Primera lección: es importante salir a votar. Este derecho que damos por sentado no existe en una gran cantidad de países, y a nosotros nos costó diversas luchas. Por ejemplo, a las mujeres fue con la Constitución Política de 1949. Y no mucho tiempo antes se les permitió a etnias y a personas sin propiedades o educación.
Segunda lección: el voto debe razonarse; parece obvio, pero no siempre ocurre. Debemos preguntarnos: ¿Por qué esta persona y este equipo? ¿Qué proponen? ¿Qué valores representan? ¿Representan las causas en las que creo? De ahí el llamado a hacer un voto estudiado y reflexivo.
Tercera lección: todo derecho conlleva un deber. El poder escoger libremente a nuestros gobernantes conlleva el deber de que, al hacerlo, estamos defendiendo y fortaleciendo nuestra democracia. Si el ordenamiento jurídico electoral nos da ese derecho a elegir, implica que debemos ser cuidadosos de hacerlo pensando en la estabilidad y la continuidad del sistema democrático.
La democracia plena debe frenar los abusos de los gobernantes; para ello, es indispensable la división de poderes y la aplicación de los frenos y contrapesos que nos enseñó Montesquieu. El Poder Judicial está para garantizar, entre otras cosas, que no haya violaciones a la ley ni a la Constitución y que todos seamos iguales y nadie pueda estar por encima de la ley.
Mientras, el Poder Legislativo está llamado a promulgar la legislación y a ejercer el control político sobre el Poder Ejecutivo, con instituciones auxiliares como la Contraloría General de la República (transparencia y pulcritud en el manejo de los recursos), la Defensoría de los Habitantes (derechos ciudadanos) y el Tribunal Supremo de Elecciones (guardián del proceso electoral). Esto es lo que da estabilidad al sistema.
nmarin@alvarezymarin.com
Nuria Marín Raventós es politóloga.