Velia Govaere. 20 marzo

La covid-19 apenas comienza en imparable curso. Una vacuna cambiaría eso, pero lo más probable es una lenta adaptación inmunológica de la humanidad. Las fake news dicen otra cosa, alimentadas por la necesidad de consuelo. ¡Cuidado! Si eso deseamos oír, eso oiremos.

La covid-19 aumentará el índice de incertidumbre en un 300 %. Eso generará grandes relocalizaciones de cadenas de suministro. Es una medida de desglobalización.

Seamos realistas. No hay medicamento a la vista. Está fuera de nuestras manos detener el patógeno, pero podemos frenarlo. Las autoridades se concentran en acoplar los casos graves con la capacidad hospitalaria de enfrentarlos. Higiene y aislamiento social solo detendrán la velocidad del contagio. Eso no es poco. Es decisivo.

La covid-19 se propaga fácilmente por personas contagiadas, asintomáticas o en incubación, que han propagado la infección a 176 países. Es tan alta la probabilidad de contagio que Richard Hatchett, CEO de la Coalición para la Innovación en Preparaciones para Epidemia (CEPI, por sus siglas en inglés), calcula que entre el 60 % y el 70 % de la humanidad resultará infectada.

Aun con una tasa de mortalidad del 1 %, la cifra posible de decesos es apocalíptica. Bajo ninguna circunstancia, debe haber más pacientes graves que disponibilidad de camas y de atención en cuidados intensivos. Si no, el riesgo de morir es enorme.

Efecto global. Uno de los pacientes que la covid-19 encontró con defensas inmunológicas bajas fue la globalización. La pandemia tiene impactos económicos globales. Lo primero fue un choque de oferta industrial, cuando el cierre de fábricas en China paralizó el 30 % de la producción mundial de manufactura. Es el 12 % de las exportaciones del planeta, no solo de bienes finales más baratos, sino de insumos industriales que abastecen casi toda la manufactura mundial.

El paro del dragón chino fue un choque de oferta para consumidores finales y escasez de suministros para empresas en todo el orbe.

Un poco de historia. Recordar cómo llegamos aquí es útil. El corazón de la globalización aceleró su latido desde que la caída del Muro de Berlín marcó el final de la Guerra Fría. La apertura de China a la inversión, atraída por mano de obra barata, los avances logísticos de transporte y la regulación del comercio bajo la Organización Mundial del Comercio (OMC) estructuraron un andamiaje entretejido de cadenas de producción.

En países desarrollados, las grandes firmas dejaron abandonadas las tradicionales regiones industriales y movieron su inversión en busca de menores costos.

Sin políticas públicas focalizadas en compensar la pérdida de acceso a oportunidades de regiones perdedoras, ese tinglado no era ni social ni políticamente sostenible. Pero esos tiempos de neoliberalismo desatado dejaron todo en manos del mercado y sus “derrames”. Entonces, llegó la crisis del 2008 y, aunque nadie se percató, la era de la hiperglobalización había terminado.

Crisis tras crisis. Vino después la crisis del euro, y la Unión Europea (UE), en vez de asumir asimetrías, sembró resentimientos y desconfianza. El sufragio castigó a las élites indiferentes. Pero siguieron sin entender. Ocurrió, después, el brexit y, luego, Trump. Y siguen sin entender.

Así encontró la covid-19 al planeta, en crisis multiorgánica. Cuando más se necesita cooperación y entendimiento, más cunde el “sálvese quien pueda”. Trump, en choque sistémico con China, el Reino Unido en fase de aislamiento y la OMC sin sistema de solución de controversias. Todo alimenta la ley del más fuerte, al arbitrio del demagogo del instante.

Lo multilateral quedó en fachada. Nadie llama a una reunión de emergencia del G20, como en el 2008. El Consejo Europeo se siente paralizado por la pandemia y el tratado de fronteras abiertas de Schengen quedó unilateralmente interrumpido.

Cari italiani, in UE tutti siamo italiani, dijo la presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen. Dramático mensaje, pero del diente al labio. Cuando Roma recurrió al mecanismo de protección civil de la UE, pidiendo urgente equipo médico, ni un solo país de la UE le respondió. Fue más bien China la primera en acudir a su rescate.

El efecto dominó de la covid-19 no se deja tratar con ligereza como mero choque pasajero de oferta, recuperable si fuera solo parálisis de producción china. Convertido en pandemia, obliga a los países a un aislamiento por tiempo impredecible. Las fronteras se cierran, los negocios se paralizan y, entonces, llega el choque del consumo. Transporte y turismo son solo las primeras víctimas. Restaurantes y actividades de recreación les siguen. Los abastecedores dejan de recibir pedidos. Los ingresos de todos se precipitan. El endeudamiento crece, empresas quiebran, el desempleo se dispara.

Caída en picada. Las arcas públicas pueden salir al rescate, pero hasta cierto punto. En algún momento, el endeudamiento global asfixiará a todos. En esas condiciones, nadie invierte. El valor de las empresas cae y los accionistas venden con una reacción de nerviosismo incontenible.

Es el efecto imponderable del miedo llegando al pánico. Ya Holanda suspendió pedidos de piña a Costa Rica. Esa decisión deprimirá el empleo rural, desatará crisis de empresas agrícolas y afectará el PIB y al fisco. Es apenas un ejemplo nacional del descarrilamiento del tren global.

Dalia Marin, experta en globalización de la Universidad de Múnich, demostró un vínculo entre incertidumbre económica y desglobalización. Las disrupciones recientes, crisis financiera, brexit y guerras comerciales dispararon la inseguridad global. Marin estima que la covid-19 aumentará el índice de incertidumbre en un 300 %. Eso generará grandes relocalizaciones de cadenas de suministro. Es una medida de desglobalización.

En algún momento pasará la pandemia. Muchos piensan que todo volverá, con esfuerzo, a su curso habitual. Nada es menos cierto. Vivimos un momento de inflexión histórica. Ya no es cosa de si la curva de recuperación es uve o u. Va más allá. Es hora de revisar paradigmas, pero con mucha prudencia. Estamos en democracia. Los descontentos alimentan populismos en las urnas. No queremos que a la pandemia se sume una explosión social y política. La covid-19 puso sobre la mesa una nueva vulnerabilidad de la globalización.

La autora es catedrática de la UNED.