Mohamed A. El-Erian. 2 febrero

NUEVA YORK – No asisto a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos. Pero mi sensación es que, como en años anteriores, los participantes de este año terminaron extrapolando más del pasado reciente de lo que se dedicaron a analizar genuinamente el futuro en busca de pivotes y puntos de inflexión. Esto fue válido tanto a nivel macro como en términos de las cuestiones individuales clave que atrajeron la mayor atención, según los múltiples informes periodísticos (y los medios están extremadamente bien representados en este evento). Como consecuencia de esto, este encuentro globalmente reconocido de líderes influyentes de gobierno y empresas parece haber perdido, una vez más, la oportunidad de alcanzar plenamente su considerable potencial.

Existe un motivo por el que Davos tiende a tener un enfoque retrospectivo. Los líderes naturalmente van allí con un foco en lo que han experimentado más recientemente. Si otros pasaron por lo mismo, la cámara de resonancia de Davos amplifica los temas de manera que dominan las conversaciones, tanto sobre los episodios más recientes como sobre las perspectivas futuras.

El encuentro anual de Davos es una oportunidad demasiado grande como para no explotarlo como corresponde

Las dos reuniones previas a la crisis financiera global del 2008 tenían un tono bastante optimista, y descartaban las advertencias de los pocos que percibían que la “gran moderación” y la era de las finanzas desenfrenadas probablemente llegara a un final doloroso. La reunión de enero del 2009 fue todo lo contrario: allí se proyectaba una crisis y una recesión global en el futuro.

Estas malas lecturas de lo que está por venir no se han limitado a los períodos en torno de las crisis. Basta considerar lo que sucedió en el encuentro anterior, en enero del 2018, y compararlo con este año.

Hace un año, la mayoría de los líderes acababan de salir del trimestre más fuerte de crecimiento global en años. Es más, la actividad estaba recuperándose prácticamente en todos los países del mundo. Cuando escucharon las experiencias de los demás, los delegados de Davos abrazaron la idea de que el mundo había entrado en un período de crecimiento sincronizado en el que la retroalimentación positiva aceleraría el proceso. Le prestaron poca atención al hecho de que, con la notoria excepción de Estados Unidos, la mayoría de los países estaban experimentando motores de crecimiento esencialmente ocasionales.

En el encuentro de Davos de este año, en cambio, se dice que el estado de ánimo general ha sido mucho más sombrío. El consenso fue que vamos camino a una desaceleración sincronizada en el crecimiento global, con un riesgo pronunciado de ciclos viciosos que se autoalimenten. Pero, una vez más, esto no distingue entre factores ocasionales cuyo impacto es temporal y en gran medida reversible –como el cierre parcial del Gobierno en Estados Unidos y un episodio de mala comunicación de parte de la Reserva Federal– y el tipo de debilidad secular que atraviesa Europa.

La mayoría de las discusiones relativas a cuestiones específicas este año se centró en las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos y el brexit. Nuevamente, la tentación fue extrapolar los acontecimientos futuros con un sustento excesivo en lo que acababa de suceder.

El consenso de Davos parecía ser que las disputas comerciales entre China y Estados Unidos se intensificarían en 2019, pero el escenario más probable es que las tensiones disminuyan. China es consciente de que Corea del Sur, México y Canadá ya negociaron con la administración estadounidense, y de que, en lugar de una escalada de aranceles de toma y daca, la mejor estrategia para el crecimiento de corto plazo y el desarrollo de más largo plazo de un país es hacer concesiones a Estados Unidos sobre cuestiones vinculadas a reclamos genuinos. Estas incluyen las reglas que imponen transferencias de tecnología –como exigencias de empresas conjuntas– y el robo de propiedad intelectual.

En cuanto al brexit, los escenarios centrales en Davos se centraron en una continuación del proceso actual de ni paz, ni guerra o, alternativamente, una salida dura del Reino Unido de la Unión Europea (UE). Sin embargo, como ya quedó demostrado que el proceso “del brexit es muy lento” –el Parlamento británico dejó traslucir en repetidas oportunidades que no puede acordar sobre una sustitución de la relación actual entre la UE y el Reino Unido–, la probabilidad de un brexit suave materialmente crece. Lo mismo sucede con la probabilidad, aunque menor, de un segundo referendo, que alguna vez se pensaba como un desenlace improbable, si no impensable.

Simplemente extrapolar el futuro a partir de lo que acaba de ocurrir por lo general lleva a los delegados de Davos a transitar senderos falsos. Davos –tanto sus organizadores como sus participantes– haría un mejor trabajo si implementara tres cambios en la manera en que se lleva a cabo el evento.

Primero, la reunión debería proponer activamente escenarios alternativos para una discusión seria. La agenda de este año, por ejemplo, debería haber incluido un posible retorno en el 2019 a un crecimiento divergente, y los riesgos y oportunidades asociados. Además, Davos debería reunir y discutir las mejores prácticas para lidiar con los niveles habituales de incertidumbre tanto para las empresas como para las políticas públicas del gobierno. Finalmente, en lo que concierne a las perspectivas de corto plazo, el evento necesita dedicar mucho más tiempo a otros temas que, sospecho, resultarán más importantes que el brexit o las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos en el período por delante. Estos incluyen la actitud cambiante frente al regionalismo, los desafíos de las políticas de los bancos centrales y el alcance de una mayor coordinación de las políticas de gobierno entre las economías avanzadas.

El encuentro anual de Davos es una oportunidad demasiado grande como para no explotarlo como corresponde. Sin embargo, año tras año, el foco termina siendo más retrospectivo que prospectivo, y la iteración que acaba de concluir parece no haber sido una excepción. Una modernización jugaría un papel importante a la hora de cumplir el objetivo manifiesto de Davos: comprometer a “los principales líderes políticos, empresariales y de otros sectores de la sociedad a forjar agendas globales, regionales e industriales”. Esto garantizaría que más participantes vayan en busca de contenido viable y sustancial en lugar de terminar yendo para ver y ser vistos.

Mohamed A. El-Erian, asesor económico jefe en Allianz, fue presidente del Consejo de Desarrollo Global del presidente de Estados Unidos Barack Obama. Es el autor de dos libros que fueron éxito de ventas, más recientemente The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse. © Project Syndicate 1995–2019