Gustavo Román Jacobo. 13 julio

El Oxford Dictionaries declaró en el 2016 “posverdad” la palabra del año. Tomada como adjetivo, la definió como “circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en moldear la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a la creencia personal”. La Real Academia Española, como sustantivo, la definió como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

No me satisfacen esas acepciones. No hablamos de “circunstancias”, sino de un fenómeno de época, y contraponer “hechos objetivos” a emociones y creencias personales es una tontería a la luz de la neurociencia cognitiva. Tampoco se reduce a la acción de manipular, cosa que hemos hecho siempre los seres humanos. Planteo que estamos frente a algo “nuevo”. Ante un fenómeno con una dimensión psicológica y otra política, resultante, cual “cambio climático cultural”, de la acumulación de “gases” en nuestra “atmósfera social”. Ninguno de esos gases es tóxico por sí mismo, pero lo es su mezcla, que, por cierto, es lo realmente novedoso.

La democracia es tan incompatible con una verdad indiscutible como con el desvanecimiento de nociones comunes en torno a lo real y lo falso.

Elemento antropológico. De acuerdo con B. Russell, “lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento, sino la certidumbre”; no el caos y la muerte, sino el sentido y la esperanza. Ya solo eso nos hace apreciar la mentira más de lo que creemos. De hecho, vive en nuestras mentes como una interfaz entre “la realidad” y lo que de ella percibimos, zancadilleándola, por ejemplo, con sesgos confirmatorios. Pero también zancadilleamos con ella: hijos de las musas que aparecieron a Hesíodo, compartimos la capacidad para engañar con muchas otras especies (que, como nosotros, la desarrollaron para comer, no ser comidos y ligar), pero ni la más hábil de ellas en esto, la Cercopithecus, se nos compara en sofisticación para mentir y, atención, para detectar mentiras.

Probablemente, la paradoja actual de sociedades de la información y la transparencia, signadas por la desinformación y las teorías de la conspiración sea el resultado evolutivo de una larga “carrera armamentística” entre ambas destrezas, en la que el desarrollo de cada una se ve incentivado por el de su contraria.

Elemento de sistema político. Si tuviéramos acceso a la verdad objetiva, la democracia no existiría. Porque la verdad, como afirmó Arendt, “tiene un carácter despótico”. Nuestra libertad solo es posible en este régimen de convencimiento y persuasión en el cual el sentido siempre está en disputa (algo que la profesionalización de la comunicación política ha llevado a extremos nocivos). Y, sin embargo, Arendt misma nos advierte de lo consustancial que es a los regímenes totalitarios la subversión de la verdad. ¿Se contradice? No lo creo. Lo que le entiendo es que la democracia es un régimen vaciado de verdad (en sentido último), pero que, a la vez, necesita de verdades empíricas que funcionen como anclajes mínimos para el debate público.

Lo que se le escapó, pienso, es que estas, sin el fundamento de aquellas —como la fe en la razón—, pierden fuerza vinculante. Aun así, la posverdad, como fenómeno, entraña más que el —tradicional en democracia— cuestionamiento de las verdades empíricas: implica el desprecio por estas como prescindibles, elitistas o irrelevantes. Para unos pocos porque ninguna verdad existe ni importa, pero, para la mayoría, porque hay “otras verdades” incompatibles con las factuales. En ambos casos, el asunto no es ya de sistema político, sino de un proceso cultural más profundo acelerado desde finales del siglo XX.

Elemento cultural. Seguramente a usted le ha pasado. Le demuestra a esa persona que lo que dice es falso porque la OMS dijo X o porque tal fact-checking así lo verificó, pero al fulano le da igual, le cree más al audio de WhatsApp que le pasaron, que a sus datos. Pronto caemos en cuenta de que la posverdad tiene que ver, no tanto con la carencia de información, sino con la desaparición de marcos de referencia comunes para distinguir lo verdadero de lo falso. Sencillamente, una característica de la posmodernidad como crisis de la modernidad —y de sus instituciones que autoritativamente definían la verdad—.

Por eso, aunque hablamos de posverdad, como si la verdad ya no fuera relevante, los enfrentamientos entre nosotros, usualmente, giran en torno a “verdades” frenéticamente creídas como tales. No desaparece la verdad, se fragmenta. Cada comunidad epistémica opone sus criterios de verosimilitud a los hegemónicos desde la Ilustración, con el consiguiente rechazo a las —hasta hace poco— voces autorizadas. Oportunidad de oro para los populistas y sus simplezas engañosas, menos excluyentes y más intuitivas —pues son ecos de prejuicios— para masas, que las honestamente complejas explicaciones que la mayoría de las veces ni entienden.

Elemento tecnológico. Que hoy prácticamente todas las personas tengan en su teléfono un medio de comunicación en la mano, es para el sistema político un cambio de trascendencia mayor que la universalización del sufragio. Cada innovación en tecnologías de la información y la comunicación supone una redistribución del poder político y simbólico que sacude las estructuras de la sociedad y sus dinámicas de cooperación y competencia en la esfera pública. Cada una, como bien apuntaba McLuhan, con aquello de que “el medio es el mensaje”, modificó no solo el canal de transmisión de los contenidos, sino a estos mismos y, mediante ellos, la forma como nos representamos la realidad y entendemos el mundo.

Así ha sido. Desde que la imprenta de Gutenberg convirtió la pluma de Lutero en un mazo demoledor de la unidad del Imperio romano germánico, los seres humanos empezamos a comunicarnos masiva y simultáneamente sin necesidad de compartir un mismo espacio en un mismo momento. Y desde entonces seguimos inventando nuevos medios de comunicación de masas, en un proceso de constante transformación que alcanzó su cenit con la televisión —que, de hecho, también transformó la política y doblegó al periodismo bajo el yugo del rating, trastocando sus criterios de relevancia informativa—. Pero con la masificación de la Internet ocurrió algo completamente novedoso, y es la universalización, no ya del consumo, sino de la producción de comunicaciones, que, encima, tienen un alcance potencialmente global.

Más relevante aún, la nueva tecnología ofreció el espejismo —mayoritariamente creído real y, en ese tanto, parcialmente real en sus efectos— de satisfacer la demanda populista, antipolítica y antielitista de desintermediación. La consumación de la rebelión de las masas, como Ortega anticipó. Ello tuvo tres derivaciones:

A) El desarrollo de una ciencia de la manipulación: no es solo que los algoritmos nos aíslen y destrocen la esfera pública en su centrifugado tribal, o que, luego, el “diálogo” de los coincidentes radicalice y polarice. Es que, además, sobre la base de los avances científicos en psicología, sociología, neurología e informática, poderes en las sombras están interviniendo en la vida social de los países, particularmente en sus elecciones. No lo ha discutido ni la doctrina ni la jurisprudencia, pero cabría cuestionarse si ello implicaría una lesión al derecho a la libre determinación del votante.

B) La crisis de la prensa —última de las instituciones intermedias que sobrevivía al declive del capital social resultante de los procesos de industrialización y secularización—: los señores feudales de Internet no solo han hecho clavos de oro a costa de los contenidos periodísticos producidos por los medios a un elevado costo (sin que a ellos les cueste un cinco), sino que, además, han fagocitado la decreciente inversión publicitaria que los sostenía financieramente. Como si ello fuera poco, les quitaron a los medios la llave de acceso al discurso público y el monopolio de ser quienes nos contaban lo que “pasaba allá afuera”. Por eso, la crisis del periodismo no es solo económica, también es identitaria, y ambas nos pasan la factura en la calidad del producto periodístico.

C) La intensificación de la mercantilización de la personalidad: si la gente no cambia de opinión frente a la evidencia, o a mejores argumentos, es, también, por lo que Adorno llamó el narcisismo de la opinión propia, que atrinchera a las personas en ella. Convierte la opinión en una parte del yo, de modo que todo lo que parezca debilitarla se vivencia como una amenaza personal. Nunca tuvimos tantos medios para publicitar nuestra opinión —difundida, además, en un perfil individual—, como parte de un proceso de autopromoción y venta de una marca personal. No hay dogma por el que más brinque la gente hoy, que la creencia de que toda tontería debe respetárseles porque es su opinión y que, así como todos somos iguales ante la ley, todas las opiniones valen lo mismo.

¿Por qué luchar contra la posverdad? Porque la democracia es tan incompatible con una verdad indiscutible como con el desvanecimiento de nociones comunes en torno a lo real y lo falso. No tenemos por qué escoger entre las tablas de la ley de los fundamentalistas y el nihilismo de los charlatanes. La verdad será inasible, pero nunca prescindible. Entre otras, por dos razones: Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, advirtió de que “el súbdito ideal del régimen totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino el hombre para el que ya no existe la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso”.

Si renunciamos a la verdad, al poder solo lo moverá y frenará su propia voluntad. Y la posverdad destruye la confianza que necesitamos para cooperar, que, antes que la competencia, ha sido la base de nuestra evolución. No en vano en inglés trust (confianza) y truth (verdad) se derivan de la misma raíz. Está en juego nuestra libertad. Está en juego nuestra supervivencia. ¿Hacen falta más razones?

El autor es abogado.