Velia Govaere. 8 octubre, 2020

En el debate de candidatos a la vicepresidencia de los Estados Unidos, Kamala Harris fue todo un ejemplo. Su sonrisa llenó la pantalla. Sin aspavientos, sentó sus derechos.

Bastaba un gesto de censura con gracia y quedaba expuesto el abuso de su rival cuando violaba el tiempo concedido.

Fue asertiva sin ser agresiva, pero estuvo todo el tiempo a la ofensiva. Le enseñó al mundo la fuerza gentil de una mujer empoderada.

Cuando todo haya pasado, tal vez olvide sus palabras, pero no la seguridad de su rostro sereno y confiado. Con el lenguaje corporal de un nada disimulado entusiasmo, transmitió al votante el mensaje que más mueve a las urnas: la confianza en la victoria.

Analizada a posteriori, se podría decir que su misión era sencilla. No tenía más que evidenciar lo evidente. En la historia, no existe administración de los Estados Unidos cuyas pifias hayan sido más expuestas a la mirada ciudadana.

Kamala solo tenía que repetir el libreto de los desastres de Trump. Ella representó a la niña de la fábula, cuando dijo que el rey estaba desnudo y, esta vez, infectado por su propia mano.

Misión cumplida. Con elegancia, pero en toda su crudeza, Kamala dejó expuestos los traspiés de una presidencia costosa para el mundo y su pueblo: daño al ambiente, ruptura del acuerdo climático, agresión a aliados, contubernio con enemigos, desprecio de héroes y militares. Esa era su misión.

El optimismo de su semblante tradujo la sensación segura de su cometido. Pregunta por pregunta de la moderadora daban pie a enciclopedias de censuras. Pero ella se centró en lo esencial: los centenares de miles de víctimas mortales del manejo obtuso de la pandemia y la brutal amenaza de dejar a millones de ciudadanos sin cobertura de salud.

Ahí, fue incisiva, repetitiva, contundente, golpeando donde más duele y volviendo, vez tras vez, sobre la misma herida.

Si de lecturas de expresión corporal se tratara, el tenor adusto y estreñido de Pence fue testimonio elocuente de su incómoda posición.

Ni una sonrisa en hora y media de una misión imposible: defender lo indefendible, negar lo innegable y esquivar los ganchos certeros de una de las fiscalas más capaces del país, en uno de los juicios más sencillos de su historia, con el pueblo de jurado.

Se sabía. Se esperaba. Y ella cumplió. The people rest, el pueblo ha concluido sus alegatos, como dicen los fiscales al cerrar un caso.

Personajes contrapuestos. Mil cosas separan los mundos de Biden y Trump. En el debate Harris-Pence, retengo la más importante: la visión de la economía.

Para Trump, decía Kamala, la economía está bien cuando a sus amigos millonarios les va bien. Para Biden, en cambio, la economía está bien cuando la gente está mejor. Dos filosofías y, sin embargo, ni los millonarios se sienten seguros en el caos.

A Kamala le correspondía consolidar la victoria demócrata que las encuestas vaticinan, el 3 de noviembre. Llegó al debate con el trasfondo de un tumulto de encuestas que predicen una victoria azul.

Era apenas apropiado que fuera una mujer quien llenara esa faena, porque el voto femenino decidirá los resultados.

Desde el 2016, las mujeres son el 53 % de los votantes. Esa participación las hace el segmento más crucial de las elecciones.

En el 2016, Trump logró, extrañamente, superar a Hillary Clinton en el voto de mujeres blancas. ¿Cómo explicarse que ganara el voto de las mujeres un candidato lascivo que se jactaba de su abuso?

Esta vez, el voto femenino se decanta con fuerza inaudita por la papeleta Biden-Harris. Es el resultado de cuatro años de Trump, xenófobo, misógino y machista, que amenaza el acceso a la cobertura de salud y su manejo de la pandemia ha sido irresponsable.

Una formidable brecha de género sustenta el liderazgo de Biden. Si Biden triunfa, será gracias a un sunami de mujeres que lo apoyan.

Trump sigue dominando el voto masculino. A pesar de todo, cuenta aún con una ventaja del 55 % de los hombres que lo respaldan. A Biden, solo el 42 %.

Si por varones fuera, Trump tendría la elección asegurada. Las mujeres son la piedra en su camino. El 65 % apoya a Biden. A Trump, el 34 %. Ese enorme margen de mujeres que se decantan por la papeleta demócrata da a Biden la ventaja que tiene.

Visión de género. Los márgenes actuales son 51 % a 43 %, a favor de Biden. Teniendo Trump todavía mayoría de apoyo masculino, el giro de las elecciones descansa en el desencanto de las mujeres.

Entre los hombres, Trump tiene una ventaja igual a la que tenía frente a Hillary en el 2016. En cambio, las mujeres apoyan a Joe más del doble de lo que respaldaron a Clinton.

Aún existe un bache entre mujeres blancas sin educación, entre las cuales Trump tiene una pequeña mayoría. Sin embargo, lo rechaza un cuarto de las que lo respaldaron en el 2016.

Esas republicanas desencantadas son el sector más volátil del respaldo de Trump y fueron mercado meta de la suavidad y elegancia de Kamala en el debate.

También los adultos mayores han cambiado de preferencias. En el 2016, votantes de 65 años o más dieron a Trump nueve puntos de ventaja. Hoy un 52 % de ese segmento respalda a Biden.

Es un sector especialmente vulnerable a la crisis sanitaria y le cobran a Trump haber incrementado su riesgo. Los votantes maduros son el perfil ciudadano más proclive a repudiar el caos reinante.

Al final del debate, una sombra aterradora se proyectó sobre el escenario político de Estados Unidos. Lo anunció una mosca que se posó en la cabeza de Pence.

La misma mosca está sobre el plato de los electores. Pence, como su jefe, se negó a aceptar resultados electorales adversos. Ese silencio es el peor de los presagios. Pesa sobre los acontecimientos mucho más que toda su retórica defensiva.

Si se disputan los resultados y se fuerza a nuevos recuentos, se armará la de San Quintín. Está claro que la estrategia de Trump ya no es ganar votos, sino embarrialar la cancha. Mantener el poder a cualquier costo puede llevar a la catástrofe. En ese posible escenario de caos, el silencio de Pence es la gran negación del debate.

La autora es catedrática de la UNED.