Bernard Haykel. 24 febrero

PRINCETON– La guerra en Libia, ubicada en el norte de África, es un microcosmos de la tragedia que ha atrapado también a muchos países de Oriente Próximo. De no resolverse pronto, el conflicto podría sembrar inestabilidad entre los países vecinos, como Túnez y Egipto, y disparar la huida de más oleadas de refugiados hacia Europa.

La crisis libia tiene sus orígenes en una guerra civil entre varios grupos divididos por lealtades tribales y regionales, así como por sus creencias ideológicas.

La compleja situación en Libia se acerca a lo surrealista. Desafortunadamente, no podemos decir lo mismo del sufrimiento extremadamente real que pasan sus ciudadanos, atrapados entre las facciones enfrentadas.

Todos se disputan el control de los ingresos que genera el petróleo para el país. Sin embargo, en este momento, son básicamente dos los frentes del conflicto: el Gobierno de Acuerdo Nacional (Government of National Accord, GNA), reconocido internacionalmente y dominado por islamistas, que aún controla la capital, Trípoli; y la Cámara de Representantes, con sede en Tobruk, junto con el Ejército Nacional Libio (Libyan National Army, LNA), bajo el mando del mariscal de campo Jalifa Hafter. Aunque la mayor parte del país está ahora bajo el control del nacionalista autoritario Hafter, Trípoli aún no ha caído.

Detrás de cada uno de estos bandos enfrentados, se alinean potencias extranjeras que persiguen sus propios intereses. Mientras Turquía y Catar respaldan al GNA, Egipto, Rusia y los Emiratos Árabes Unidos apoyan a Jalifa Hafter.

La prensa internacional atribuyó esta interferencia externa a la competencia —principalmente entre Turquía y Egipto— por el petróleo y los recursos gasísticos.

Los egipcios tienen un proyecto gasístico que podría conectarse con instalaciones en Israel, Chipre y Grecia para aprovisionar a Europa. Pero ese objetivo entra directamente en conflicto con la meta turca de crear una zona marítima exclusiva con Libia y obtener el control total de los recursos energéticos libios.

Pero la lucha por los recursos energéticos no explica toda la historia. Para entender completamente el conflicto libio, hay que considerar también los complejos vínculos entre la geopolítica y la ideología.

Una victoria para los islamistas en Trípoli no solo permitiría que Turquía y Catar extiendan su influencia a uno de los principales países productores de petróleo del Mediterráneo, sino también les otorgaría profundidad estratégica, fortaleciendo su influencia sobre otros países como Túnez y Egipto, un antiguo rival.

Por lo tanto, durante la mayor parte de la guerra, Catar ha patrocinado a los islamistas (principalmente mediante la asistencia financiera a una única persona: el activista y erudito religioso Alí Muhamad al Salabi).

Con la ayuda de los recursos de Catar, Al Salabi se convirtió en el líder de facto del GNA. Pero el año pasado, el GNA daba la sensación de estar al borde de la derrota, lo que llevó a la intervención de Turquía en su defensa. Desde entonces, Turquía ha asignado armas, drones, soldados e incluso combatientes sirios a la batalla por Trípoli.

En el otro frente, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos no quieren que un Estado petrolero capaz de producir 2,5 millones de barriles diarios caiga en manos de los islamistas, quienes están en deuda con sus rivales en la región.

Una victoria para el GNA convertiría a Libia en un bastión islamista y cabecera de playa para debilitar a Egipto y la visión autoritaria de los Emiratos Árabes Unidos para la región.

Hafter —un dictador militar uniformado y profusamente adornado, que parece haber salido directamente de un casting de Hollywood— establecería un orden mucho más de su agrado.

Si resulta victorioso, los recursos petroleros de Libia podrían ser aprovechados en una lucha más amplia contra la amenaza islamista en la región.

Las razones de Rusia para ponerse del lado de Hafter son más intrigantes, pero se pueden resumir en una palabra: revanchismo.

Aunque el presidente ruso, Vladimir Putin, ha enviado mercenarios (principalmente aquellos asociados con el grupo paramilitar Wagner Group) para que se unan a la lucha, Hafter no es el principal candidato del Kremlin para regir Libia. Putin desea emplazar a Saif al Islam Gadafi, hijo del difunto dictador libio Muamar el Gadafi, quien dirigió el país entre 1969 y el 2011.

Con el apoyo de partidarios del antiguo régimen, Gadafi ha unido fuerzas con Hafter. Pero los rusos no confían en Hafter porque lo consideran un agente de la inteligencia estadounidense, debido a que vivió durante dos décadas en Langley, Virginia, casualmente, donde se encuentra la sede de la CIA.

Con Gadafi como próximo gobernante libio, el Kremlin espera dar una señal a los estadounidenses y europeos que ayudaron a derrocar a su padre.

Después de lograr con éxito mantener al presidente sirio Bashar al Asad en el poder, a pesar de que las probabilidades estaban en su contra, Putin desea demostrar que él es quien dictará el futuro de Libia y decidirá qué ocurre en la región. Si realmente las cosas vuelven a depender de Moscú, será interesante ver qué le depara el futuro a Hafter.

La compleja situación en Libia se acerca a lo surrealista. Desafortunadamente, no podemos decir lo mismo del sufrimiento extremadamente real que pasan sus ciudadanos, atrapados entre las facciones enfrentadas.

Por su parte, Estados Unidos ha sido negligente en su enfoque de la crisis, que ignoró en gran medida con la esperanza de que otras potencias regionales restauraran el orden.

De hecho, esas potencias son las que están sembrando el caos y solo Estados Unidos cuenta con suficiente poder diplomático para poner fin al conflicto.

Si la guerra civil continúa en Libia, sus efectos indudablemente se propagarán a otras partes de la región. Más refugiados huirán a Europa, especialmente si el conflicto presagia otras futuras guerras civiles.

Túnez, Argelia, Sudán o Líbano podrían convertirse en el próximo escenario donde las potencias regionales e internacionales libren sus guerras subsidiarias, mientras fantasean con convertirse en el próximo poder hegemónico del mundo árabe.

Como dejan en claro los escombros a que ha quedado reducida Siria, a quien triunfe corresponderá un botín que no habrá justificado el esfuerzo.

Bernard Haykel: profesor de Estudios del Cercano Oriente y director del Instituto para el Estudio Transregional de Oriente Medio, África del Norte y Asia Central Contemporáneos en la Universidad de Princeton, es coeditor (con Thomas Hegghammer) de “Saudi Arabia in Transition”.

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