Velia Govaere. 27 febrero

Si sobrepasa nuestras expectativas el avance de ciencia y tecnología, al unísono nos embiste, también, el contraste de realidades políticas estancadas. El futuro tecnológico es ya elemento disruptivo de la cotidianidad. Pero ideas rancias y políticas trasnochadas igualmente asaltan insolentes nuestra vida diaria.

Lo pasmoso no es que pasado y futuro cohabiten en tiempo y espacio. Eso siempre ocurre. Lo peligroso es que ambos extremos sean, simultáneamente, dominantes y no poder anticipar si esas discrepancias se resolverán para bien. Discordancias semejantes acarrearon hecatombe en un pasado no tan lejano.

De la misma forma, en el plano moral, la cultura humana ha tenido progresos inauditos. Florecen derechos de la mujer y la niñez, la tolerancia ideológica hace bandera, crece el respeto por la diversidad y un ajuste histórico de cuentas con la discriminación toma por asalto, cada día, castillos de fanatismo fariseo y santurrón.

Candidatos
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Polos opuestos. Esas universalidades de progresos del espíritu humano, en ciencia, tecnología y cultura ética, se contraponen con aguas amenazantes en el gran escenario político internacional, donde prejuicios e ideologías del pasado parecieran salir de la tumba. Ese es el problema. Avanzada tecnología y principios morales de punta coexisten con contracorrientes de políticas empozadas, contrarias al progreso social. Nada puede asegurar que las sombras de ayer no terminen dominando la luz de mañana.

Ningún ejemplo es más aleccionador y premonitorio que la salud planetaria. La creciente conciencia moral de la responsabilidad humana en los daños ambientales está en pugna con el sistémico fiasco político en aminorar siquiera el cambio climático y detener la desaparición de especies.

Ante la vista pública se deshiela el Ártico. Osos polares aparecen en ciudades nórdicas. El 90 % de la población de aves desaparece en países desarrollados. Las primaveras son cada vez más silenciosas y nuestros jardines ven menos colibrís. Pareciera que la noche domina al día y el pasado ensombrece el camino hacia el futuro. El calentamiento global avanza como implacable denuncia de nuestro fracaso moral. No es el único.

Angustia por el sufrimiento mundial. El ánimo no puede dejar de resentirse frente a esos embates trágicos que se ciernen en horizontes cercanos. Con síntesis constructivista, el idioma alemán ofrece una palabra de lacerante exactitud que refleja la angustia por los sufrimientos del mundo. Weltschmerz es el concepto que da cuentas del dolor e impotencia (Schmerz) frente a la problemática planetaria (Welt).

Esa noción teutona nació en el siglo XIX de la pluma romántica de Jean Paul Richter. Rubén Darío la retomó, “el soñador, imperial meditabundo, sufre con las angustias del corazón del mundo”.

Aquel concepto reflejaba las contradicciones de su época. Con Revolución Industrial en pleno vuelo, la ciencia se imponía, la Ilustración derrotaba a la superstición y nacían los derechos de la mujer y la niñez.

Pero el triunfo de la máquina y las nuevas conquistas morales convivían, en lo político, con retornos al autoritarismo. En Europa, la antidemocrática Santa Alianza buscaba recuperar colonias; en Francia, se volvía a coronar un Borbón y, a este lado del Atlántico, nacía la doctrina Monroe de “América para los (norte) americanos”.

Shelley se rebelaba contra los avances tecnológicos sin alma. Sus palabras son casi nuestras: “Hoy poseemos más sabiduría moral, política e histórica de la que somos capaces de poner en práctica; tenemos más conocimientos científicos y económicos de los que pueden ser aplicados a la justa distribución de la riqueza que estos mismos conocimientos multiplican” (En defensa de la poesía, 1821). Su esposa, Mary, escribió la imagen más grotesca de la quimera moderna: Frankenstein.

Pasado atroz y futuro prometedor. Se replican hoy semejantes condiciones de convivencia política de pasado atroz con futuro prometedor. De ahí nuestra angustia por el mundo. Ya nadie pone en duda que las dos guerras mundiales se incubaron en desacoples de la política internacional del siglo XIX con los progresos de la ciencia y la conciencia moral.

Así llegó el siglo XX, imperialista, colonialista, antidemocrático y preñado de nacionalismos, en contraste con los mayores avances humanistas y científicos.

Ni Hegel ni Kant frenaron el espanto nazi. Ni Goethe ni Heine detuvieron el Holocausto. ¿Qué podrá poner un alto a los populismos, nacionalismos y fanatismos de hoy? La historia nos impone un deber admonitorio. No podemos dar por sentada una victoria de la razón moral.

Los grandes bastiones del orden internacional instaurado después de la Segunda Guerra Mundial, integrados en las Naciones Unidas, buscaron superar desacoples entre política, ciencia y ética. Su síntesis programática es la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sus bases económicas partieron de Bretton Woods. La caída del muro de Berlín pareció superar el último escollo del humanismo democrático liberal. ¿De dónde, entonces, nos asalta ahora el pesimismo?

Los Estados Unidos fueron cruciales para la salud del orden internacional. Pero de un tiempo acá, reniegan del multilateralismo, perjuran de sus compromisos ambientales, dan rienda suelta a intereses nacionales, repudian el valor de sus alianzas y parecieran inaugurar, de nuevo, las políticas del siglo XIX. ¿Regreso al pasado o coyuntura apenas de un resfrío moral pasajero?

Esa es la incógnita y el mundo parece un espectador impotente. No podemos inferir de este penoso contexto una inflexión inevitable hacia el desastre. Tampoco, ignorar sus enjeux.

Mucha de la respuesta se juega en las primarias demócratas de los Estados Unidos. Ese partido retoma visiones éticas y políticas consecuentes con nuestros tiempos. Pero cada consigna radical, lejos de unir, divide. La moderación unifica, pero no termina de perfilarse en un liderazgo consecuente, capaz de enmendar entuertos y encauzar las aguas para terminar esta incongruente navegación hacia el pasado y volver al futuro, con fuerza y esperanza.

La autora es catedrática de la UNED.