Gustavo Román Jacobo. 22 diciembre, 2019

Sábado en la mañana. Fiesta infantil. Karla se percata de que nuestra hija de cuatro años discute en un trampolín con un chiquito de su edad. Ella le dice que las niñas también son fuertes. Él le contesta que no. Como ella no cede en el punto, él, para demostrárselo, la bota. Llega Karla. “¿Verdad, mamá, que las chicas también son fuertes?”. “Por supuesto, hasta pueden serlo más que los niños. Eso depende de muchas cosas: alimentación, deporte, condiciones físicas”.

El niño se encoleriza y, fuera de sí, empieza a gritarle a Karla que lo que dice es mentira, que lo está engañando, que él por ser hombre es más fuerte que nuestra hija.

Hasta ese día, critiqué un aspecto de algunas manifestaciones feministas: su intransigencia. Hasta ese día. Porque ese día comprendí una cosa: en el corazón de la violencia machista está la irritación, la mezcla de pánico y odio que desata en los hombres las demostraciones de fortaleza insumisa de las mujeres, las cuales, seguramente, interpretamos como una amenaza a nuestra capacidad de control sobre ellas.

Me pasó lo mismo que, todavía hace una década, con las marchas del orgullo: claro que apoyaba la causa, pero censuraba lo que interpretaba como gusto por escandalizar. Hasta que entendí la potencia liberadora que el orgullo desinhibido tenía para aquellos a los que la sociedad había recluido en un humillante clóset. La misma potencia que tiene, para aquellas que Pedro llamó “vaso más frágil”, golpear la mesa con fuerza.

No es esta, desde luego, una apología de la agresividad. Llevo años defendiendo la moderación como la virtud política por excelencia, y a la política, a su vez, como el arte que más necesitaremos cultivar si queremos seguir conviviendo en paz y libertad. Lo que sí pretende ser este artículo es una clave para entender por qué fenómenos políticos y mediáticos como, por ejemplo, la canción Un violador en tu camino, las protestas feministas o la acritud de Greta Thunberg, desatan tanta rabia masculina. ¿Por qué interpretan esas escenificaciones políticas de firmeza, si se quiere, incluso de rudeza, como equiparables a la más brutal y despiadada de las violencias políticas que registramos culturalmente: la de los nazis?

Porque suscitan miedo y rencor masculino frente a la pérdida de control. El niño que botó a nuestra pequeñita seguro ni ha oído el término feminazi, pero ya lleva en el pecho el mismo volcán que hace a tantos adultos usarlo.

Rut, Ester y Judit. La referencia que hago del “vaso más frágil” no es casual. Como bien se lo dijo Nora a Nicole en la película Historia de un matrimonio, nuestros relatos religiosos tienen un peso performativo en esta forma de entender los géneros. Si bien la Biblia no inventó esa asignación de roles, sí los cristalizó en la matriz cultural mediterránea de Occidente. Aunque la Biblia es polifónica y son muchas y variadas las voces que se escuchan en ella (por lo que no hay un concepto bíblico de mujer), en las presentaciones bíblicas de la mujer, casi sin excepción, su papel es bastante secundario, sin aparecer en la vida pública y muchas veces sin siquiera nombre. Eso explica que de todos los libros del canon protestante y del judío Rut y Ester sean los únicos con una mujer protagonista (ambos de la época persa, en la que empieza a darse un cambio favorable en la condición de las mujeres).

Por eso, me parece tan relevante Judit, un libro de la Biblia católica, cuya protagonista haría ver a la peor feminazi como una resignada doncella victoriana y que, en ese tanto, es una narración con un modelo diferente de mujer. Se escribió en Israel, en la época macabea, bajo influjo de la cultura helénica. El relato se desencadena con el sitio asirio de Israel. Al final de este, que abarca toda la primera mitad de la historia y cuyos protagonistas son solo hombres, aparece Judit. ¡Su peso literario es equivalente al de todos ellos! Y aparece con genealogía. Ningún otro texto antiguo tiene una genealogía semejante de una mujer: ¡Ocho versículos la introducen! Sin perjuicio de esos rasgos sobresalientes, Judit cumple, según Luis A. Schökel, un papel típico: “Encarna la piedad y la fidelidad al Señor y la confianza en su Dios, el valor con la sabiduría. Es una figura ideal que podrá inspirar a cualquier hijo de Israel”.

Además, es viuda y también rica; libre, sin un hombre al cual rendirle cuentas. Por el contrario, es ella quien llama a los líderes del pueblo resueltos a rendirse y los encara. Les habla como sabia de la Torá, como Moisés, incluso como Dios a Job. Los exhorta como profeta, con ecos de Débora increpando a Barac, y les reprocha su falta de confianza. Ella sí tiene un plan para salvar al pueblo.

Como parte central de su estrategia, se atavía. La viuda piadosa se transforma. Deslumbra con su belleza. En palabras de la teóloga Nancy Cardoso, pasa “de viuda a guerrera seductora”. Se apropia de la potencia erótica de su cuerpo. Como Ester y Noemí, “entiende de deseos y de miradas. Conoce los poderes de los tejidos y sus texturas, sabe del vértigo que habita en las sandalias y en las pulseras. Conoce su cuerpo”. El tema de la mujer que seduce y vence a su enemigo, en la doble versión de Yael-Sísara y Dalila-Sansón.

Nuevo paradigma. Con estas heroínas bíblicas nada pudorosas, ¿cómo llegamos al estado actual en el que la virginidad y la maternidad (¡oh contradicción!) han sido encumbradas a valor supremo? En Israel, hacia el fin del periodo helenístico, aparece un nuevo paradigma de religiosidad ascética (Ana, Juan el Bautista, los esenios). Esta espiritualidad derivó hacia una cada vez mayor represión de los cuerpos, cual legado helénico a la piedad cristiana. Se inició, así, el proceso histórico descrito por Yadira Calvo en sus artículos “De la bestia a la dama o cómo las mujeres se volvieron castas” y “Virgen y mártir: santidad en femenino”.

En la mitología griega, la lista de las que estuvieron más atentas al pudor de sus cuerpos que a la conservación de sus vidas es vasta: Políxena, sacrificada al sepulcro de Aquiles, una vez herida de muerte, se cuida de caer decentemente, sin mostrar nada que ofenda las miradas masculinas. Ovidio narra que esta fue la preocupación de Lucrecia al morir y, según Plutarco, fue también la de las lacedemonias o de las doncellas milesias amenazadas con exhibir sus cuerpos desnudos por las calles. No extraña que ya el Eclesiástico sentenciara: “La joven pudorosa se cohíbe incluso ante el marido”. Y este es el contexto en el que el libro de Judit resulta excepcional.

Decidida, Judit sale a enfrentar al invasor. Se pone en su camino. En hebreo, un término que equivale a “prostituta” es “la que sale”. Ella, una mujer piadosa, “sale”, traspasa la línea enemiga, camina en medio de un ejército, camina en medio de hombres de milicia, en el vasto campo de preguerra y bajo el mudo manto de la noche. Avanza. La fuerza del personaje es apabullante. El ariete para entrar al campamento enemigo es su ingenio y la cadencia de su cuerpo. Holofernes, líder de los agresores, traga el anzuelo. Impulsado por su orgullo de conquistador, hace una fiesta para tener relaciones sexuales con ella. Se emborracha y se duerme. Ella levanta la pesada espada, pide fuerzas a Dios (como Sansón) y decapita al general (como David a Goliat). Habiendo previsto coartada de escape, pone la cabeza cercenada en el muro y los asirios huyen.

Mujeres ‘aceptables’. ¿Por qué esta obra no entró al canon? Quizá por la misma razón que Ester sí. Ester, que, a diferencia de Judit incumple las leyes rituales, no invoca a Dios e, incluso, oculta su identidad judía, pareciera, a pesar de todo, un modelo de mujer más “aceptable” que Judit. Quizá porque Ester asciende gracias a su actitud complaciente, opuesta a la de Vasti, la reina esposa de Asuero, depuesta por negarse a acudir a un banquete en el que su marido quería exhibirla como trofeo.

Adolfo Roitman, director del Santuario del Libro del Museo de Israel, cree que Judit fue escrito como respuesta ideológica al libro de Ester. Pero ¿por qué? ¿Solo por lo ritual o el problema de Judit como personaje es ser demasiado fuerte e independiente de la dominación masculina? Aun en la literatura deuterocanónica, Ester está sujeta a Mardoqueo; Susana, a sus acusadores; Sara está bajo el dominio de su padre; y Ana tiene que acceder al deseo de Tobías.

Judit es diferente. Autónoma en el máximo grado en el que lo puede ser un ser humano: en la decisión de acabar con la vida de otro. Y, sí, hoy, esa es una autonomía dichosamente reprimida por el derecho penal, pero en mi fondo insobornable no puedo negar que mis ojos masculinos no reaccionan igual a, por ejemplo, el David y Goliat de Tiziano, que al arte de Caravaggio, Goya y Gentileschi sobre Judit y Holofernes. Que una mujer lo haga me amenaza y desconcierta más. Como al niño del trampolín.

La fuerza de las mujeres. Eso encarna Judit. Y es muy revelador que no luchara por el templo ni por Jerusalén ni por los sacerdotes, sino que lo hiciera todo desde la memoria de Dina, primera mujer violada de la narrativa bíblica, es decir, desde las mujeres violadas de la historia, como gritando con su espada que la culpa no era de ellas, de dónde estaban ni de cómo vestían.

Tristemente, en las iglesias, el evangelio de la gracia no ha roto aún las tradiciones de des-gracia para tantas mujeres, contra quienes sigue cargando su mano el patriarcalismo cristiano. Para el teólogo Hans Küng, es solo cuestión de tiempo: “La Iglesia vive de abajo y los de arriba, más tarde o más temprano, perderán la batalla contra la igualdad de los sexos, igual que perdieron las que se hicieron contra las brujas o contra la democracia y los derechos humanos. Las mismas mujeres se están encargando ya de ello”.

El autor es abogado.