Anne Marie Slaughter y Asha C. Castleberry. 1 octubre, 2019

WASHINGTON D. C.– El presidente estadounidense Donald Trump declaró en diciembre del 2018 la victoria sobre el Estado Islámico (EI), con un tuit en el que sostuvo que el grupo terrorista estaba “prácticamente derrotado”, y otros países de la región, incluida Turquía, deberían poder fácilmente con lo que quedaba.

En los primeros tres meses de este año, Trump dijo, o tuiteó, 16 veces que el EI estaba completamente derrotado o que lo estaría pronto.

La publicidad es esencial para todos los grupos terroristas que usan los ataques para visibilizar su causa y atraer el apoyo de los desafectos.

Pero el gabinete no parece estar de acuerdo. En agosto, los tres inspectores generales en jefes del Departamento de Defensa, el Departamento de Estado y la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional presentaron un informe conjunto al Congreso sobre el desarrollo de la operación Inherent Resolve (la campaña de Estados Unidos contra el EI en Siria e Irak) en el período comprendido del 1.° de abril al 30 de junio, y concluyen que “a pesar de la pérdida de territorio físico, miles de combatientes del EI permanecen en Irak y Siria, ejecutan ataques y trabajan en recrear sus capacidades”.

La reaparición del EI es, en parte, resultado de las decisiones tomadas por Trump en diciembre del 2018 de retirar todas las tropas estadounidenses de Siria y reducir a la mitad su número en Afganistán, que motivaron la renuncia del secretario de defensa James Mattis y redujeron la capacidad de los aliados regionales de Estados Unidos para llevar adelante operaciones de contraterrorismo.

En Irak, el Estado Islámico se está reagrupando y formando células terroristas clandestinas en áreas clave de las provincias de Bagdad, Nínive y Al Anbar, y en el valle medio del río Éufrates. En Siria, el grupo está lanzando fuertes contraofensivas en Al Raqa y en la provincia de Homs, con el firme propósito de crearse una zona segura.

Es improbable que Trump revierta su decisión de retirar tropas. Pero el campo de batalla del EI no es solo físico, sino también digital. Cuando menos en este ámbito, la administración Trump debe fortalecer la capacidad estadounidense de combatir en forma eficaz.

Cuando el EI atacó la ciudad iraquí de Mosul, en el clímax de su insurgencia en el 2014, millones de personas vieron en tiempo real lo que ocurría, siguiendo el hashtag #AllEyesOnISIS (todos los ojos puestos en el EI) en la versión árabe de Twitter, incluidos los defensores iraquíes de la ciudad, que se desmoralizaron y huyeron.

Como escriben Peter W. Singer y Emerson T. Brooking en su libro LikeWar: The Weaponization of Social Media (La guerra de los likes: el uso de las redes sociales como armas), El Estado Islámico condujo “una ofensiva militar a modo de campaña de marketing viral y obtuvo una victoria que no tendría que haber sido posible”.

Asimismo, el reaparecido EI 2.0 usa anuncios de prensa y su dominio de las redes sociales para difundir su influencia en todo el mundo y reclutar a combatientes, simpatizantes y financistas en el extranjero. En abril del 2019, por ejemplo, el grupo publicó un video de su líder, Abu Bakr al-Baghdadi, que se atribuyó la responsabilidad por los mortales atentados del domingo de Pascua en Sri Lanka.

La campaña mediática internacional del EI también produce Soldiers Harvest II, publicación semanal renovada que cubre las operaciones militares del grupo.

De modo que la reciente reaparición mediática del EI es un preanuncio de su resurrección física. Por eso la guerra de información contra el Estado Islámico nunca debe detenerse.

Esta ofensiva comunicacional permite al EI disputar la visión internacional de que el grupo fue derrotado tras la caída de su califato. Y, lo más importante (como señalan Singer y Brooking), es que el EI usa Internet como un arma para crear un campo de batalla digital en el que un ciberrelato de victorias puede llevar a triunfos en el terreno.

La opinión pública estadounidense e internacional debe comprender finalmente que la guerra contra el EI y otros grupos terroristas yihadistas es un tipo nuevo y diferente de conflicto, que no se puede “ganar” de una vez y para siempre.

El apoyo al EI, Al Qaeda, Boko Haram y grupos similares es reflejo de múltiples factores sociales, económicos y demográficos, que van de la corrupción al cambio climático. De modo que la lucha contra estos grupos debe tener lugar en muchos ámbitos diferentes, comenzando por la política interna de los países donde operan.

Otro ámbito de lucha es Internet, y el Ejército de los Estados Unidos lo sabe muy bien. En el 2016, el Estado Mayor Conjunto estadounidense publicó un artículo centrado en cómo ganar la “batalla narrativa”.

El artículo comenzaba con esta frase: “Matar a una mala persona es más fácil que matar una mala idea”. Por eso, de aquí al 2028, el cibercomando de los Estados Unidos se transformará en un comando de operaciones para la ciberguerra, con el objetivo de integrar las operaciones de guerra cibernética, electrónica y de la información.

Pero para el 2028 falta casi un decenio y el Estado Islámico no va a esperar. Además, la lucha es demasiado crucial para dejársela solamente a los soldados. De modo que la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos debe recomendar un modelo de colaboración similar al de la 77.ª Brigada del Ejército británico, que combina departamentos del Gobierno en una sola estructura para la conducción de la guerra de la información.

Lamentablemente, la administración Trump desvirtuó una oficina del Departamento de Estado de los Estados Unidos (el Global Engagement Center) que originalmente se encargaba de contrarrestar la propaganda terrorista y cuya tarea ahora es combatir la desinformación global.

Una decisión a la que felizmente el Congreso se opuso; el Departamento de Estado debe tener plena participación en el desarrollo de un contrarrelato sólido y creíble, una tarea mucho más sutil y amplia que la contrapropaganda tradicional.

Además, otros países que combaten al EI deben asegurarse de tener capacidades similares y de poder colaborar con sus aliados en los ámbitos diplomático y militar. Las guerras de la información son conflictos entre diferentes modos de ver y comprender el mundo, y demandan nuevas capacidades y conocimiento experto que trascienden con creces las comunicaciones tradicionales.

Los medios informativos de Estados Unidos y del mundo enfrentan un dilema. Por un lado, las noticias sobre los anuncios de prensa del EI y las entrevistas relacionadas aumentan la visibilidad, y hasta cierto punto el atractivo, de este y otros grupos similares. Por el otro, la significativa disminución de la cobertura mediática estadounidense del EI en los últimos años fortalece la percepción pública de que ya no es una amenaza.

Los periodistas y editores deben ser conscientes de esta tensión y, tal vez, examinar más detenidamente la vinculación con el público de las fuerzas que combaten al EI en todo el mundo.

La publicidad es esencial para todos los grupos terroristas que usan los ataques para visibilizar su causa y atraer el apoyo de los desafectos. Además, las tecnologías digitales ofrecen al EI un control sobre partes del territorio virtual que a menudo le es inalcanzable en el terreno físico, y esto le ayuda a reagruparse y hallar nuevos modos de lanzar ataques materiales.

De modo que la reciente reaparición mediática del EI es un preanuncio de su resurrección física. Por eso la guerra de información contra el Estado Islámico nunca debe detenerse.

Anne Marie Slaughter: es directora ejecutiva de New America.

Asha C. Castleberry: veterana de combate del Ejército estadounidense, es profesora de Política Exterior y Seguridad Nacional en la Universidad George Washington y miembro no permanente del Council on Foreign Relations.

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