
A muchas mujeres se les perdona la inteligencia, siempre y cuando venga acompañada de una modestia performativa. Por el contrario, la ferocidad contra las que hablan con voz fuerte –sin pedir disculpas, sin suavizar, sin disminuir lo que saben y con firmeza en su autoridad discursiva– es antigua.
Sí. Si hay algo que incomoda a cierto tipo de hombres son las mujeres que saben: que dominan los temas públicos, que conocen lo que quieren y que tienen claro aquello que no están dispuestas a aguantar ni a disimular.
La autoridad sigue siendo codificada como masculina. Existe una larguísima tradición política de expulsión: desde las sociedades estatales antiguas y el origen mismo de la democracia en Atenas –donde se les prohibió votar, ocupar cargos, deliberar en las asambleas y ser ciudadanas plenas–, las mujeres han sido arrinconadas.
Expulsadas del ágora y encerradas en sus casas, comenzó un largo entrenamiento de silenciamiento. Nuestro país tiene muy poco tiempo de haber reconocido el sufragio femenino: solo 77 años que no han bastado para que muchos se acostumbren a que ocupemos el espacio público por cuenta propia.
Una mujer que habla segura de sí misma, sin imitar a ningún hombre, sin peros ni modestias, y a la que se le nota lo poderosa que es, les cae mal también a algunas mujeres. Especialmente a aquellas preocupadas por hacer sentir cómodos a los hombres que las rodean y asegurarles la continuidad de sus prerrogativas, pero también a las que no han podido cuestionar la envidia y la competencia que la educación cultural nos inculca. La académica mexicana Marcela Lagarde, para apuntar a la tarea de las mujeres en su dominación, las denominó “intelectuales del patriarcado”.
Tocante a los peros que enfrentamos en lo público, la filósofa Amelia Valcárcel ha escrito ampliamente sobre la relación entre ciudadanía, autoridad y exclusión histórica. Sostiene y demuestra que hemos sido educadas por siglos para la complacencia y no para la autoridad. El mandato permanente que se nos impone es agradar, estemos donde estemos, incluso si ocupamos una curul.
Por eso, cuando las mujeres dejan de preocuparse por si incomodan al hablar o actuar, la respuesta del entorno es mandarlas a callar. Son lo que la escritora británica Sara Ahmed llama, con humor, “feministas aguafiestas”: aquellas que no suavizan el conflicto ni protegen la comodidad ajena.
Las diputadas Gordienko y Dobles son figuras técnicas, con agenda y palabra públicas. ¿Qué diablos hace Gordienko hablando en voz alta, segura y con conocimiento experto sobre una reforma constitucional? ¿Qué clase de locura poseyó a Dobles para interesarse por un tema tan tradicionalmente masculinizado –y fálico– como el tren eléctrico?
Su manera de ejercer la política desata una cruda misoginia, definida por la filósofa australiana Kate Manne como el “brazo policial del patriarcado”. Este mecanismo procura escarmentarlas, infundirles miedo, callarlas y achicarlas.
Las actitudes de estas diputadas resquebrajan un sistema de castas que no solo pretende ubicar a los hombres en el lugar del mandato –directamente o por interpósita mujer– dentro de la agencia (acción, autoridad, racionalidad), sino que intenta encerrar a las mujeres en lo comunitario (cuidado, pasividad, emoción).
Las estrategias oficiales responden a ese miedo rancio a las mujeres poderosas y al temor de perder el privilegio de decidir cuáles son los temas país o de mantener la vocería universal de la cosa pública.
Además, promover este odio tiene otro objetivo estratégico para el oficialismo: necesitan figuras antagónicas a la presidenta para construir cohesión emocional a su alrededor.
Pero ellas continúan, sin bajar ni un decibelio, evidenciando lo obsoleta que está una identidad masculina basada en el dominio.
Queda por ver si la presidenta se deja inspirar por estas y otras diputadas de la oposición para ejercer con dignidad el poder que sus votantes le dieron, o se conforma con la sumisión y el servicio al hombre que la escogió para su propio beneficio.
isabelgamboabarboza@gmail.com
Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.
