Velia Govaere. 21 septiembre

Hay crímenes que nos dejan temblando. Son momentos de intensa desolación. Faltan palabras para alivianar la indignación del alma. Se cae entonces en el imperdonable pecado de llamar “animales” a los criminales. Nada es menos apropiado. Ningún animal asesina a las hembras de su especie. Matar a una mujer por el mero hecho de ser mujer es conducta definitoria y precisa de los machos humanos.

En el 2012, en su número 169, Sciences et Avenir preguntó: ¿Qué es el hombre? Científicos de todo el mundo respondieron. La respuesta de Françoise Héritier es ya muy acreditada. “A las características físicas y otras que podemos subsumir bajo la idea de conciencia, decididamente añado una que es irreductible, porque condensa, en un punto preciso, todas las diferencias que lo distinguen de los animales: el hombre es la única especie en la que los machos matan a las hembras de su propia especie".

"No es un rasgo biológico inherente a la naturaleza humana”, aclaró Héritier. Es un modelo mental del Homo sapiens, elaborado en los tiempos lejanos del Paleolítico. La conducta del hombre es producto de la cultura y, por eso, explica Héritier, es el único que se arroga el derecho de golpear o matar a las mujeres solo porque piensa que están a su disposición. Es un acto de consciencia.

Concuerdo. Ser mujer implica un riesgo de vida. Así, lo descubrió la Dra. Cedeño, con dolor inimaginable, en un hotel de lujo. Así, lo vivió Allison Bonilla, regresando a su casa, cuando el sol no había terminado de ponerse. El peligro no era ni el lugar ni la hora. El peligro era ser mujer.

Tenemos derecho inalienable a la vida y a la integridad física. Así es la letra. Y construimos instituciones para protegernos. Pero, siendo mujeres, la agresión nos ronda. La sombra del ultraje es compañera permanente. Es el riesgo insoportable de ser mujer.

Es injusto. Debemos condenar toda agresión y crear conciencia desde las edades más tempranas. Clamamos por protección. Exigimos castigo para los malhechores. Algún día, en una utopía lejana, no será tan peligroso ser mujer. Pero hoy, y por mucho tiempo, en la esquina menos esperada, un troglodita acecha. Nacemos en sociedades estructuralmente agresoras, bajo el inaceptable riesgo existencial de ser mujer.

La autora es catedrática de la UNED.