Enric Sala. 18 abril
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El archipiélago británico Tristán de Acuña alberga las áreas de cría de más de tres cuartas partes de los pingüinos de penacho amarillo norteños que quedan en el mundo, una especie en peligro.

Ahora que el ecosistema del conjunto de islas está protegido de la pesca industrial que tiene como blanco la presa del pingüino, los científicos esperan que esta especie icónica se recupere.

Más de la mitad de todas las reservas pesqueras en el Atlántico sur son blanco de sobrepesca, lo que significa que las estamos sacando del agua mucho más rápido de lo que pueden reproducirse.

A escala global, más de tres cuartas partes de las reservas pesqueras son víctimas de sobrepesca, y la pesca total de peces salvajes ha venido declinando desde mediados de los años noventa del siglo pasado. La pesca excesiva, por lo tanto, está afectando la seguridad alimentaria global.

Resolver este problema exige reconocer que menos es más. Un estudio del 2017 del Banco Mundial sugería que reducir los esfuerzos de pesca en casi la mitad en realidad aumentaría la pesca global y los beneficios económicos que genera.

Pero existe una manera complementaria y más eficiente de restablecer las poblaciones de peces y preservar la biodiversidad marina.

Estudio de la National Geographic Society. Una reciente investigación liderada por la National Geographic Society, publicada en la revista científica Nature, determinó que proteger los lugares apropiados en el océano permitiría salvaguardar la vida marina única e irremplazable que hoy está en riesgo debido a las actividades humanas, aumentando al mismo tiempo la oferta de alimentos de origen marino.

Los peces que viven más crecen más y se reproducen más. Las hembras grandes producen una cantidad desproporcionadamente mayor de huevos, lo cual, junto con el excedente de peces adultos, ayuda a reabastecer las áreas circundantes. Las áreas marinas protegidas (AMP), por consiguiente, son una inversión muy necesaria en la capacidad de regeneración del océano.

Pero hay más. Nuestro estudio también determinó que la llamada pesca de arrastre, o la barrida del fondo marino con redes grandes y pesadas para pescar peces o langostinos, libera emisiones de dióxido de carbono en el océano en cantidades similares a las emisiones atmosféricas de la aviación.

La reducción o eliminación de este barrido haría que el fondo marino volviera a ser un almacenamiento de carbono en lugar de una fuente de emisiones de CO2, lo cual ayudaría a mitigar el cambio climático.

Qué porcentaje del océano deberíamos proteger para obtener estos múltiples beneficios depende de cuánto valoren los países la pesca en contraposición con todas las otras cosas buenas que ofrece la vida marina.

Nuestro estudio determinó que, más allá de las preferencias de las partes interesadas de los océanos, debemos proteger cuando menos el 30 % del océano global si queremos disfrutar de la triple victoria de una vida marina restablecida, más alimentos de origen marino y menos emisiones de gases de efecto invernadero.

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Medidas de prevención. Una creciente cantidad de países ya han prometido conservar el 30 % de su tierra y de las aguas de los océanos para el 2030 para ayudar a evitar un episodio de extinción masiva previsto por los científicos.

Desde pingüinos y rinocerontes hasta abejas y plantas medicinales, corremos el riesgo de perder un millón de especies a un ritmo sin precedentes durante este siglo.

Si lo antedicho llegara a suceder, sería como matar a los dinosaurios, solo que ahora el asteroide que choca contra nuestro planeta somos nosotros.

Los gobiernos están haciendo estas promesas 30x30 —junto con compromisos para respetar los derechos de las poblaciones indígenas y las comunidades locales— con la mira puesta en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad (COP15) programada para llevarse a cabo en Kunming, China, más avanzado este año.

En el encuentro se espera que los líderes de los países acuerden un plan para abordar la inminente crisis de extinción.

Tristán de Acuña no fue el único en crear un área marina protegida en el 2020. Las 115 islas Seychelles, una cadena ubicada en el océano Índico, estableció zonas protegidas que cubren el 30 % de sus aguas; sin embargo, muchos más países necesitan hacer lo mismo, porque solo el 7 % de los océanos del mundo actualmente está bajo algún tipo de protección.

Expandir la protección a por lo menos el 30 % de la tierra y de los océanos del mundo y gestionar esas áreas de manera eficiente exigiría una inversión anual promedio de $140.000 millones de aquí al año 2030.

La cifra representa alrededor de un tercio de la cantidad que los gobiernos nacionales actualmente gastan para subsidiar actividades que destrozan la naturaleza como la minería y la extracción de petróleo y gas.

Es imperioso moverse rápido. Cumplir con el objetivo del 30 % también conduciría a beneficios anuales promedio de $250.000 millones en una mayor producción económica y, por lo menos, $350.000 millones en mejores servicios del ecosistema comparados con la situación actual.

Esto significa que cada dólar invertido en áreas protegidas generará por lo menos cinco dólares, además de la importancia de frenar la actual crisis de biodiversidad.

Para obtener esos réditos, necesitamos movernos más rápido que la tasa de sobrepesca en altamar, y más rápido que el ritmo de destrucción de los bosques tropicales del mundo.

Esta carrera para abrazar y preservar la biodiversidad del mundo de manera rápida y eficiente también puede empezar en Tristán de Acuña con un pingüino que no tiene otro lugar adonde ir.

Enric Sala: es explorador residente en la National Geographic Society.

© Project Syndicate 1995–2021