Javier Solana y Óscar Fernández. 13 julio

MADRID– Una inquietante idea parece haberse adueñado de Occidente: que nos estamos adentrando en una nueva guerra fría.

Esta narrativa comenzó a popularizarse a raíz de la disputa comercial entre China y EE. UU, y la crisis de la covid-19 proporcionó el impulso definitivo.

Según algunas voces, es mejor prepararse cuidadosamente que ignorar ingenuamente el choque hegemónico que marcará la “nueva normalidad”.

Pero estas llamadas de alerta disfrazan de realismo lo que no es más que fatalismo, y nos presentan como inevitable lo que no es más que una elección.

Puede que EE. UU. y China se encuentren sumidos en una contienda entre superpotencias, pero no necesariamente en una recreación de la Guerra Fría.

Al parecer, las referencias a la guerra fría están incluso en documentos oficiales, aunque sea implícitamente. Según un informe presentado por la Casa Blanca en mayo, donde se detalla el enfoque estratégico de EE. UU. con respecto a China, “Pekín reconoce abiertamente que su intención es transformar el orden internacional para alinearlo con los intereses y la ideología del PCCh (Partido Comunista de China)”.

El sistema chino, añade el informe, “está afianzado en la interpretación que Pekín hace de la ideología marxista-leninista y combina una dictadura nacionalista y de partido único; una economía dirigida por el Estado; la puesta de la ciencia y la tecnología al servicio del Estado y la subordinación de los derechos individuales para servir a los fines del PCCh”.

Esta engañosa caracterización de China puede suscitar sobrerreacciones y falsas equivalencias. A pesar de sus guiños retóricos al socialismo, hace tiempo Pekín adoptó un sistema capitalista, como argumenta convincentemente el economista Branko Milanovic.

Por supuesto, esto no ha eliminado por completo las diferencias entre el modelo occidental (más liberal) y el chino (más estatista) ni excluye la competición entre ambos. Pero salta a la vista que, desde la reforma y apertura que auspició Deng Xiaoping, la influencia ideológica ha seguido un canal fundamentalmente unidireccional, de Occidente a China.

En cambio, la impronta ideológica que dejó en su día la Unión Soviética en el mundo fue mucho más marcada.

Como haría toda potencia ascendente, no cabe duda de que China tratará de configurar el escenario global de acuerdo con sus intereses.

También tratará de congraciarse con ciertos grupos de población allende sus fronteras. Pero no tratará de moldear a otros países a su imagen y semejanza, como hizo la Unión Soviética, y como EE. UU. hace.

China se enorgullece de ser inimitable, y su historia de subyugación al imperialismo extranjero la ha predispuesto en contra de injerencias desenfrenadas en los asuntos internos de los demás Estados.

A ello se suma que, por mucho que los partidarios del “iliberalismo” en Occidente y otros lugares se vean tentados a copiar algunos aspectos del sistema chino, el poder de atracción de China sigue siendo relativamente limitado.

Esto nos lleva a otra diferencia esencial entre la Unión Soviética y China: la segunda carece de una esfera de influencia propiamente dicha.

La lista de aliados chinos es muy escasa; de hecho, puede argumentarse que tan solo Corea del Norte y Pakistán forman parte del grupo. Por descontado, es probable que el ascenso de China termine generando que otros países decidan arrimarse a su sombra. Pero, en general, los países asiáticos desconfían de un vecino cada vez más poderoso y nacionalista, involucrado además en múltiples disputas territoriales, con lo que prefieren forjar equilibrios entre China y EE. UU.

Por otra parte, tildar el orden internacional actual de “bipolar” ningunea a la Unión Europea (UE), que constituye un polo en sí misma. Evidentemente, la UE no es un Estado, y ha sufrido graves conmociones internas en los últimos tiempos, entre las que destaca el brexit. No obstante, el proyecto europeo ha experimentado significativos avances desde la Guerra Fría, como la finalización del mercado único.

Al día de hoy, la UE es el mayor bloque comercial del mundo y el principal socio comercial para 80 países. Asimismo, pese a sus imperfecciones, la UE es un referente global en materias como derechos humanos, privacidad individual, el bienestar social y la conciencia medioambiental.

Aunque el politólogo Andrew Moravcsik no va del todo desencaminado cuando se refiere a la UE como “la superpotencia invisible”, su influencia es de hecho nítidamente visible en muchas cuestiones trascendentales y varias partes del mundo.

La UE no participará pasivamente en un tira y afloja entre EE. UU. y China, sino que tratará de explorar sinergias con ambos.

Este espíritu aperturista debería guiar la era pos-covid-19 a escala global. Mucho se está hablando en estos días sobre la necesidad de que los Estados aumenten su autosuficiencia —que podría haber evitado la escasez de cierto material esencial— y sobre un posible repunte de las tensiones comerciales entre EE. UU. y China.

Es cierto que las cadenas globales de valor no siempre son tan resistentes y reactivas como convendría, y que la interdependencia económica es susceptible de ser usada como arma por algunos Estados, según demuestran Henry Farrell y Abraham Newman. Pero los mismos autores consideran que un desacoplamiento económico de EE. UU. y China sería inviable.

Nunca antes dos superpotencias globales estuvieron tan interconectadas ni tan expuestas a que el perjuicio ajeno redunde en perjuicio propio.

En cierto modo, la noción de que la interdependencia puede ejercer de elemento disuasorio también estaba presente durante la Guerra Fría; es más, la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada se sustentaba precisamente en dicha noción.

Cabe recordar, sin embargo, que la Guerra Fría fue en realidad muy caliente en muchas regiones del mundo, y que un cataclismo nuclear no estuvo lejos.

Hoy, afortunadamente, una guerra nuclear es una posibilidad remota. Tampoco estamos presenciando una carrera armamentística como la de la Guerra Fría.

Tanto el gasto militar chino como el estadounidense permanecen relativamente estables, y las capacidades militares de China —pese al elevado ritmo de crecimiento del PIB que venía manteniendo— son todavía minúsculas en comparación con las de EE. UU.

No obstante, la situación podría cambiar si comenzamos a adoptar una retórica innecesariamente hostil. Abusar de analogías basadas en la Guerra Fría podría dar lugar a una “profecía autocumplida” y empujarnos a terrenos resbaladizos.

Ya existen indicios de que, en los meses previos a las elecciones presidenciales estadounidenses, demócratas y republicanos se forzarán mutuamente a endurecer sus posturas respecto a China. Y, pese a que China es tradicionalmente reacia a establecer paralelismos con la Guerra Fría, el hecho de que su peso económico sea superior al de la Unión Soviética podrá hacer que Pekín incurra en excesos de confianza.

Su actitud desafiante en Hong Kong y el mar de la China meridional, por ejemplo, no es un presagio excesivamente halagüeño.

Pero no es demasiado tarde para optar por una desescalada que beneficiaría a todos los países, empezando por China y EE. UU. La mentalidad de guerra fría no nos permitirá abordar los grandes desafíos de nuestros tiempos, como combatir la actual pandemia de covid-19, asegurar una recuperación económica robusta y mitigar el cambio climático.

Las relaciones entre grandes potencias no están predestinadas a desembocar en un enfrentamiento, y explorar avenidas de cooperación todavía es posible.

Una cosa está clara: de terminar produciéndose una “guerra fría” entre China y EE. UU., no sería por necesidad, sino por elección. Y se trataría de una elección nefasta.

Javier Solana: es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de EsadeGeo-Center for Global Economy and Geopolitics.

Óscar Fernández: es investigador sénior en EsadeGeo-Center for Global Economy and Geopolitics.

© Project Syndicate 1995–2020