Eduardo Ulibarri. 20 enero

En marzo de 1933, con los nazis ya en el poder, Hitler convertido en canciller y él en ministro de Propaganda, Joseph Goebbels emprendió una frenética carrera de discursos y reuniones para demarcar los estrechos linderos por los que debería marchar la cultura alemana.

El 8 de mayo, como parte de esa ofensiva, convocó a un numeroso grupo de directores y administradores teatrales; lamentó ante ellos que el expresionismo, como corriente artística, hubiera “degenerado” en experimentación, y marcó un objetivo tajante para el futuro. “El arte alemán en la próxima década debe ser heroico”, sentenció, tras lo cual planteó una amplia lista de cualidades para acompañarlo: firme y a la vez romántico, sin sentimentalismos, nacionalista, imperativo, cohesivo y unitario. De lo contrario, “no será”.

Se trata, simple y llanamente, de un propósito de inspiración totalitaria. Brasil está muy lejos del totalitarismo.

Su intervención, que ha pasado a la historia como referente del abordaje totalitario de la cultura, sirvió de guion maestro para el discurso con que, el pasado jueves 16, Roberto Alvim, secretario especial de Cultura, sorprendió a los brasileños, al anunciar un nuevo fondo para las artes. Su puesta en escena incluyó un retrato del presidente Jair Bolsonaro y una cruz de madera sobre el escritorio desde el que repitió casi textualmente varias de las frases de Goebbels. Y se hizo acompañar por una peculiar banda sonora: partes de la ópera Lohengrin, de Richard Wagner, que en su autobiografía Hitler calificó como “decisiva” en su vida.

Al día siguiente, ante una unánime condena, Alvim se vio obligado a dejar el cargo.

Frases y política. Que la cabeza de la oficialidad cultural brasileña haya citado, sin pudor alguno, a uno de los más conspicuos artífices de la barbarie nazi es, en sí mismo, intolerable. Pero el asunto posee aristas aún peores porque, en su discurso, Alvim no solo se apropió de tales palabras, sino del propósito que las animó: trazar líneas para que la producción artística se desarrolle según la ideología, el imaginario y los prejuicios del poder.

De acuerdo con una información del New York Times, el jerarca anunció que el nuevo fondo, de casi cinco millones de dólares, financiará obras alineadas con la visión de mundo de Bolsonaro, es decir, que enaltezcan figuras históricas y enfaticen valores tradicionales. De este modo, se pretende impulsar “una cultura que no destruya, sino que salve" a la juventud brasileña, porque “cuando una cultura se enferma, la gente se enferma por igual”. Que la “cura” para estos presuntos males pueda encontrarse en las palabras de Goebbels y las políticas nazis, es una aberración ofensiva y contradictoria; irónica, podría añadir, si de por medio no estuviera una de las mayores tragedias del siglo XX.

Arte y poder. Poner el arte al servicio del poder es algo que se inscribe en los añejos pliegues de la historia. Basta mencionar, por ejemplo, los fantásticos monumentos, sagrados o profanos, legados por los imperios egipcio, mesopotámico, siamés, azteca, inca o romano. Y, aunque hoy los disfrutemos con admiración, no debemos olvidar los costos humanos que implicaron.

Sin embargo, la instrumentalización sistemática, disciplinada y despiadada de la creación y difusión culturales como parte de un gran aparato de control social, adoctrinamiento masivo, movilización, legitimación y perpetuación del poder, es de factura más reciente. Nació y se desarrolló con los totalitarismos del siglo XX.

Stalin se les adelantó a Hitler y Goebbels. Su creciente represión contra la relativa libertad artística que caracterizó la primera década soviética, pronto derivó en una estrategia proactiva para convertir la cultura en un engranaje más de la maquinaria totalitaria.

En 1932, bajo sus órdenes, el Partido Comunista proclamó el panfletario “realismo socialista” como estética oficial, se lanzó contra el “formalismo” de las vanguardias, emprendió la “reconstrucción de las organizaciones literarias y artísticas” y colocó la producción cultural bajo estricto control estatal. Stalin dio a los escritores la categoría de “ingenieros del alma humana”, y se erigió en arquitecto incuestionado, incuestionable e implacable de su reconstrucción.

También Mao Zedong, sobre todo durante su devastadora “revolución cultural”, redujo el arte a herramienta de su aberrante modelo, y a sus creadores en “cuadros” disciplinados por este. Y no debemos olvidar la amenazadora sentencia de Fidel Castro, en sus “palabras a los intelectuales” del 10 de junio de 1961: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”.

La gran diferencia conceptual del nazismo respecto al comunismo estalinista se basó en el reclamo de una presunta superioridad racial aria, y su consecuente nacionalismo tribal, como elementos clave de legitimación; el marxismo, en cambio, descansa sobre un discurso universalista. La particularidad estratégica, por su parte, fue que, en lugar de estatizar todos los centros de producción y difusión artística, como en la Unión Soviética, Hitler mantuvo muchos de ellos en manos de operadores privados, oportunistas o dóciles ante los premios y castigos del poder.

No solo Alvim. Lo que anunció el secretario especial de Cultura en su discurso fue, precisamente, una imagen diluida de lo anterior: impulsar con estímulos económicos a una parte de la producción cultural brasileña hacia las corrientes hiperconservadoras del actual gobierno.

Se trata, simple y llanamente, de un propósito de inspiración totalitaria, que trasciende las palabras usadas para anunciarlo y se presenta como política del gobierno federal, no importa quién ocupe la vacante de Alvim.

Brasil está muy lejos del totalitarismo. Su sociedad es en extremo diversa, su federalismo fomenta la dispersión política, su poder legislativo dista de los impulsos exclusionistas de Bolsonaro, su ejecutivo es más heterogéneo de lo que parece, sus medios de prensa son independientes y sus partidos opositores robustos. Además, la Corte Suprema constituye un sólido baluarte de libertad: hasta ahora ha anulado todos los intentos de censura oficial.

A pesar de las fortalezas democráticas todavía vigentes en Brasil, el que un gobierno pretenda, aunque sea mediante incentivos, incidir ideológicamente en los contenidos de la producción cultural, es inaceptable y revela una peligrosa vocación de intransigencia. Las frases de Goebbels y la ópera favorita de Hitler no hacen sino excerbarla.

El autor es periodista.