Shlomo Ben-Ami. 7 febrero

TEL AVIV– “Un fantasma recorre el mundo rico. Es el fantasma de la ingobernabilidad”. Así comienza un editorial de The Economist publicado hace unos meses, que imita la primera línea del Manifiesto comunista. Pero el problema de la ingobernabilidad no afecta solamente a los países desarrollados. En todo el mundo árabe, la gente salió a las calles a manifestar que no se dejará gobernar hasta que sus dirigentes gobiernen bien.

Los detonantes inmediatos de las protestas varían según el país. En Argelia, lo que movilizó a la gente fue el anuncio de la candidatura del presidente Abdelaziz Bouteflika para un quinto período. En Egipto, fue el ajuste del programa estatal de subsidio alimentario, que provee bienes básicos (por ejemplo, arroz) a millones de personas. En Irán, el causante fue un aumento del 50 % a los precios de los combustibles (antes muy subsidiados); en Sudán, el costo de vida y la escasez de pan; y en el Líbano, un proyecto para gravar las llamadas de voz en aplicaciones como WhatsApp.

Los nuevos manifestantes árabes adecuaron sus tácticas y objetivos a las enseñanzas de la Primavera Árabe. Puede que consigan (de hecho, ya consiguieron) que los gobiernos hagan algunas concesiones para restaurar la gobernabilidad.

Pero estas chispas pudieron causar incendios solo porque ya había abundante material inflamable. Aunque Bouteflika renunció, Egipto reinscribió a 1,8 millones de personas en el programa de subsidio alimentario y el Líbano canceló el impuesto a WhatsApp, las protestas continuaron.

Es tentador suponer que igual que en la Primavera Árabe del 2011, el combustible de los incendios actuales es el anhelo popular de democracia. Pero en algunos casos, la Primavera Árabe degeneró en regímenes islamistas hegemónicos y, en otros casos, llevó prácticamente al derrumbe del Estado.

Ya demasiado extenuados para esperar gobiernos plenamente democráticos (la mayoría de la gente piensa que al final siempre mandará el ejército), los manifestantes actuales solo piden gobiernos funcionales y razonablemente responsables ante la población.

Todo Estado que funcione, democrático o no, depende de un contrato social, donde el gobierno deriva su legitimidad de la capacidad para proveer condiciones para el progreso económico sostenido, la disponibilidad de empleo seguro y una red de seguridad social confiable.

Las dictaduras árabes, supeditadas a oscuros intereses económicos y protegidas por aparatos de seguridad corruptos e incontrolables, han violado una y otra vez este contrato.

Pero hechos recientes (por ejemplo, la disminución del ingreso petrolero y, en Egipto, el ajuste estructural exigido por el Fondo Monetario Internacional) agravaron los padecimientos económicos de las poblaciones árabes, y para mucha gente fue demasiado: en Irak, el malestar por la corrupción y el desempleo es tan grande que ni siquiera se necesitó un detonante inmediato para que la gente saliera a las calles.

En general, los nuevos manifestantes plantean una serie de demandas materiales concretas, por ejemplo la creación de empleo, la mejora de los servicios públicos y una reducción del costo de vida, además de medidas contra la corrupción. Esperan que así el movimiento de protesta no correrá la misma suerte que la Primavera Árabe, en particular porque tiene apoyo multisectario.

Los levantamientos de la Primavera Árabe del 2011 fracasaron en parte por las profundas divisiones sociales (entre chiitas y sunitas, drusos y kurdos, yihadistas radicales e islamistas políticos, bereberes y árabes, cristianos y musulmanes) que expusieron. Asediados, los autócratas aprovecharon enseguida esas tensiones para debilitar a la oposición y reafirmar su autoridad.

En Argelia, Irak, el Líbano y Sudán no faltan divisiones étnicas y religiosas, y estas incluyen historias de conflicto sectario. Pero en esos países, los manifestantes han querido y han podido trascender sus diferencias. En Argel coreaban: “Ni bereberes, ni árabes, ni etnia, ni religión: ¡Todos somos argelinos!”. Al parecer, todavía creen en la frágil promesa de un Estado nación árabe pluralista.

Pero también hubo pedidos de amplias reformas políticas. En el Líbano, las protestas continuaron incluso después de que el entonces primer ministro, Saad Hariri, reveló un paquete de reformas económicas, y muchos esperan conseguir un recambio de toda la clase política.

En Argelia, los manifestantes boicotearon la elección presidencial convocada tras la salida de Bouteflika, con el argumento de que todos los candidatos tenían estrechos vínculos con su anterior gobierno.

Pero la armonía interétnica será mucho más fácil allí donde las protestas se centran en el malestar económico compartido, en vez de grandilocuentes sueños de democracia y construcción nacional. En el Líbano, los manifestantes intentan modificar un sistema político fundamentalmente sectario, que ahora es rehén de Hizbulá y de los designios regionales de Irán.

Sin embargo, la mejor manera a largo plazo para desafiar el poder de la dirigencia actual es mediante coaliciones interétnicas amplias. La violenta oposición de Hizbulá a las protestas en el Líbano es prueba de hasta qué punto una agenda cívica multiétnica plantea una amenaza a una cultura general de resistencia al cambio que confiere poder a algunos pocos.

Por ahora, aunque los manifestantes no caigan en las trampas del 2011, siguen siendo muy vulnerables. Enfrentan poderosos aparatos represivos, sin líderes convincentes ni estrategias claras. En Irak, la policía mató a manifestantes; en Irán, hubo más de 300 muertos, y los arrestados se cuentan por miles. En Egipto, también hubo miles de arrestos, y los periodistas son uno de los blancos favoritos de las fuerzas de seguridad.

Puesto que ninguna potencia extranjera está dispuesta a intervenir para poner fin a la represión, las cartas están marcadas contra los manifestantes.

En el 2011, al menos, Occidente (liderado por un presidente estadounidense con principios, Barack Obama) apoyó las demandas árabes de democracia.

Hoy, la pauta la da Donald Trump, a quien poco interesan las responsabilidades internacionales de Estados Unidos, y que cierta vez dijo que el presidente egipcio Abdulfatah al Sisi era su “dictador favorito”. Europa, por su parte, ya tiene bastante con frenar el ascenso de sus propios movimientos autoritarios y protofascistas.

Los nuevos manifestantes árabes adecuaron sus tácticas y objetivos a las enseñanzas de la Primavera Árabe. Puede que consigan (de hecho, ya consiguieron) que los gobiernos hagan algunas concesiones para restaurar la gobernabilidad. Pero que superen la resistencia de los aparatos represivos estatales y logren mejoras institucionales genuinas, eso todavía es muy incierto.

Shlomo Ben-Ami: ex ministro israelí de Asuntos Exteriores, es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y autor del libro “Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí”.

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