Velia Govaere. 7 noviembre, 2020

Con lentitud exasperante, el cielo se aclaró. La victoria electoral de Joe Biden iluminó todos los horizontes. Hitchcock construyó el concepto cinematográfico de suspenso. El espectador sabe más que el protagonista y, sin embargo, el camino no se ajusta a la narrativa esperada.

El suspenso no está en lo desconocido, sino en la expectativa impaciente de lo anticipado. Así, hemos estado. Comiéndonos las uñas.

Según el libreto previsto, “sabíamos” que ganaría Biden. Y su triunfo no fue ajustado. Terminará como el candidato más votado de la historia, con cerca de 5 millones más que Trump. Sin embargo, aun así, podía perder. De ahí el suspenso.

Corría en un sistema electoral que permite la aberración de tener mayoría de votos y poder perder las elecciones. Les pasó a Clinton, con 3 millones de votos más, y a Gore, con un exceso de medio millón. Así son las cosas.

Obligados a recorrer los vericuetos del Colegio Electoral, hemos tenido que aceptar lo inaceptable. Una pérfida figura, mundialmente repudiada y constantemente desprestigiada resultó, para nuestro asombro, popular para millones de votantes.

Trump es todo lo que un político no debería ser: patán, patológicamente mendaz, bravucón y sin un gramo de empatía. Aun así, y después de perder, su sombra seguirá oscureciendo el panorama. Eso hace mucho ruido.

La lógica de nuestros juicios racionales no basta para explicar la fuerza de la erupción pasional de poblaciones rurales marginadas, grupos económica y culturalmente atrasados, zonas olvidadas del progreso y masas humanas encapsuladas en prejuicios religiosos.

Caldo social explosivo. Solo el sistema político de los Estados Unidos explica ese caldo social explosivo. Sin importar su población, cada estado tiene dos senadores. Eso hace que un legislador de la agreste Montana represente a 500.000 personas y tenga la misma fuerza política que uno que responde a 20 millones de la dinámica California.

Ese sistema da fuerza desproporcionada a lo rural frente a lo urbano, a lo local frente a lo cosmopolita. Un mapa del espectro electoral lo muestra gráficamente. Azules demócratas las costas de ambos océanos y rojo el centro.

En ese sistema que distorsiona el peso electoral de las poblaciones dinámicas a favor de las zonas atrasadas, fue un milagro de la pandemia y de la estupidez de Trump que Biden nos rescatara de esa miseria. Un regalo navideño anticipado. Joy to the World!

En la sociedad de la globalización y la innovación tecnológica, las curules senatoriales premian el rezago y se rinden a la fuerza insólita del resentimiento.

Trump no creó las brechas de la miseria contra el progreso, pero fue el brujo que conjuró la rabia acumulada. Y no hay que quitarle mérito. Interpretó como nadie el furor de la ignorancia y el rencor de la impotencia.

Lo hizo de una forma al mismo tiempo insolente y brillante. Impredecible como la ola humana de intolerancia que conjuró hacia su abismo, Trump fue el rugido vulgar de la sinrazón. Pero más allá de sus males y daños, dejó al desnudo las venas abiertas de un país con el alma fracturada.

Es el producto más aberrante de una realidad social escindida y su partida no será suficiente para detener la hemorragia.

Su sombra. La “base” de Trump es una realidad social con un peso electoral formidable reflejado en sus votos. Él tendrá que irse, pero su “base” seguirá. No desaparecerá del sistema mientras no se atiendan las brechas que le dan sustento.

Por eso, el Partido Republicano no se desmoronó y tal vez mantendrá la mayoría en el Senado. Su cúpula no apoyó a Trump de forma incondicional. Detrás de su sumisión a los caprichos del mandatario, la élite conservadora logró dejar impronta por largo plazo en la institucionalidad del país. Se acomodaron a sus bufonadas, pero vendieron caro su vasallaje.

Los republicanos llenaron las cortes federales con más de 250 jueces y aseguraron una mayoría de 6 a 4 jueces en la Corte Suprema. Los republicanos llenaron su agenda, bajaron impuestos al sector más pudiente y a las grandes compañías, y retomaron el proceso de desregulación de la vida económica, que Obama había interrumpido y la nueva Corte Suprema puede llevar a extremos inimaginables.

Todo quedó por la libre, empezando por los mercados financieros que produjeron la crisis del 2008. También la producción fue liberada de restricciones ambientales y laborales, debilitadas las agencias de administraciones regulatorias.

El votante medio de Trump, hombre blanco de medios rurales y de bajo nivel educativo, no tiene ni idea del daño que estas políticas incuban. Para esa base electoral de pocas luces, la imagen de aparente empresario exitoso se tradujo en la posibilidad engañosa de empleos, más que nunca anhelados en medio de la pandemia.

Así. llegan Joe y Kamala, con las manos probablemente amarradas por un Senado que, si queda al arbitrio de McConnell, se opondrá a cada iniciativa de la administración Biden-Harris para que no puedan cumplir sus promesas de campaña.

Este senador de Kentucky ya había logrado paralizar a Obama, y lo obligó a una interrupción anticipada de sus incentivos económicos. Así, le arrebataron el Senado.

Ahora se aprestan a secuestrar las buenas intenciones de Biden. Pero no todo está perdido. Biden, más que nadie, sabe surcar ese pantano y tiene experiencia en cruzar la acera. Tal vez encontrará apoyo para algunas de sus políticas en Susan Collins, la única senadora que se opuso al nombramiento de la jueza Amy Coney Barrett, y en Mitt Rommey, brillante exgobernador de Massachusetts que impulsó los programas sociales que antecedieron al Obamacare.

Pero atrás quedarán esperanzas más ambiciosas: inversiones masivas demandadas por la pandemia, eliminación del filibusterismo y todo intento de modificar la relación de fuerzas en la Corte Suprema.

Vencer a Trump fue el más simple de los desafíos. En otra hora, serán otras batallas. Hoy por hoy, el mundo respira aliviado. Disfrutemos esa conquista inconclusa.

La autora es catedrática de la UNED.