
Floria Jiménez ganó, hace 50 años, el Premio Carmen Lyra de Literatura Infantil con su poemario Mirrusquita. En ese entonces, constituyó una voz nueva en la literatura dedicada a la infancia que, asimismo, obtenía un galardón que también resultaba nuevo, pues la Editorial Costa Rica, como empresa creada por ley de la República, hacía esfuerzos por innovar y ofrecer textos de alta calidad a las jóvenes generaciones.
Esa presea simbolizó, para la autora, el inicio de una prolífica carrera literaria, pues desde entonces ha publicado más de 30 libros, la mayoría de ellos inscritos en el género de la poesía dedicada a los más pequeños; algunos son Me lo contó un pajarito (1979), El color de los sueños (1984), Las canciones del viento (1990), Tres cocodrilas del cocodrilar (2005), Érase este monstruo (2003) y El encanto de la montaña (2025). Entre los premios recibidos se encuentran el Aquileo J. Echeverría, en la rama de poesía (1979) y el Premio Carmen Lyra en cuatro ocasiones: 1976, 2003, 2007 y 2024.
Sin embargo, medio siglo después es oportuno concentrarse en Mirrusquita. Es altamente probable que el jurado del “Carmen Lyra” de 1976 –integrado por Victoria Garrón de Doryan, Julieta Dobles y Fernando Centeno Güell– previera que se trataba de una obra capaz de trascender su tiempo y de transmitir, a generaciones presentes y futuras, sensaciones de alegría y reflexión.
Es un libro que se disfruta tanto ayer como hoy, pues en él prevalecen el sentido lúdico, la sencillez (que no es simplicidad) y el alejamiento de cualquier pretensión didáctica.
En sus páginas, se logra el objetivo de arrancar la sonrisa infantil, el asombro o algún pensamiento que resulta inexplicable. En sus versos hallamos a una pulga, llamada Luz, que vive en una casa chiquita con cinco ventanas que también son bajitas; encontramos a un elefante resfriado, un pato panadero y una tortuga llamada Pocaprisa.
Debe reconocerse que una obra poética nos hace más imaginativos. Además, cuanto más nos nutrimos estéticamente, también nos volvemos más críticos y humanistas.
Junto a Mirrusquita, disfrutamos de la musicalidad del lenguaje y la precisión de la métrica, condiciones que son necesarias si el público lector tiene menos de ocho años, o pertenece a la llamada “primera infancia”.
Tal como afirma la escritora e investigadora Elsa Bornemann, no es necesario que los niños comprendan el significado del poema; lo que resulta ineludible es que los sonidos que emanan de los juegos fonéticos de las rimas, perfectas o imperfectas, se vuelvan agradables al oído.
El niño memoriza los versos y eso es bueno, no solo porque constituye un ejercicio mental. La sonoridad de la poesía también sirve para afinar los sentidos y disfrutar de otras artes como la música o la danza.
Una de las fuentes de la literatura infantil es el folclor, esa voz viva y anónima del pueblo, que se transmite de generación en generación por medio de creencias, cuentos, leyendas, canciones o costumbres. Y en este libro se juega con raíces de algunas expresiones folclóricas, por ejemplo, cuando expresa: “Bajo el puente del Virilla / vi a la abuela con sombrilla / y al abuelo con bastón / por una sencilla razón”. O bien, una canción de cuna: “Piojito, piojito, / duérmete, chiquito”.
Los niños contemporáneos no sabrán que hace más de medio siglo existió una empresa aeronáutica nacional llamada Lacsa y un avión bautizado como “El Tico”, pero los versos de Floria Jiménez avivarán recuerdos de los mayores: “El Tico, / el jet de Lacsa: / avioncito de mi casa. / ¿Toda esa gente / va con esa carga?”. Tal situación ocurre porque la poesía es portadora de la memoria.
La edición conmemorativa del cincuentenario, ilustrada por Álvaro Borrasé, otorga nuevos significados a la obra. Nos recuerda que el poema, a diferencia de un texto didáctico que cumple su ciclo y deja de usarse, puede ser leído con ojos nuevos.
Esperemos que en los centros de educación preescolar y primaria se recite y se cante a los poetas nacionales, y que un libro como Mirrusquita siga siendo caudal de magia y asombro para las generaciones del futuro.
autorcarlosrubio@yahoo.com
Carlos Rubio Torres es profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Nacional (UNA).
