Miguel Ángel Rodríguez. 17 octubre

La línea central del mensaje que Fratelli tutti, con base en el Evangelio, desarrolla a lo largo es el amor fraterno en nuestras relaciones interpersonales y sociales.

El mandato del amor nos convoca en nuestra actividad personal a ser “prójimo”, como el samaritano de la parábola, y a procurar el bien común en nuestra participación en la sociedad. Claramente, el mandato, de manera muy especial, se aplica a políticos, dirigentes y formadores de opinión.

No se trata solo del mandato que en consciencia nos impone la fe cristiana de amar a las demás personas como a nosotros mismos. Se trata, además, de la amistad social sobre la que deben erigirse las instituciones de la vida en sociedad.

No hay manera de menoscabar la inmensa importancia de este mensaje para el mundo actual, carcomido por las frustraciones, la desigualdad y los enfrentamientos que se vienen configurando —especialmente en Occidente— desde finales del siglo XX y que se agigantaron a causa de la pandemia.

La desigualdad creciente en muchos países, la pérdida de la protección del hogar y la comunidad inmediatas, y la separación en grupos estancos y fanatizados, generada por los algoritmos de las redes sociales, ya habían provocado el desencanto por la democracia, la globalización y la institucionalidad internacionales. Resurgieron nacionalismos y populismos.

Pero la covid-19 agrava esas tendencias. La ignorancia sobre este virus y la cercanía de nuestra muerte que ilumina, el sufrimiento adicional de desempleo y pobreza, y las amenazas del incierto futuro magnificaron el miedo y despertaron sentimientos avasalladores de resentimiento, envidia, enojo y odio que propician la violencia.

Fraternidad. Por eso nada más oportuno que privilegiar uno de los tres elementos del lema democrático de “Libertad, igualdad y fraternidad”. La fraternidad, precisamente, es el elemento menos promovido en los enfrentamientos ideológicos de los últimos dos siglos.

Con motivo de la primera encíclica social del papa Francisco Laudato si, resalté la importancia de la ecología del amor que en ella se nos regaló. Escribí lo siguiente: “Evidentemente, las relaciones entre los organismos vivientes y su ambiente incluye, y de manera muy especial, la relación entre las personas y su ambiente. Por eso, la ecología integral que Laudato si nos propone incluye —y se centra— en las relaciones de los diversos seres humanos entre sí, y con su ambiente no solo natural, sino también social, cultural, político y económico".

Y continué con lo siguiente: “Laudato si hace claro a los cristianos que no podemos, ni en nuestras acciones individuales ni en nuestro comportamiento social, político y económico ser indiferentes a los daños que nuestras acciones causan a la naturaleza. Y, por ende, nos convoca a un cambio de comportamiento personal y a la adopción de las medidas nacionales e internacionales necesarias para enfrentar el cambio climático, la contaminación, la escasez del agua, la pérdida de especies, el deterioro de la calidad de vida humana, la degradación social y las injusticias entre y dentro de los países”.

También en esa ocasión —“con el respeto debido a una persona de tantos méritos y realizaciones como el papa Francisco”— manifesté no compartir los comentarios negativos sobre economía y tecnología que emitió en esa encíclica. En asuntos que no son de moral ni de fe señalé las razones por las cuales discrepaba de lo expresado por él.

Discrepancia. De nuevo debo discrepar con respecto a comentarios semejantes, ahora más directamente dirigidos a planteamientos políticos. Lo hago con la admiración que profeso a la persona de Jorge Mario Bergoglio y con el respeto a Roma de mi convicción católica.

Los comentarios a que me refiero se dan especialmente en el capítulo V, donde se indica: “155. El desprecio de los débiles puede esconderse en formas populistas, que los utilizan demagógicamente para sus fines, o en formas liberales al servicio de los intereses económicos de los poderosos".

Este comentario me parece contradictorio por la visión universalista de la fraternidad que el papa expresa repetidamente en Fratelli tutti y su defensa de los migrantes frente al maltrato y la falta de acogida que han sufrido.

El liberalismo es la corriente política más abierta a los extranjeros y la ciencia económica con fundamentos científicos de peso ha demostrado la utilidad de las migraciones, incluso para los países receptores.

En el desarrollo de este capítulo, la encíclica enfrenta populismo con liberalismo, como dos visiones negativas. Pero al populismo le reconoce poder ser una representación del pueblo y de las comunidades, mientras al liberalismo lo percibe como simple unión de individuos sin raíces culturales.

Esto no considera que el liberalismo político en gran parte se fundamenta en la descentralización territorial del poder político, en la autonomía para libremente formar organizaciones voluntarias intermedias, que en su funcionamiento solo estén sujetas a la legislación ordinaria, pero sin injerencia del gobierno en sus decisiones concretas.

Claro que este tema ha sido más profundamente desarrollado por el principio de la subsidiariedad de la doctrina social de la Iglesia y por la acción política de partidos socialcristianos.

No aparece en esta crítica —a la cual las experiencias históricas concretas pueden inducir— los excesos de los estatismos socialistas en su desprecio tanto a las personas en su dignidad de hijos de Dios y hermanos entre sí como en su avasallamiento a las organizaciones voluntarias intermedias —incluso a la familia— lo que deja una sensación de desbalance injustificado a la luz de las teorías y de la historia. Uno no puede dejar de preguntarse dónde quedan el materialismo socialista y los oprobios estatistas que siguen en nuestros días oprimiendo una buena porción de la humanidad.

Tecnocracia. Con su valiente voz profética el papa Francisco —desde la cátedra de san Pedro— clama por que solo venciendo el egoísmo humano, la concupiscencia las sociedades superarán los más profundos problemas que las aquejan, dada la fragilidad humana. En la crítica a la tecnocracia (numeral 166) se afirma que por esas características de los seres humanos no se logran evitar los defectos de la tecnocracia controlando sus excesos.

De ahí puede malentenderse que ese egoísmo es una perversión exclusiva de quienes buscan la eficiencia en el diseño de las instituciones. ¿En qué se diferencia la naturaleza ética de los humanos que aspiran a un manejo eficiente de las instituciones y toman en consideración las conclusiones de la economía y la tecnología de la naturaleza de las personas que tienen otras motivaciones?

En los numerales 167 y 168 se atacan versiones extremistas del pensamiento liberal y del mercado, que pueden limitar la receptividad para una encíclica que busca expresamente llegar a un público más amplio que el catolicismo, y aun que el cristianismo. En numerales posteriores la encíclica critica la economía sin diferenciar su concepción como ciencia que organiza conocimiento humano de la acepción de economía como experiencia geográfica y temporal de un pueblo con sus luces y sombras.

La economía como ciencia permite establecer políticas económicas capaces de alcanzar sus objetivos, en los que debe primar la fraternidad tal como sabiamente lo recalca el papa Francisco. Sin el conocimiento científico, ¿cómo diferenciar ganadores y perdedores de un acontecimiento para compensar a los segundos con impuestos sobre los primeros?

Es una lástima que el muy importante llamado moral a la fraternidad universal y a la amistad social, con maravillosos argumentos religiosos, filosóficos y antropológicos, pueda limitar su impacto por el desbalance en el juzgamiento a los movimientos políticos, y, aún más, por dejar de lado elementos de la economía como ciencia y por no atender las consecuencias indirectas de políticas públicas concretas, que impiden se den resultados muy bienintencionados.

El autor es expresidente de la República.