Velia Govaere. 23 noviembre, 2020

En la era de la revolución tecnológica nuestro rezago nos asfixia. Esa brecha nacional se superpone a las asimetrías sociales y territoriales. Si no superamos nuestro atraso, tampoco será sostenible nuestro progreso humano.

A cada mal su remedio. En paralelo a nuestras políticas sociales, nos hemos dotado de un sistema de reclutamiento y formación del mejor talento para la inserción del país a la ciencia y la tecnología.

Los colegios científicos son parte esencial de ese engranaje. El Tec es otro. Mucho daño hace desacoplar esos instrumentos con medidas burocráticas.

Daño humano a la esperanza de jóvenes prometedores, daño moral al medir igual esfuerzos diferenciados, daño académico al desechar un instrumento estandarizado de selección del acervo humano. Es el caso de la alambicada fórmula de ingreso al TEC, en sustitución del examen de admisión.

Su impacto era previsible y fue advertido. El examen de admisión es el indicador psicométrico más confiable de valoración de capacidades de pensamiento lógico y matemático, adecuadas al núcleo educativo del Tec.

Su combinación con las notas de secundaria, ponderadas con factores sociales y territoriales, hacía que el proceso abordara cierta nivelación de desequilibrios de origen.

Con 20.000 solicitudes y solo 2.000 cupos, es imposible admitir a todos los que merecen ingreso. Pero un indicador homogéneo en la selección ofrecía visos de imparcialidad y su aplicación creaba expectativas históricas razonables.

La pandemia fue el chivo expiatorio de un desacierto. La dificultad sanitaria para el examen de admisión dio espacio a la «creatividad burocrática». Ella, a la decisión viciada de matematismo discriminatorio. Ese desatino causó la exclusión de brillantes talentos que la patria necesita y no verá formarse en el Tec.

Si la pandemia fue pretexto del entuerto, la arrogancia lo apuntala. Para paliar el yerro se aumenta el cupo, pero nada revierte la decisión. ¡Esta mula es mi macho! Ampliar el ingreso se sostiene solo. No como remedio de una pifia.

Antes de aplicar una cura, la medicina ordena: primum non nocere. Que no dañe. La infortunada fórmula de ingreso ya hizo daño. Podría ser revertida si no estuviera escrita en la piedra de la tozudez.

La autora es catedrática de la UNED.