Mucho después de ocurrida, supe de la muerte de Robert Redford. Cierta vez conversé con él. De hecho, vimos un partido de béisbol juntos en Ebbets Field, que era la casa de los Dodgers de Brooklyn hasta que se mudaron a Los Ángeles.
Puede que no fuera como digo, porque con frecuencia las edades y los hechos se confunden, pero las cosas no son como son, ni como debieran, sino como uno quiere que sean, o simplemente como convienen.
El caso, según mi recuerdo o mi imaginación, es que aquello fue obra de la casualidad. En un parque de deporte, la gente se iguala y a continuación intima; luego, cuando se sale de allí, unos y otros se miran a la cara, embarazados o confundidos, y poco más tarde se alivian porque nadie se reconoce. Se vuelve a la diferencia y a la incomunicación. Casi igual a lo que ocurre, según mi experiencia, en un partido político, donde en cuanto se llega se olvidan las diferencias hasta que las cosas terminan, sea lo que sea, y cada uno recobra el sentido de su propia historia, de sus pretensiones y de su diferencia.
El caso es que, en ese tiempo, Redford era muy joven, pero ya merodeaba por el mundo de los guiones donde se educa a los actores para que terminen por ser inteligentes, o para que al menos lo parezcan, porque su mundo es ese, donde todo es lo que parece y no vale la pena poner nada en entredicho e ir más allá.
¿Por qué estaba yo ahí? Como ocurre tantas veces en la vida, me confundieron con otra persona y me asignaron el trato que estaba destinado a esta. Solo me advirtieron: “Pregunte lo que quiera, pero si no le contestan, no insista; él es el encargado de calificar las preguntas y el que corre el riesgo si las contesta; esto no es una confesión, solo una entrevista”.
En un momento dado, antes de que yo abriera la boca, el juego se puso tan bravo que Redford me dio una palmada en el hombro y me dijo: “Estoy seguro de que el béisbol es el único deporte que Dios aprueba”. Para entonces, él era un desconocido; ahora, es lo único que recuerdo haberle escuchado. No coincido con él, pero no estuvo nada mal.
carguedasr@dpilegal.com
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
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