Fernando Zamora. 17 abril

Los hombres del pasado construían para los siglos, fue la atinada observación que me hizo hace algún tiempo mi buen amigo Armando Vargas.

La catedral de Nuestra Señora, o Cathédrale Notre Dame en francés, fue construida entre 1163 y 1345. Su diseño obedece a la idea con que se forjaban las obras dedicabas a Dios en aquel entonces: vencer el tiempo. Una vocación de eternidad, como era el sentido de casi todo lo que se respiraba en la Europa de la época.

En Notre Dame se conserva una corona de espinas, un trozo de madera y unos clavos antiquísimos que, según la tradición, están ligados a la cruz y a los instrumentos con los que Cristo habría sido martirizado, así como una túnica que perteneció a Ludovico, quien llegó a ser Luis IX, recordado por ser el último rey en encabezar una cruzada para rescatar a Jerusalén del dominio musulmán.

De acuerdo con Aciprensa, medio de información de la Iglesia católica, esos tesoros fueron rescatados del fuego que consumió este lunes 15 de abril una parte del emblemático templo francés.

Así como la Iglesia, en sentido espiritual, ha sufrido innumerables embates a lo largo de la historia, Notre Dame también.

Durante la primera gran ofensiva anticlerical, la de la Revolución francesa, fue saqueada dos veces. La primera, en 1790, cuando las hordas jacobinas destruyeron gran cantidad de tesoros religiosos. La segunda ocurrió tres años más tarde, por los insurgentes, al extremo que la catedral dejó de funcionar como lugar de culto porque quedó en mal estado y, por un tiempo, incluso, fue utilizada para otros fines.

Los saqueadores destruyeron esculturas, altares y los íconos de los espacios para la devoción. También crucifijos y todo símbolo de adoración. El ataque al monumental emblema de la arquitectura cristiana coincidió con la persecución contra los representantes de la cristiandad.

Persecución. Fue un momento de horror para el catolicismo francés. En 1793, se promulgó la ley del 21 de octubre, la cual condenaba a muerte a los sacerdotes que no juraran fidelidad al régimen de Robespierre, quien profanó la catedral de Notre Dame al oficiar en noviembre de ese año cultos blasfemos.

El corolario de aquel paroxismo fue una vorágine de terror que se expandió por dos días. Aquello incluyó una carnicería contra cientos de religiosos y monjas, hechos conocidos hoy como las masacres anticlericales septembrinas. También en Lyon, el tristemente célebre José Fouché, recordado por sus habilidades para manejarse y sostenerse en los intrincados hilos del poder de aquella turbulenta época, ordenó el asesinato de grupos de religiosos, amén de cientos de torturados en las cárceles.

Otro ataque a Notre Dame se llevó a cabo durante los hechos de 1871. París fue controlada por revolucionarios socialistas aproximadamente dos meses, en lo que la historia ha llamado la comuna parisiense. Un intento de utopía social que derivó en caos.

Lunes de fuego. Una y otra vez, Notre Dame se ha levantado de sus caídas. Con ella sucede algo similar a lo que Newman sostenía respecto de la Iglesia en sentido espiritual: “Aunque parece estar muriendo, al final, contra todo pronóstico, triunfa. Con caídas aterradoras y victoriosas recuperaciones, cual si la Providencia determinara que triunfe a través de sus derrotas”.

Al igual que hace más de dos siglos, la catedral de Nuestra Señora es protagonista de la tragedia. Esta vez, no por causa de una horda revolucionaria, ni tampoco por atentado extremista alguno, como se temió en un inicio.

El incendio del lunes 15 fue causado por accidente mientras se efectuaban los trabajos de conservación.

Al igual que en el siglo XIX, cuando Notre Dame se levantó de sus propias ruinas para resurgir esplendorosa como símbolo de un cristianismo redivivo para la sociedad francesa de entonces, nuevamente asoma, esperanzadora, la victoria.

En tanto que la catedral ardía, se hacía evidente la determinación del pueblo francés, y de Occidente entero, de rescatar y restaurar el monumento. Al tiempo que se reportaba la dura jornada de los bomberos galos, uno de los primeros hechos insólitos informados por los periodistas fue el de cientos de parisienses en grupos alrededor de la ciudad, de cara a la deflagración, de rodillas, entonando himnos, plegarias y cánticos con la intención de clamar a la Providencia la protección de su casi milenario monumento. Minutos después, videos atestiguando el hermoso acto de fe coparon las redes sociales.

El mundo se ha volcado también en solidaridad con Francia. Los dignatarios europeos, la Unesco y prominentes ciudadanos del mundo, como el filántropo François-Henri Pinault, han expresado un solo sentir: restablecer la grandeza del ícono. El espíritu que hizo grande a Europa.

El autor es abogado constitucionalista.