LONDRES – Desde que Donald Trump asumiera la presidencia de los Estados Unidos hace un año, se ha cuestionado cada vez más su estabilidad mental e incluso su cordura. Con la publicación del libro de Michael Wolff Fire and Fury: Inside the Trump White House (Fuego y furia: dentro de la Casa Blanca de Trump), que afirma ofrecer una mirada tras bambalinas de la disfuncional administración del presidente, son dudas que han adquirido una nueva prominencia y urgencia. Pero, más allá de jactarse en Twitter de ser un “genio muy estable”, ¿qué puede hacer Trump en realidad para demostrar que es sicológicamente apto para el que algunos definen como el cargo más importante del mundo?
No existen exámenes físicos claros para determinar si se sufre una enfermedad mental. Incluso si se sometiera a Trump a una serie de análisis de sangre y escáneres de cerebro, posiblemente los resultados no demostrarían nada. La vasta mayoría de personas con psicosis tendría resultados normales. De manera similar, un resultado anormal no necesariamente implicaría una menor capacidad mental: una persona puede conservar su inteligencia incluso tras perder una parte significativa de su cerebro.
Por ejemplo, un estudio reciente mostró que 50 de 54 niños a quienes se les practicó una hemisferectomía, en que se remueve la mitad del cerebro para tratar epilepsias severas e intratables, demostraron una capacidad intelectual igual o mejor que antes de la cirugía. Así es que Trump podría literalmente tener medio cerebro y eso no demostraría que padece una enfermedad mental.
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Otro enfoque para determinar la aptitud mental de Trump sería hacer que varios psiquiatras lo examinaran y compartieran sus conclusiones. Pero, con todo lo imparciales que pudieran ser, sus evaluaciones serían subjetivas en último término. Como puede confirmar cualquier juez o abogado penal, por cada experto en patologías presentado por la defensa ante un tribunal, los fiscales pueden presentar otro para argumentar la posición contraria.
Piénsese en el caso de Anders Breivik, que mató a 77 personas en Noruega en el 2011. En su juicio, dos equipos de psiquiatras nombrados por el tribunal discreparon entre sí sobre la cordura del acusado. Si los mismos psiquiatras no pueden ponerse de acuerdo sobre la cordura de un asesino múltiple, ¿se puede esperar que puedan hacerlo en el caso de Trump?
En todo caso, a Trump no parece interesarle recurrir a expertos: ha preferido seguir su propia estrategia (desacertada desde una perspectiva psiquiátrica) para rebatir los cuestionamientos acerca de su cordura.
Una de las defensas de Trump es que es altamente inteligente o, como lo expresara hace poco en Twitter, “o sea, realmente listo”. Pero incluso si esto fuera cierto, no demuestra nada. Muchas personas con altos niveles de inteligencia padecen enfermedades mentales.
De hecho, existen estudios que demuestran que los habitantes de países con mayores promedios de CI sufren mayores índices de suicidio. Y las tasas de suicidio en universidades prestigiosas como Oxford y Cambridge van en línea con las de la población de edad universitaria, lo que una vez más subraya que ser inteligente (o incluso inteligente y privilegiado) no impide que una persona padezca enfermedades mentales.
Trump también afirma ser demasiado exitoso como para sufrir una enfermedad mental. Pero el éxito de Howard Hughes como productor de cine y dueño de una aerolínea lo convirtió en uno de los estadounidenses más adinerados de la primera mitad del siglo veinte. También dejó varios récords de velocidad aérea. Sin embargo, sufría de un desorden obsesivo-compulsivo y falleció de una desnutrición extrema y, posiblemente, de drogadicción.
De manera similar, John Paul Getty, el empresario industrial estadounidense más rico del mundo, era tan obsesivamente frugal y paranoico que, cuando su nieto fue secuestrado, negoció para reducir la cantidad de dinero que le exigían los secuestradores, a pesar de que le enviaron un bucle de cabello y una de sus orejas.
La tercera forma de defensa de Trump es redirigir las acusaciones sobre su locura contra sus acusadores y opositores políticos. No es una táctica nueva. En la Unión Soviética (y, según muchos, en la China actual) los disidentes políticos se confiaban a cuidados psiquiátricos, precisamente para desacreditarlos. Rusia incluso se retiró de la Asociación Psiquiátrica Mundial durante gran parte de la década de los 80 a fin de evitar su expulsión por estas prácticas.
Como demostrara un experimento realizado por David Rosenhan de la Universidad de Stanford en los años 70, puede ser difícil quitarse el estigma de enfermo mental. Voluntarios sanos inventaron una alucinación para ver si el sistema psiquiátrico podía distinguir la enfermedad mental genuina. Acabaron siendo ingresados a instituciones psiquiátricas donde se comportaron con normalidad y no mostraron síntoma alguno. Pero, con la etiqueta de psicóticos ya en sus archivos, cualquier cosa que hacían era un síntoma de su locura. Como mucho, se los declararía “en remisión”.
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El experimento de Rosenhan sugiere que es posible que nunca cesen los cuestionamientos acerca de la salud mental de Trump, independientemente de los pasos que dé para cambiar la opinión de sus detractores. Incluso si deja de despotricar en Twitter o expresarse en oraciones rebuscadas e incoherentes, con suerte se lo considerará “en remisión”.
Los psiquiatras modernos podrían argumentar que se han tomado en serio las lecciones del experimento de Rosenhan y ahora hacen diagnósticos con mucha más cautela y rigor. Sin embargo, todavía abundan los ejemplos de usos políticos de la medicina psiquiátrica. Por nombrar un ejemplo, el gobierno británico intentó hace poco que profesionales de la salud mental del Servicio de Salud Nacional le informaran de las personas sospechosas de ser psiquiátricamente vulnerables a ideologías extremistas.
En el experimento original de Rosenhan, las únicas personas que pudieron reconocer a los “pacientes impostores” como sanos mentalmente fueron sus compañeros internados. Siguiendo esa lógica, quizás estemos pidiendo a la gente equivocada que evalúe la cordura de Trump. En cualquier caso, si sus detractores esperan expulsarlo del cargo, van a necesitar más que psiquiatría de sillón.
Raj Persaud y Peter Bruggen son psiquiatras con base en Londres y coautores del libro de próxima publicación “The Street-wise Guide to Getting the Best Mental Health Care” (Guía práctica para obtener la mejor atención de salud mental). © Project Syndicate 1995–2018