Es sabido que durante su vida, el escritor británico G. K. Chesterton, bautizado en la Iglesia anglicana, pasó del agnosticismo de su juventud a una acendrada fe católica. De este tiempo es una de sus paradojas: “Lo más increíble de los milagros es que ocurren”.
Soy más escéptico que el creador del padre Brown. Pienso que solo ocurren milagros donde la gente está dispuesta a creérselos. “¿Crees que las personas siguen viviendo después de morir, que sus almas siguen con nosotros?”, pregunta el personaje de una mediocre serie de televisión. No oí la respuesta; en ese momento seguía el diálogo por mi cuenta y me dije que ese sería el único milagro que valdría la pena: que todo aquello que pasó fuera más que un recuerdo.
Pero no es así. Por eso, en estos días en los que llovió sin parar al punto que se hacía improbable salir de casa, repasando los objetos que acreditan años de convivencia interrumpida, caí en la cuenta de que una casa puede definirse de muchas maneras, pero sobre todo como lo hizo Siri Hustvedt: “Una arquitectura de la memoria”.
Eso ya es mucho y, sin embargo, no es suficiente: salvo si uno está dispuesto a creer en la posibilidad de otro milagro, el de una existencia desmesuradamente prolongada, y aspira a experimentar lo que se ha llamado el efecto simbiótico de las parejas que viven mucho tiempo juntas, de manera parecida a lo que por otras causas sucede entre unas pocas especies vivas. Paul Auster explicaba a su manera este fenómeno, diciendo: “Si viviéramos juntos otros cien años, nos convertiríamos en la misma persona”.
A lo que iba es a que el cambio climático, de lluvioso a seco, trae consigo cambios de humor y la vuelta a formas de escepticismo conectadas ahora con la realidad. Aquí no hay lugar para milagros, solo para mirar lo que sucede, con sentido común si es posible. Como lo hizo en días anteriores un canciller europeo cuando dijo que entrar en un conflicto es fácil y que lo que es difícil es salir.
En fin, hoy abre lugar al recelo la presuntuosa escenografía del puño cerrado que lo reviste todo de inhumanidad y hace de la política una montaña rusa donde el mundo va pegando gritos, a peor. ¡Cómo les divierte creer que saben hacer milagros!
Carlos Arguedas Ramírez fue asesor de la Presidencia (1986-1990), magistrado de la Sala Constitucional (1992-2004), diputado (2014-2018) y presidente de la Comisión de Asuntos de Constitucionalidad de la Asamblea Legislativa (2015-2018). Es consultor de organismos internacionales y socio del bufete DPI Legal.
