Hace dos semanas, un rayo cayó al lado de mi casa y me estremeció. El cielo retumbó de un latigazo. Tuve un mal presentimiento. Al día siguiente me llamaron para decirme que Ramón había muerto electrocutado. “Como todo inmigrante, se agarró de un primario”, me dijo una amiga, “cualquier trabajito para salir adelante”.
Como muchos barrios, en el nuestro un nicaragüense hacía las rondas nocturnas. Pero Ramón no era un guarda cualquiera. Era un hombre orquesta, un MacGyver, un tipo excepcional, de esos que aparecen poco y se dan a querer. Su escolarización se adivinaba escasa y, sin embargo, era uno de los hombres más talentosos que he conocido, curtido por la experiencia humana y la pulsión de vivir.
Entendía el lenguaje secreto de las cosas, el corazón dormido de las herramientas, el arte de darles vuelta a los problemas cotidianos. Era un mecánico de oídas. Nadie que lo hubiera conocido podía no darse cuenta. Era servicial hasta el extremo. Intuitivo, de una curiosidad innata para resolverle la vida a los otros. Y sospecho que muchas veces lo hacía para ayudar a los demás y no para ganarse un cinco. Como hacen los inmigrantes.
Ramón vivía desde hace décadas en Costa Rica, sus hijos eran ticos y había hecho gran parte de su vida de este lado de la frontera. Pero no terminamos de conocer a alguien hasta que acontece la muerte.
Cuando entregaron su cuerpo en la Medicatura Forense, su familia se lo llevó a Nicaragua. “Como muchos inmigrantes”, volvió a decirme mi amiga. Y entendí lo que significa la tierra para algunos. Este no era su lugar, su patria, si tal cosa existe. Entendí de pronto el cuento magistral “El emigrante”, de Luis Felipe Lomelí: “–¿Olvida usted algo? –Ojalá”.
El cuerpo de Ramón regresó a un lugar del que nunca había salido y el pueblo salió a recibirlo. Estelí acompañó el féretro con una caravana de vehículos como quien despide a un héroe. ¿Y quién podría decir que no lo era? ¿Que no lo había sido para su gente, para los que se quedaron del otro lado, para los que no sufrieron lo que él sufrió?
Su madre, que aún lo llora, nunca supo de nosotros, en esta urdimbre confusa que es el mundo, tan cerca y tan separados por 500 kilómetros. Nunca supo que fue querido por unos seres ajenos más allá de una frontera invisible.
En la caseta iluminada del barrio ya no hay nadie. En la madrugada, ya no hay un silbato que me recuerde que alguien velaba por mí a costa de sí mismo. La calle está irremediablemente sola y Ramón en el combate cotidiano entre la vida y la muerte.
Carlos Cortés es escritor y profesor de la Universidad de Costa Rica (UCR).