Guiselly Mora (“Resuelto el problema del desempleo”, “Página quince”, 11/6/2019) trajo consigo una obligada sonrisa de humor indignado. Bien hizo su ironía al abordar los grandes elefantes blancos de nuestra cristalería mental. Ni los más serios analistas eluden la impotencia que acompaña sus visiones de país. Así que estas letras serán un saludo a la bandera, con la plena convicción de que no servirán para nada.
Dotada por la naturaleza con menor sentido de humor, prefiero llorar que reír cuando escucho que en vez de sencillamente cerrar Recope se “buscará” que sirva para algo. Ya no será un simple intermediario de combustible, adornado de bella convención colectiva encaramada sobre el precio de la gasolina. ¿Por qué no cerrarlo?
Ni qué decir del incremento del costo del arroz en tiempos de menores ingresos en la mesa de los pobres. Se trata de “salvar” el puñito de grandes industriales, entiéndase enormes, escondidos detrás de pequeños agricultores abandonados a la suerte que les depara su baja competitividad. Del aguacate, ni hablar. Ya vendrá esa factura, pero esa fruta ya se volvió suntuaria.
¿Cambio climático? Para eso los vehículos eléctricos no tienen impuestos. El día de su libre ingreso será feriado nacional, burla cruel a los desempleados rendidos de buscar trabajo digno en una economía deprimida que no les ofrece oportunidades. Eso sí, se premia con consulado al exjerarca del INA que contrató consultorías millonarias sin resultados, se ganó competencias de viajes y creó dependencias redundantes de entrenamientos virtuales, superfluos y sin sustento técnico o institucional.
Parque jurásico. Ni que decir de Fanal, cuya supervivencia estatal solo es inteligible bajo premisas ancladas en una concepción jurásica del Estado. Pero el colmo de los colmos es aprovechar una crisis fiscal para invertir ¢3.000 millones en un edificio nuevo que prolongue la obsolescencia del CNP contra los peores pronósticos de su inutilidad.
No voy a referirme, en esta ocasión, a la República Popular del ICE. Esa viscosa transparencia solo se adivina en sus precios, los más gravosos de Centroamérica. Con fantásticos números rojos de endeudamiento en dólares, nunca la energía renovable ha sido tan dañina para la competitividad y disuasoria para la inversión. No hablemos de su peso en nuestros bolsillos, fiscalmente, cada vez más amenazados.
Lamento sordo tras lamento mudo, podría seguir sine fine. ¿Catarsis “neoliberal”? ¡Nada de eso! Soy ferviente convencida de la trascendencia del Estado para ecosistemas económicos, financieros y empresariales propicios al empleo y la inversión. Pero eso no tiene que ver con la pervivencia de empresas de Estado anquilosadas como tejido necroso en la epidermis institucional.
Estado benefactor y Estado empresario son ideologías pervasivas, infiltradas en el ADN nacional. Eso ni siquiera tiene parentesco, en su esencia, con la socialdemocracia, confesada por unos, pero practicada por todos en Costa Rica. Nada lo prueba mejor que los procesos electorales, cuando nadie, o casi nadie, se atreve a tocar la sacrosanta maraña empresarial del Estado, usualmente poco competitiva; a veces, irrelevante; otras, inoperante; pero siempre, innecesariamente nacionalizada. Esta vez, a contrapelo de los tiempos que vivimos, cuando la fatalidad se suele vestir de contumacia.
Estatismo. Julio Rodríguez, desencantado, habría escrito, tal vez, que la ideología estatista es un tatuaje escondido que dice: noli me tangere! (¡No me toques!). Y, sin embargo, algo tendrá que suceder para que se rompa el círculo perverso de estatismo que llevamos dentro.
Algo está claro. En el Estado, las dificultades fiscales significan impotencia de cambio. En plena insolvencia, ni siquiera el proyecto CERRAR de Ottón Solís tiene viabilidad política. Grandes erogaciones por prestaciones laborales acompañarían los inevitables despidos de la racionalización de instituciones sociales. Perfecto pretexto sino razón para el inmovilismo. Quedamos, entonces, atrapados en el pasado. Entre timoratos frente al cambio, tacaños de visión del futuro y anclados en prejuicios desacreditados, llegamos deslucidos al bicentenario de más de lo mismo.
¿Por qué escribir, entonces, sin la más mínima esperanza de cambios estructurales en el Estado empresario? Del tono jocoso de Mora pasé a un sombrío Eclesiastés. Pero el cambio es posible. Aunque no sé lo que se necesitaría que pase para que llegue, estoy consciente de que las grandes transformaciones exigen abono de pensamiento que las propicien. Al fin y al cabo, el verbo tiene fuerza, sobre todo, cuando tiene sentido y, tarde o temprano, el sentido prevalece.
Tarde puede significar mucho daño. La tragedia del desempleo no puede resolverse con ese otro vicio nacional: la “comisionitis”. Esa dolencia intenta solventarlo todo nombrando una comisión, poniendo un impuesto ad hoc o creando una nueva entidad. En este caso, el corazón de la crítica mordaz de Guiselly Mora palpita el contrapunto entre temas profundos que el país no aborda y fantasías burocráticas que nunca faltan.
Dos mundos. Abandonamos “de palabra” la sustitución de importaciones, pero en realidad creamos dos mundos asimétricos: uno corriendo hacia fuera y otro entablillado hacia dentro. Una educación, de calidad, de todas formas, constantemente decreciente, siguió desalineada frente a las necesidades productivas. El sector productivo jamás tuvo ni políticas públicas de apoyo de gran alcance ni institucionalidad con capacidad y calidad de respaldo.
Eso no ha cambiado, en lo esencial, y si cambio viniera, no impactaría el desempleo de hoy. Pero no hay peligro. No hay cambio. Lo que sí hay es una futura agencia. Eso es lo risible. Eso es lo triste. Sin embargo, no por falta de ilusión callará mi pluma. Llegados a este punto, no me queda otra que parodiar a Bécquer, en su “Rima VII”, porque, postrados por las enfermedades crónicas de nuestras ideologías seniles “una voz, como Lázaro, esperamos que nos diga: ‘¡Levántate y anda!’”.
La autora es catedrática de la UNED.