
Paseando por el parque, vi a un niñito de unos cuatro años en su triciclo de plástico intentando frenar y dar la vuelta sin caerse. Sobre esta imagen se escucha en off: “¡Diay, chapa, dé la vuelta!”. ¿Era voz de femenina o masculino? Adivinen.
A raíz de esa foto sonora, se me vino a la mente una ristra de especulaciones. Era el papá, claro. Mamá protege, mamá saca las castañas del fuego. Papá es –o podría ser– más desafiante: vea a ver cómo hace. Mamá estaría propensa al “pobrecito”; papá quiere –o podría– “sacar al hijo de debajo de las enaguas de la mamá”, tal decía un dicho del siglo pasado.
Una somera búsqueda en Google habla en términos de “capital materno” y “capital paterno”. Se refiere a acopio, base emocional, pero para Google todo es capital. El materno implica ser amado por el mero hecho de existir; sin este capital es impensable ningún desarrollo personal. El capital paterno estaría vinculado al desarrollo hacia el exterior; de incondicional, nada. Vaya y mídase con el mundo. Al varoncito sin padre… perdón, sin capital paterno, no le resulta nada fácil salir al mundo y tomar esa medida; por eso, oscilará entre la impotencia y su otra cara: la prepotencia. Y se queda así sin conocer su verdadera potencia.
Se ha vuelto un cliché eso de que los hombres “no lo están logrando”. No sostienen (sus proyectos, su salud, sus responsabilidades, sus afectos). Andan ahí entre que lo pueden todo o no pueden nada. Cuando una piensa que en la mayoría de hogares de este país no hay padre; que los niños están siendo criados entre madres, abuelas, tías; que son hijos y nietos de hombres a los que también les faltó padre… Entonces es comprensible esta emoción con que se han lanzado a validar el autoritarismo y el matonismo en la política. Un papá, es lo que anhelan. Pero ya es tarde. El que no tuvo padre, ante un anafre se santigua. Aquí ponemos a Juan Charrasqueado en la papeleta presidencial, y arrasa.
Hasta Dios ha cambiado en el imaginario colectivo; poco aura farmea hoy aquel buen muchacho en chancletas, túnica, desinteresado en los bienes materiales, que nunca blandió un arma, ni una piedra siquiera. Más triunfa hoy la idea de un dios furibundo y vengador, que además quiere dinero y recompensa con Dinero (ya no sabe una dónde poner la mayúscula). Del Dios padre amoroso queda poco o nada.
Mamá amasaba la masa y papá leía el periódico en la sala, ¿se acuerdan? Qué lástima que papá no se sintiera interpelado por el feminismo. Mamá sigue amasando. Y en el sillón de la sala ya no hay nada.
Catalina Murillo es escritora y guionista. Es dos veces Premio Nacional de Novela..
