
Tras los primeros días de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, me puse a repasar mi carrera en el mundo de las finanzas, en busca de pistas sobre cómo se desarrollará la situación.
Mi experiencia personal es pertinente, porque terminé mi doctorado justo después de la segunda crisis petrolera de los años setenta (1979-1982), y mi tema principal era la OPEP, sus enormes excedentes y la pregunta de cómo los reinvertiría. (Además, compartía oficina con un académico iraní que había huido poco tiempo antes de su país tras la Revolución islámica).
Una lección que me enseñó mi experiencia con las crisis de Oriente Medio es que los movimientos de precios del petróleo un mes después de un shock inicial tienen poco que ver con la respuesta original. Me había hecho la costumbre de coleccionar artículos de investigación y recortes de prensa donde diversos expertos afirmaban con total confianza que el crudo iba a superar los $100 por barril y se mantendría en ese nivel. Pero en la práctica, siempre volvía a bajar al poco tiempo (y la tendencia bajista se mantuvo durante los 20 años siguientes).
En vista de lo difícil que es predecir los precios de la energía, siempre hay que desconfiar de quienes están demasiado seguros de los pronósticos que emiten.
En retrospectiva, parece que la elasticidad a largo plazo del suministro de energía frente a variaciones de precios ha sido mayor de lo que muchos creían. La respuesta de la oferta y de la demanda tiende a superar las expectativas.
En el contexto actual, los países que ya empezaron a adoptar energías renovables o alternativas estarán en una situación relativamente mejor; y los que no, tal vez podrán por fin empezar a hacerlo.
De modo que los productores de petróleo y gas natural no pueden dar por sentado que los precios se mantendrán altos por tiempo indefinido.
Otras enseñanzas tienen que ver con la política y la geopolítica. En primer lugar, mi trabajo anterior sobre temas relacionados con Oriente Medio me hace dudar de que esté próxima la caída de la República Islámica ante una revolución interna pacífica, aunque es obvio que un régimen y un sistema político más tolerantes beneficiarían a los 90 millones de habitantes de Irán, por no hablar del resto de la región.
En segundo lugar, no hay que ignorar al elefante en la habitación. Durante la crisis financiera asiática de 1997-1998, fue China la que ayudó a restablecer el orden, persuadiendo al secretario del Tesoro de Estados Unidos, Robert Rubin, para que interviniera y detuviera una subida aún más desestabilizadora del dólar. Sospecho que esta vez puede ocurrir algo similar, si se tiene en cuenta que el presidente Donald Trump todavía tiene prevista para dentro de unas semanas una reunión con su par chino, Xi Jinping.
Como importante comprador de petróleo del Golfo, China tiene razones de sobra para intentar poner fin al conflicto, y muchos canales a través de los cuales ejercer influencia, incluido el grupo BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y otros cinco miembros nuevos que incluyen a Irán).
La última enseñanza es del periodo inmediatamente posterior a los ataques del 11 de setiembre de 2001 contra Estados Unidos (que es cuando acuñé el acrónimo BRIC). En vista de los cambios actuales en las pautas de comercio internacional y en las relaciones diplomáticas, no me sorprendería que los países del CCG estrecharan su relación con China, India y otras potencias emergentes y empezaran a distanciarse sutilmente de Occidente.
Si algo ha demostrado esta guerra hasta ahora es que una alianza con Estados Unidos ya no es garantía de seguridad. Y las oportunidades económicas que ofrece el ascenso de Asia son cada día más atractivas.
Jim O’Neill fue secretario del Tesoro del Reino Unido y presidente de Goldman Sachs Asset Management. Traducción: Esteban Flamini. Copyright: Project Syndicate, 2026.