En la comunicación mediática de las sociedades occidentales subyace la filosofía posmodernista. Su influencia paulatinamente ha ido encauzando a las personas hacia una destructiva búsqueda de gratificaciones inmediatas en menoscabo de la promoción de un carácter maduro que solo se fragua en la práctica de la virtud.
La crítica posmodernista al logocentrismo subjetivista de la Ilustración y que da al traste con toda noción de esencia, verdad o telos, llevó a Occidente a desechar (bajo el influjo de Darwin y Freud) la promoción de la virtud por considerarla represiva. Del mismo modo, la mentalidad posmodernista tras la desilusión que trajo consigo el “desencantamiento” de las ciencias sociales descrito por M. Weber y la consiguiente “muerte de Dios” por F. Nietzche abrazó el relativismo y el emotivismo (McIntyre) rechazando las ideas de objetividad, verdad, bondad o belleza por considerarlas impuestas en la mente de la gente por los poderosos (Foucault).
Con la muerte de las esencias perpetrada por la filosofía posmodernista, vino también la negación de la posibilidad del aprendizaje resultante de experiencias históricas. El activismo político posmodernista busca eliminar la historia para alcanzar improvisadamente una nueva sociedad a medida de los deseos subjetivos y momentáneos de políticos y activistas.
Sin embargo, el desencantamiento posmodernista que cambió la razón por la mera difusión de emociones fabricadas, hace necesario un esfuerzo de reencantamiento.
Científicos y epistemólogos desde K. Popper, M. Polanyi, A.N. Whitehead, G. Bateson, J. Conlon, R.D. Griffin, M. Graziano, G. Garofalo. M. Gell-Mann, M. Livio, A. McIntyre, A. Sokal, etc., confían en que hay un horizonte de verdades alcanzables por medio del método de aproximaciones sucesivas por ensayo y error y que el avance científico se produce sobre los hombros de hallazgos y refutaciones generados a lo largo de la historia de la ciencia. El relativismo no ha podido anular el papel de la tradición en la actividad científica ni la fe que impele al científico a aproximarse cada vez más a ella.
Estructuras objetivas en ciencia y arte
No solo la investigación científica, sino la creación artística perdurable, se realizan sobre el descubrimiento de estructuras o reglas objetivas. Popper explica cómo nuevas estructuras musicales cualitativamente distintas, como la música polifónica, surgieron a partir de desviaciones o errores en la aplicación de estructuras ya existentes. Pero estos saltos cualitativos significativos son sumamente raros y, una vez abierta una nueva posibilidad, la verdadera creatividad se realiza respetando los cánones objetivos de perfección recién descubiertos. La música de Beethoven, ilustra Popper, resulta de la conciliación de expresividad con regulaciones o estructuras musicales objetivas.
Las teorías de la música de Confucio, Hegel (en la Estética, obra muy diferente a la Fenomenología del Espíritu), Popper y San Agustín (en su poco conocida obra De Musica) revelan que existen estructuras musicales que, con la objetividad inherente a lo bello y, distinta de lo “vano y prosaico,” nos aproximan a lo sagrado. Aunque somos seres finitos, los seres humanos también somos seres deseantes de infinitud (Gunjevic) y el posmodernismo ha querido suprimir esa aspiración humana.
Al priorizar la sociedad posmodernista el disfrute de gratificaciones inmediatas sobre los sacrificios necesarios para alcanzar objetivos superiores (Peterson), lejos de facultar el logro de la felicidad, ha tornado a las personas cada vez más infelices. Slavoj Zizek alude al “omnipresente superego” que el posmodernismo no ha logrado disolver, al percatarse de que la prescripción al disfrute tiene como consecuencia lógica la presión por “verse bien”, saludable, joven, musculoso y, para las mujeres, estar delgadas, etcétera. Los imperativos de consumir, comprar, comer, ejercitarse, tener sexo, convertidos ahora en máximas aspiraciones humanas, ha tenido como consecuencia un individuo desventurado.

La búsqueda del placer por el placer, según el Dr. Robert Lustig (The Hacking of the American Mind) genera producción de dopamina en detrimento de la serotonina, que se produce cuando el individuo alcanza una duradera satisfacción y felicidad. La dopamina proporciona motivación, pero su búsqueda excesiva lleva a adicción, agresión, paranoia y depresión. Por esta razón, las religiones persiguen que la gente no se vuelva adicta al placer, porque esta actitud lleva ineludiblemente al desastre. El ser humano desarrolla una personalidad madura y feliz cuando logra posponer los deseos inmediatos en aras de una meta más satisfactoria (Lozano y Ugarte).
Igualmente, hoy se observa una fragmentación de la sociedad en identidades tribales que reclaman derechos supuestamente universales amparables por la ley, fundamentadas por narrativas no racionales sino emotivas (McIntyre). La multiplicación de leyes se ha demostrado impotente para forjar el carácter y la integridad personal. El resultado ha sido la proliferación de individuos y sociedades carentes de identidad, sentido y propósito.
Por estas razones, si Occidente quiere salvarse de las consecuencias del desencantamiento nihilista, debe retomar la enseñanza de la virtud. La idea kantiana de que la ley positiva resolvería los problemas morales de la sociedad fue un error mecanicista propio de su época y la esperanza habermasiana de encontrar en el diálogo racional, sincero y libre el justificante para las decisiones políticas en materia moral tampoco es posible en las sociedades actuales afectadas por el intervencionismo extranjero en la arena moral y política. Sin la virtud, que también es interiorización (“saber implícito anterior a toda explicitación lingüística”, Brandon), no es posible la opinión sincera.
La democracia actual se desmorona ante una cascada de demandas subjetivas e irreconciliables y la sustitución de la virtud por la ley cercena la libertad y la creatividad, en lugar de asegurarlas.
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Patricia Rodríguez Hölkemeyer es catedrática pensionada de la Universidad de Costa Rica y exembajadora en la República Popular China. Ha dado conferencias en Beijing, Shanghái y México D.F. y es autora de múltiples libros y artículos académicos. Su último libro, titulado Decadencia y Futuro de la Democracia Occidental, fue publicado en México en 2019.