Velia Govaere. 3 febrero

Entre pucheros y lágrimas retenidas, el Reino Unido y la Unión Europea (UE) firmaron su divorcio. Llegó el brexit a su final temido. Votado por escasa mayoría, negociado a la carrera, rechazado tres veces por el Parlamento, se cobró dos primeros ministros, destruyó a los laboristas y dejó a los conservadores en manos de la figura menos apetecible.

El Reino Unido siempre fue un europeo reticente. No sufrió tanto como para llegar al brexit. Todo lo contrario. Del pastel había escogido las cerezas y el lustre.

Para llegar a semejante extremo, ¿qué pudo ir tan mal en ese matrimonio de 47 años? El Reino Unido se había cuidado de las más audaces y comprometedoras aventuras de la UE. La misma idea fuerza de construcción de una unión política siempre le fue ajena. No quiso ser parte de la zona euro. Eso le permitió recuperarse mejor de la crisis financiera, con los márgenes de competitividad que le ofrecía tener moneda propia. No aceptó el Acuerdo Schengen, que elimina controles fronterizos, y siempre pudo fiscalizar el ingreso de personas de origen externo a la UE, evitando los peores extremos de oleadas migratorias. Había negociado su exclusión hasta en política social. Así que, en realidad, siempre tuvo un pie fuera.

Pero el pie que tenía dentro, como miembro pleno de la UE, le permitía participar en el mercado común, integrarse a las cadenas de valor, atraer inversión extranjera — especialmente europea— y convertirse, cuando lo decidió, en el centro financiero de Europa. Eso le significó sostenido incremento de riqueza y creciente oferta de empleo calificado para su población. Sin mencionar la relevancia que le daba, a ese imperio venido a menos, ser protagonista de decisiones de política exterior en un ente paraestatal con el peso de representación comunitaria de 28 países.

El Reino Unido siempre fue un europeo reticente. No sufrió tanto como para llegar al brexit. Todo lo contrario. Del pastel había escogido las cerezas y el lustre. El brexit se explica, en parte, por la creciente relevancia cultural que cobran, en nuestro tiempo, las ideas zombis. Me refiero, así, a concepciones muertas que salen de la tumba para espantar a los vivos. Por doquiera amenaza alguna noción zombi. En el Reino Unido, la visión zombi de gran imperio. En Costa Rica, el fantasma zombi de sustitución de importaciones de aguacate.

¡Cuidado!, en todas partes acechan ideas zombis.

La autora es catedrática de la UNED.