
El Hospital Nacional de Niños (HNN) reporta 94 menores atendidos por infecciones parasitarias en lo que va de 2026, de los cuales 60 (63,8 %) tienen entre 1 y 4 años. Se han descrito casos de niños que llegan vomitando o expulsando lombrices por vía anal.
Que un niño llegue en estas condiciones a un hospital parece, a primera vista, una noticia médica curiosa o incluso insólita. Pero el dato adquiere otra dimensión cuando lo colocamos en perspectiva histórica.
Las investigaciones epidemiológicas nacionales documentaron que el parasitismo intestinal, que superaba el 50% de prevalencia en la década de 1960, había descendido a menos del 5% en 1982. Las encuestas nacionales de 1992 y 1996 reconfirmaron esta reducción impresionante de las parasitosis intestinales.
Ese descenso fue uno de los grandes éxitos silenciosos de la salud pública costarricense que no ocurrió por casualidad. Fue consecuencia de políticas públicas sostenidas: agua potable, disposición adecuada de excretas, mejores condiciones de vivienda, educación, vacunación, nutrición, medicamentos novedosos y atención primaria con una red de servicios de salud que llegaba cada vez más cerca de las comunidades.
Por todo esto, que, décadas después, volvamos a observar niños pequeños con cargas importantes de parásitos intestinales debería hacernos preguntar qué está fallando.
Una lombriz intestinal no aparece de la nada. Ascaris lumbricoides, uno de los parásitos señalados en los casos recientes, se transmite fundamentalmente cuando los huevos del parásito contaminan tierra, agua o alimentos, y son ingeridos. Su presencia está estrechamente relacionada con condiciones sanitarias deficientes.
Una prevalencia poblacional y el número de consultas hospitalarias miden fenómenos diferentes. Pero, precisamente por eso, la alerta actual merece ser investigada: no podemos afirmar que exista un retroceso nacional de la prevalencia únicamente a partir de las consultas del HNN, pero tampoco deberíamos ignorar la señal epidemiológica que representan.
Investigaciones focalizadas, han mostrado que las parasitosis persisten especialmente en comunidades vulnerables. Un estudio realizado en una población en esta condición, perteneciente al cantón de Goicoechea, encontró una prevalencia de parasitismo intestinal cercana al 60% entre los niños estudiados. Las lombrices no son solamente un problema de microbiología, son también un indicador social.
Cuando una sociedad permite que un niño acumule una carga parasitaria suficiente para vomitar lombrices o expulsarlas por el ano, la pregunta no debería limitarse a cuál medicamento darle.
Debemos preguntarnos dónde vive ese niño, qué agua consume, cómo se eliminan las aguas residuales, cuáles son las condiciones de su vivienda, qué alimentos consume, cuáles son sus condiciones nutricionales y cuán accesibles son los servicios de atención primaria para prevenir y tratar. La parasitosis infantil es, en buena medida, una enfermedad de las desigualdades, y Costa Rica alguna vez entendió eso y actuó.
Asociado a las parasitosis intestinales, es común encontrar una deficiencia absoluta de hierro con o sin anemia, ya que hay interferencia con la absorción de nutrientes, sangrado intestinal secundario y pérdida de apetito, lo que impacta negativamente en el desarrollo de los niños y niñas. Esto hace que aumente el riesgo de retraso psicomotor, problemas de atención y aprendizaje, falla en ganancia de peso y talla, y mayor número de infecciones.
A mediano plazo, en etapa escolar, como secuela se puede presentar menor desempeño en aritmética y lectoescritura, y en la adolescencia pueden encontrarse diferencias cognitivas de hasta 25 puntos en pruebas estandarizadas, lo que a largo plazo afecta el desempeño educativo y laboral.
Esta combinación de parasitosis intestinal y déficit absoluto de hierro va a contribuir a la perpetuación de la pobreza, limitando las capacidades de desarrollo humano y aumentando los costos en salud y educación.
El problema es que las conquistas de salud pública no son irreversibles. Cuando se debilita la prevención, la atención primaria y los programas sociales; cuando aumentan la pobreza y la desigualdad; cuando existen comunidades con problemas de acceso al agua segura y saneamiento; cuando la inversión social pierde prioridad, las enfermedades que creíamos superadas pueden regresar.
Lo que tenemos delante es una oportunidad para analizar si estamos perdiendo algunos de los avances sanitarios que Costa Rica construyó durante generaciones.
Y hay una pregunta todavía más importante: ¿cuántos niños están viviendo hoy las condiciones que permiten que estas infecciones ocurran, pero que todavía no han llegado al Hospital Nacional de Niños? Probablemente, desde el HNN estamos viendo la punta del iceberg.
Sería una enorme contradicción histórica que, después de haber demostrado que estas enfermedades podían ser controladas mediante políticas públicas sostenidas, permitamos que regresen.
La cuestión ahora es si Costa Rica está retrocediendo en sus políticas de salud debido al déficit de infraestructura sanitaria y de especialistas. Este deterioro no solo afecta la atención de las enfermedades, sino también la prevención, que ha sido un eje fundamental de las intervenciones sanitarias exitosas y sostenibles. A ello se suma el deterioro de la educación y la protección social, ámbitos estrechamente relacionados en los que nuestro país fue, durante décadas, un ejemplo mundial por sus resultados.
morabecr@gmail.com
Alberto Morales Bejarano es pediatra, fundador de la Clínica del Adolescente del Hospital Nacional de Niños y su director durante 30 años y miembro de la Academia Nacional de Medicina.
