Enrique Obregón Valverde. 1 junio

El poder como facultad y jurisdicción para gobernar democráticamente se legitima, no tanto por su origen como por la forma de ejercerlo. En consecuencia, no es cierto que el requisito indispensable para considerar democrático un gobierno sea el de haber sido elegido por la voluntad popular. La legitimidad la da la forma de gobernar, y no precisamente el voto popular.

Lo ideal es que origen y forma coincidan. O sea, que el gobernante elegido por el voto popular gobierne según el mandato que se le dio. Pero esto pocas veces se da. Ricardo Jiménez —en su segunda elección— y Alfredo González Flores no contaron con el apoyo mayoritario del pueblo, pero gobernaron democráticamente, por lo cual siempre se les ha considerado, sin reservas, demócratas.

Por otra parte, el derecho que tiene el pueblo de responder con las armas contra un gobierno que perdió el rumbo y viola derechos y libertades ningún demócrata de verdad lo pone en duda, así como tampoco la facultad de tomar el poder los líderes triunfantes en una revolución armada, en las circunstancias indicadas.

También sabemos que siempre la violencia popular, por más justa que sea, ocasiona actos inadmisibles que los mismos líderes no pueden evitar. En dimensión mayor, en América, la Revolución mexicana es un ejemplo. Las banderas de justicia, libertad y tierra para el que la trabaja, que levantaron Pancho Villa y Emiliano Zapata, son banderas que continúan levantando nuestros pueblos cuando llega la hora de luchar por la democracia, a pesar de los excesos cometidos.

Fue Rousseau quien afirmó que el gobierno democrático en toda su verdadera dimensión nunca se logrará porque, para ello, tendría que estar conducido por ángeles. En política teórica, se sostiene que el objetivo final de la democracia es la felicidad, pero debemos entender que, en la realidad, solo se logra lo posible. Quien condene a un mandatario porque no conquistó la felicidad total para su pueblo, no sabe de lo que está hablando. Y quien juzga y condena al líder revolucionario que tomó el poder por las armas y no por el voto popular, tampoco sabe de lo que está hablando, y si lo sabe, entonces está mintiendo.

Figueres era un demócrata. Lo anterior, con relación a un artículo que escribió el filósofo Juan Diego López, y publicado por La Nación el 26 de mayo. López afirmó que la Junta de Gobierno de 1948 fue “una vil y sangrienta dictadura, consecuencia del pacto con la oposición para gobernar sin Congreso, repartiendo decretos ejecutivos a diestra y siniestra y persiguiendo y asesinando a sus adversarios”.

Terminada la revolución, José Figueres tomó el poder. No ha existido en toda nuestra historia otro gobernante que haya tenido tanto poder como Figueres. Ni siquiera Tomás Guardia. Por lo tanto, no necesitaba pactar con la oposición para gobernar libremente. El pacto con Ulate más bien fue todo lo contrario: garantizar a él, y al país en general, que se respetaría su elección, lo cual se complicó porque Ulate pedía que fuera ratificada por el Congreso que se nombrara una vez aprobada la nueva Constitución.

Figueres fue un demócrata como no hemos tenido otro, a pesar de que gobernó 18 meses sin Constitución, sin Asamblea Legislativa y sin Poder Judicial, usando los famosos decretos a que se refiere López Ocampo, ¿para asesinar a sus adversarios?, no, señor, para hacer justicia, para consolidar la democracia. Le impuso un 10 % de impuesto al capital, nacionalizó la banca, no se la arrebató a los banqueros privados, como pudo haberlo hecho, sino que se les pagó.

Durante todo el periodo de solo banca estatal, se abrió el crédito a las clases menos pudientes. Nació una clase media pujante. Se universalizó, además, la educación pública: escuelas y colegios en los lugares más apartados del país, se crearon nuevos colegios secundarios y tecnológicos, se fundó el Instituto Costarricense de Electricidad, se fortaleció la seguridad social otorgando los servicios a toda la población.

En 1948, el Seguro Social cubría nada más que al 26 % de los trabajadores del país. Veinte años después, la población asegurada sobrepasaba el 80 %. Finalmente, es necesario enfatizar que el 82 % de nuestra población era campesina y sus hijos no tuvieron nunca acceso a la escuela primaria, a pesar de que el presidente Jesús Jiménez había logrado incluir en la Constitución Política la obligatoriedad de la enseñanza primaria, lo que no se cumplió. Los jornaleros del campo, que eran la mayoría de la clase campesina, solo heredaban miseria e ignorancia. Los hijos de los jornaleros estaban destinados a ser jornaleros.

Revolución educativa. Veinticinco años después del 48, aquellos hijos de campesinos que tuvieron la oportunidad de ir a la escuela, al colegio, a la universidad, eran abogados, médicos, ingenieros, maestros o profesores, y así desplazaron a los hijos de la pequeña clase pudiente, que eran los únicos con acceso a los altos cargos públicos y privados en Costa Rica. Sí, 25 años después los hijos de los jornaleros del campo dirigían, gobernaban Costa Rica. Eso es revolución de verdad.

José Figueres, el cruel dictador peor que Federico Tinoco, aquel vil y sangriento dictador, como lo describe López Ocampo, había abierto las puertas a toda clase de oportunidades a nuestra juventud. Floreció la democracia. Uno de los tres países más demócratas del mundo, como fue calificado en aquella oportunidad. Y Figueres, aplaudido en todas partes del mundo como un verdadero demócrata, licenció su ejército revolucionario y, por uno de sus “criminales decretos”, suprimió el ejército como institución permanente. Nuestra democracia fue la primera en lograrlo.

Finalmente, a nuestra tradicional democracia de hombres, Figueres la transformó en una democracia de todo el pueblo dándoles el voto a las mujeres y permitiendo que los jóvenes pudieran votar a partir de los 18 años. Para las familias muy pobres, fundó el Instituto de Vivienda y Urbanismo; miles de familias abandonaron viviendas de latas y cartón para ir a ocupar casas decentes.

Sí, López Ocampo, el poder como facultad y jurisdicción para gobernar democráticamente se legitima, no tanto por el origen, como por la forma de ejercerlo. José Figueres ascendió al poder sin el voto popular y, como consecuencia de una revolución triunfante, abrió las puertas a todos los derechos y libertades posibles y descendió de las alturas del poder entregándole al pueblo el derecho a gobernarse a sí mismo.

Discurso histórico. El 2 de diciembre de 1948, en el cuartel Bellavista, José Figueres pronunció un bello discurso para anunciar al mundo la abolición del ejército costarricense. De ese discurso, entresaco los siguientes pensamientos: “Los hombres que ensangrentamos recientemente el país, comprendemos la gravedad que pueden asumir estas heridas en la América Latina, y la urgencia de que dejen de sangrar (…). Somos sostenedores definidos del ideal de un nuevo mundo en América. A esta patria de Washington, de Lincoln, de Bolívar y Martí queremos decirle hoy: ¡Oh, América! Otros pueblos, hijos tuyos también, te ofrendan sus grandezas; la pequeña Costa Rica desea ofrecerte, ahora, junto con su corazón, su amor a la civilidad, a la democracia, a la vida institucional”.

En ese mismo acto, Figueres destinó el cuartel Bellavista para que en él continuara funcionando el Museo Nacional. Al día siguiente, el profesor Luis Dobles Segreda publicó un artículo en La Nación manifestando: “Ha triunfado el espíritu del bien, ha vencido la cultura y don José Figueres, que fue el primero en la guerra, llega a ser el primero en la paz (…). Con orgullo de costarricense y de hombre civilizado, yo leería sus palabras desde la cumbre del Irazú, para que rueden sobre las parcelas de ambos mares, como un mensaje a toda Costa Rica (…). Allí mismo, mirando a un tiempo los dos océanos, pondría el bronce de José Figueres, alzando su mazo destructor de tiranías y constructor de democracias”.

¿Para qué pretender ocultar el sol con un dedo? ¡Santo Dios!, ¿pero qué fue lo que José Figueres no hizo por la democracia en este país y por el bienestar de su pueblo?

El autor es abogado.