Velia Govaere. 16 abril

Al mundo hechizado de chatos nacionalismos, ciegos populismos y catastróficos sufragios, le cayó una pandemia. El infortunio sanitario se sumó a la peor crisis de liderazgo internacional. En cualquier tiempo nada es peor que insensatez en el timón político. Ausencia de lucidez en medio de una adversidad convierte la tribulación en catástrofe. Es la tormenta perfecta.

En la crisis sanitaria, es imposible exagerar la importancia de claridad intelectual y sagacidad política en los altos mandos. De nada sirven ni capacidad sanitaria instalada ni protocolos ni masa crítica de investigadores si la cúspide de la jerarquía del Estado carece de visión o adolece de indecisión.

Nada ilustra mejor esta afirmación que contrastar el ranquin mundial de seguridad sanitaria (GHS Index) con las reacciones de los gobiernos en la lucha contra la covid-19.

Los países de más alto ranquin, Estados Unidos, el Reino Unido y los Países Bajos fueron, en ese orden, los más insensatos. El primero, con Trump a la cabeza, reacciona como increíble caricatura de desgobierno en su peor hora. En un colmo de arrogancia, regatea el auxilio federal a los gobernadores si no lo tratan con delicadeza.

Los otros dos, Johnson y Rutte, optaron inicialmente por dejar que su población se contaminara para adquirir “inmunidad de rebaño”, hasta que a Johnson le tocó la lotería y se infectó.

Conflictos. La covid-19 puso en la balanza de los gobiernos bienes morales en competencia. Sus responsabilidades de estabilidad macroeconómica, bienestar social y salud entraron en conflicto. Al final, en casi todos los países, incluso frente al colapso económico, predominó la preservación de la vida.

Antes o después, con sabiduría preclara, como en Corea del Sur, con rezago o arrastrando los pies frente a una disyuntiva nada fácil, en todas partes las medidas de aislamiento social fueron adoptadas.

En consecuencia, las economías se detuvieron. Fue necesario mitigar los efectos socioeconómicos con grandes desembolsos a cargo del erario para paliar el impacto en lo social y empresarial.

Entre los pueblos de gobiernos lúcidos del planeta, Costa Rica brilla en esta amarga hora. Nuestras entidades públicas y privadas respondieron a una crisis para la que parecían haber sido destinadas. Hasta lo obsoleto, como Fanal, encontró sentido.

Quedarán escritas las páginas de sabiduría, previsión sanitaria, solidaridad social y apodíctica gobernanza, cuando se depusieron banderas y predominó un sentido sagrado de pertenencia. No faltó cacofonía en este concierto nacional de concordia, pero predominó el entendimiento y el sentido de oportunidad.

Sacrificios. Las decisiones tomadas cuestan mucho. Nuestro país, en pobre condición para asumir este reto, queda inmerso en la ineluctable exploración de los recursos que el Estado requiere para sostener a las familias afectadas y a la economía, con mínimos viables de demanda.

Entre los necesarios sacrificios compartidos, es buen momento para recordar que el arroz es el 22 % de nuestro consumo calórico y el precio regulado aún castiga las mesas del costarricense. ¿Morirá de covid-19 la ideología proteccionista? ¡Esa víctima no la echaríamos de menos! Renacerán en nuestro apremio viejas aspiraciones de un pacto social menos asimétrico, en el cual la modernidad superará dualidades y barreras territoriales.

Pero si la grandeza de espíritu y la visión de estadista cobra hoy relevancia, será cuando pase la pandemia, en un mundo económicamente aplastado, cuando tendrá alcances históricos la calidad de los gobernantes, especialmente en los países dominantes.

En esa hora que se acerca, la estupidez política amenaza convertirse en un problema más grave que el patógeno. El mundo saldrá endeudado hasta la coronilla. Volverán viejas polémicas sobre el poder de la mano invisible del mercado. Pero prevalecerá, probablemente, más que nunca, así sea temporalmente, la hora del Estado rescatando economías.

El futuro se visualiza ahora con las letras V, U y L. Cada una representa gráficamente escenarios del desarrollo económico después de la pandemia, con curvas de caída y recuperación que siguen las formas de esas letras. La V es el mejor escenario: de la precipitosa caída actual a una igualmente explosiva recuperación. La U se traduce como el fuerte desplome que es, pero con un largo y doloroso giro antes de la recuperación. La L es el peor escenario: derrumbe abrupto con largo estancamiento, sin recuperación a la vista.

Mares turbulentos. Pero ¡cuidado!, todos los escenarios plantean mares turbulentos. La contención sanitaria produjo una inmensa deuda pública internacional y seguirá planteando una amenaza existencial a empresas y hogares.

En esas aguas, vamos sin brújula porque, sumidos en problemas colectivos, el trance que vivimos nos sorprende como países aislados. Todos saldremos endeudados; las posibilidades de inversión, comprometidas; y el comercio mundial, afectado.

No puede ser cada cual por su cuenta. O salimos todos o nadie sale. Es tiempo de instituciones internacionales de rescate, que no existen y de liderazgo solidario internacional, que no tenemos.

En ese escenario realista, solo medidas colectivas internacionales evitarán que la economía quede tan paralizada que no pueda recuperarse.

Se habla ya de un nuevo Plan Marshall. Pero el entretelón de aquel programa fue el pánico al comunismo. Si no se reconstruía su economía, la postrada Europa de posguerra se arriesgaba a caer detrás de la cortina de hierro.

Un peligro semejante no existe hoy. En una hora que reclama grandeza de espíritu, más añoramos los estadistas de antaño. Trump y Johnson encarnan un presente chato de visionarios cuando más los necesitamos.

America First hace impensables medidas solidarias. La continuidad todavía posible de Trump amenaza al mundo con un castigo de larga data.

Si existe un momento en el que la humanidad necesitará sabiduría en el timón de los pueblos, será precisamente después de la pandemia para amainar el huracán después de la tormenta.

La autora es catedrática de la UNED.