J. Federico Campos C.. 29 agosto

Con el auge de la tecnología una cantidad infinita de ciudadanos alrededor del orbe tienen acceso a todo tipo de aparatos tecnológicos (computadoras, teléfonos inteligentes, tabletas, consolas de juegos, etcétera), con los que tienen la posibilidad de conectarse virtualmente a través de distintas herramientas y aplicaciones de interacción masiva, lo cual les permite instantáneamente informarse de lo que sucede en el mundo y mantener comunicación con cualquier persona en el lugar más recóndito del planeta.

Esto ha generado una coyuntura en nuestra sociedad, que la ha transformado —para bien y para mal— en muchos de sus ámbitos, lo que conllevó a la necesidad de crear regulaciones con nuevas leyes o la modificación de otras que se tornaron obsoletas, todo ello con el propósito de afrontar los diferentes avatares sobrevenidos con el desarrollo de dicha tecnología que nos arrolla a gran velocidad día tras día, sin pausas de ningún tipo.

Hasta el infinito y más allá. Dentro de los muchos ámbitos que se han visto modificados está indudablemente el relativo a las comunicaciones entre los seres humanos, quienes, hoy más que nunca, desde la existencia de la pandemia, son de naturaleza virtual.

Lo dicho ha hecho surgir multiplicidad de formas de interacción humana individual o masiva a través de correos electrónicos, de videoconferencias (Zoom, Teams y otras), de redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, etc.) junto con otras aplicaciones de comunicación directa (WhatsApp, Messenger, Telegram, entre otras), las que también permiten difundir imágenes y documentos con información que se cruza virtualmente de un lado a otro.

Esta modernización redefinió nuestras formas de socialización con los demás, cuyo horizonte es infinito y trasciende las fronteras de los países porque cualquier cosa que se difunda por medio de Internet podría tornarse viral y ser leída —segundos después— en algún lugar de la Tierra, ya sea una opinión sobre un tema de actualidad, la difusión de una noticia o la publicación de un poema.

Todos los datos que conforman la autodeterminación informativa contemplan múltiples posibilidades de ser conocidos por personas o empresas “hasta el infinito y más allá”.

Libertad de expresión y honor. Por otra parte, los límites de la libertad de expresión se han extendido del escaso metro cuadrado donde los ciudadanos se desenvolvían décadas atrás a cualquier parte (o partes) del mundo que vengan a la mente, a miles de kilómetros de distancia, es decir, mis pares ya no son solamente mis vecinos del barrio, mis compañeros de trabajo o mis amigos de antaño, sino que pueden serlo, al mismo tiempo, un irlandés, un chino o un argentino, con quienes uno puede relacionarse y saber mucho sobre su vida a pesar de nunca haber interactuado personalmente.

Las regulaciones legales promulgadas décadas atrás, cuando el legislador dispuso tutelar penalmente el bien jurídico honor (por medio de las injurias, calumnias, difamación, etc.), aun cuando visionariamente pudieran haberse propuesto que fueran suficientes para un futuro, se han quedado cortas debido al desarrollo tecnológico sobrevenido.

La tutela en aquel entonces se optó por protegerla penalmente, y aún hoy es necesario, porque el honor y sus derivados (la reputación, la fama, el prestigio, el buen nombre) siguen siendo básicos y necesarios para concertar todo tipo de relaciones, actividades, negociaciones, porque una enorme cantidad de estas no solo aún se finiquitan personalmente, sino también de manera virtual y con personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia conectadas solo y únicamente por medio de la tecnología, por lo que la confianza entre las partes es fundamental.

Cimentar esa confianza depende, en buena parte, de la reputación personal y del buen nombre profesional o empresarial que se posean, cuyos peligros son latentes en virtud de las acciones maledicentes de personas sin escrúpulos que se valen de las posibilidades del mundo virtual para destruirlas. En otras palabras, pisotear el honor de una persona o de empresa está al alcance de un clic.

Así como la tecnología modificó y amplió positivamente las interacciones entre seres humanos, igualmente se incrementaron inimaginablemente los riesgos de una causación de daños directos y colaterales para quienes, como usuarios comunes y corrientes, estamos inmersos en el mundo de la tecnología; o, aun cuando no lo estuviéramos, el riesgo de llegar a ser víctimas de una acción que dañe el honor, la reputación y la buena fama de una persona física o jurídica está siempre latente, tanto en el ámbito social más reducido como en el incierto e infinito espacio virtual.

Daños inmediatos incalculables. A pesar de que mantenemos relaciones virtuales con un sinnúmero de personas alrededor del planeta, seguimos siendo de carne y hueso y dependemos de nuestro honor para tener relaciones sanas con el resto del mundo, en cuyo caso si se produjera menoscabo o daño pueden llegar a producirse afectaciones morales y emocionales sin parangón, ya que la reputación profesional sigue siendo esencial para todo en la vida.

Veinte años atrás un chisme o una ofensa sobre una persona tardaba varios días en difundirse y requería reuniones entre personas conocidas presentes físicamente para la diseminación, debido a que esas tertulias eran el caldo de cultivo idóneo para difundir todo vilipendio contra una persona; por el contrario, hoy, esas “reuniones” presenciales no son necesarias porque existen redes sociales virtuales —aun entre desconocidos— que conforman grupos de interacción con incontable cantidad de miembros que posibilitan que una ofensa o insulto dirigido contra una persona se agrave, porque se tornó viral y fue conocido por millones de personas en pocos minutos, quienes sin conocer a la persona denigrada se unen a su destrucción con comentarios paralelos que alimentan una publicación ofensiva de un victimario.

Nunca antes, y menos ahora, la libertad de expresión podría constituir una excusa o una justificación para espetar una ofensa contra una persona (física o jurídica) porque existe la altísima posibilidad de que dicha maledicencia trascienda a todo el país y al resto del mundo, generando daños inimaginables en el honor e, incluso, con semejante acción dolosa, truncar el presente y el futuro de una persona o de una empresa de por vida.

Actualmente, poseer una computadora o un teléfono inteligente con conexión a Internet es un “arma” tan peligrosa para el honor como lo es un revólver para la integridad física y la vida, con la particularidad de que la computadora o el teléfono pueden indiscriminadamente disparar ofensas o falsedades de largo alcance con la intención de “matar” a una persona a escala social (en el ámbito familiar, en el mundo de los negocios, en el círculo de amigos, etcétera), cuyos efectos o consecuencias dañinas serían de por vida irreparables.

Victimarios anónimos y “psicópatas cibernéticos”. Esta misma virtualidad permite que personas inescrupulosas y cobardes se valgan del anonimato para lanzar sus petardos desenfrenadamente, pues el mundo virtual brinda las posibilidades de tornar viral un insulto o una mentira, pero también permiten al autor material de tales acciones ocultarse impunemente bajo perfiles falsos, lo cual consecuentemente genera dificultades en la investigación de tales hechos, que conlleva a la necesidad de extremos cuidados en la búsqueda y obtención de las evidencias, en la forma como estas se presentan y aprovechan al máximo en el proceso penal que se vaya a instaurar con el fin de reprochar jurídicamente la comisión de delitos contra el honor que se hubieran consumado.

Hoy, más que nunca, debe fortalecerse la protección de las garantías individuales para afrontar el ciberbullying, y todas las formas de acoso virtual que imperan en la actualidad, esgrimidas por verdaderos “psicópatas cibernéticos” quienes se valen de la tecnología para desbaratar el buen nombre, la reputación y la fama de los demás.

Debe inculcarse en los adultos, y en los niños y jóvenes, un ejercicio responsable de la libertad de expresión, para que se opine libremente sin la maledicencia de destruir el honor del prójimo.

En palabras del filósofo polaco Zygmunt Bauman, vivimos en un “mundo líquido”, donde las relaciones son muy sensibles y vulnerables, más cuando fluyen de forma virtual, por lo que su eventual daño siempre está en riesgo.

No obstante, siguen siendo necesarias las relaciones interpersonales sólidas para la transferencia y adquisición de bienes y servicios, que van y vienen en un mundo globalizado sin fronteras de ningún tipo, por lo que se torna indispensable la existencia de normas que protejan y disuadan los comportamientos tóxicos y lesivos del honor.

Para evitar daños malintencionados debe mantenerse y fortalecerse el derecho de revindicar ante los tribunales de justicia las ofensas e insultos que se espeten sin inhibición, en una sociedad cuyo desarrollo tecnológico coloca cada vez más en riesgo la posibilidad de sufrir lesiones al honor, la reputación y el buen nombre.

Abogado penalista y profesor en la UCR.