también el estudioso Gustavo Guerrero plantea que se puede estudiar, no solo el aspecto estético y filológico, y tal vez, un poco atrevido, rasgos de la psicología del escritor.
Aún queda quien escribe su primera inspiración a vuela pluma, de su puño y letra. Y quienes guardan sus manuscritos con celo, como el recuerdo de la primera semilla que luego creció. "Por eso, consciente o inconscientemente, conservar un manuscrito significa preservar el proceso e, igualmente, mantener lazos entre la intención y el resultado", dice también Guerrero.
La llegada de los medios digitales (la computadora, por ejemplo) motiva que el trabajo del escritor se haya facilitado hasta lo indecible, de lo cual debemos alegrarnos. García Márquez expresó que con una computadora hubiera escrito el doble de lo que hasta ese momento había logrado.
La producción de un manuscrito en tiempos ancestrales era un proceso que podía durar años, ya que cada uno de ellos debía pasar por las manos de copistas, ilustradores y encuadernadores. Y todo ello, para producir un único y simple ejemplar.
Sería interesante detenerse a pensar si se escribe con igual inspiración en una superficie horizontal y que lo escrito se mire en una pantalla vertical, o si difiere la dinámica de la creación con el cambio de dirección, de posición y de instrumento; o si incide en el acto creador el que los dedos se deslicen sobre un tablero y lo escrito se mire en una pantalla.
Es estos momentos en que pareciera que todo se diluye, que el tiempo corre con mayor velocidad, estas pinceladas sobre el fenómeno de los manuscritos nos hacen preguntarnos: ¿estamos ante el réquiem de los manuscritos? Sería una lástima conocer sobre su desaparición, pues no solo son reliquias del artista/escritor, sino también patrimonio de la historia e inclusive de la literatura.
amalia.chaverri@gmail.com
Amalia Chaverri es filóloga.