Shlomo Ben Ami. 16 julio

TEL AVIV– Este mes se cumplen veinte años desde que el presidente estadounidense Bill Clinton invitó al primer ministro israelí Ehud Barak y al presidente de la Organización para la Liberación de Palestina Yasser Arafat a una cumbre para la paz en Camp David, en un audaz esfuerzo para solucionar uno de los conflictos más prolongados de la era moderna.

Aunque no se logró ningún acuerdo, la cumbre, en la cual participé, no fue un fracaso: el marco que produjo se convirtió en la base sobre la cual Clinton construyó sus “parámetros para la paz”: la interpretación más equitativa y realista de una solución con dos Estados que se haya creado. ¿Por qué no se logró nada con ellos?

Según los llamados parámetros de Clinton, se desmantelaría una gran franja de asentamientos israelíes para crear un Estado palestino que abarcara el 100 % de la Franja de Gaza y el 97 % de Cisjordania. Israel transferiría territorios a cambio de la tierra que los palestinos concedieron en Cisjordania.

El Estado palestino incluiría las partes árabes de Jerusalén, que funcionarían como su capital, mientras las partes judías de la ciudad se convertirían en la capital de Israel.

Esta división otorgaría a los palestinos soberanía sobre al-Haram al-Sharif (que los judíos llaman el Monte del Templo), aunque los israelíes mantendrían el control sobre el Muro de los Lamentos y el área circundante.

Se crearía un corredor entre las tierras palestinas —Clinton lo llamó un “paso seguro permanente”— contiguo al nuevo Estado.

Finalmente, los refugiados palestinos podrían optar entre regresar sin restricciones al nuevo Estado de Palestina, regresar al Estado de Israel con restricciones (como parte de un esquema de reunificación familiar), reubicarse en un tercer país o recibir compensación financiera, aportada por la comunidad internacional.

Los negociadores israelíes querían que los parámetros se tradujeran en un acuerdo oficial, eso habría constituido un acuerdo significativamente mejor para los palestinos que el ofrecido en la cumbre de Camp David.

De hecho, la mejora en los términos justifica la decisión de Arafat de rechazar las propuestas de Barak en Camp David.

Pero los palestinos también se resistieron a los parámetros, sosteniendo que no se debía permitir que limitaran las negociaciones futuras.

Durante un último intento desesperado para asegurar un acuerdo en Taba, Egipto, Abu Ala, el negociador jefe palestino, admitió ante nosotros que a Arafat ya no le interesaba la oferta. Ese fue un error devastador, cuyas consecuencias sufren cada día los palestinos.

La decisión de Arafat puede explicarse menos por una exigencia o concesión específica que por una cosmovisión delirante y contraproducente del mundo al cual se aferran muchos palestinos.

Como escribió el fallecido Fouad Ajami, investigador superior en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, en un artículo en el 2001, los palestinos sufren “un rechazo innato a rendirse ante la lógica de las cosas, la creencia de que un misterioso poder superior siempre vendrá a rescatarlos, como si las leyes de la historia no se aplicaran a ellos”.

En una carta del 2002, uno de los exministros de Arafat, Nabil Amr, condenó este enfoque. “No es por una conspiración que todo el mundo se ha enfrentado contra nosotros o ha sido incapaz de ayudarnos. Que nuestra causa sea justa no significa que podemos hacer lo que queramos”.

A lo largo de la historia las naciones oprimidas no han logrado liberarse porque tenían derecho —humano, legal o divino— ni porque sostenían la posición moralmente superior, su éxito se debió más bien a una combinación de sabiduría, temple y mesura. Su emancipación descansó en su capacidad para equilibrar la fuerza y la diplomacia, la tenacidad y el compromiso.

Impulsado por la escala de la tragedia palestina y la tolerancia de la comunidad internacional, Arafat nunca aceptó eso, sino que buscó un acuerdo que sabía que era políticamente imposible para sus interlocutores israelíes.

Esta indiferencia compulsiva frente al contexto político y estratégico destruyó las posibilidades palestinas de lograr un acuerdo de paz realista, justo y factible... y no solo en ese momento. De hecho, es posible que haya condenado definitivamente la causa palestina.

“¿Cuántas veces”, continúa Amr en su carta, “aceptamos, rechazamos y volvimos a aceptar? Nunca elegimos los momentos adecuados para decir sí o no. ¿Cuántas veces se nos pidió que hiciéramos algo que podíamos, pero no lo hicimos? Cuando ese algo se tornó imposible, rogamos al mundo que nos lo volviera a ofrecer”.

Amr pareció reconocer que el mundo encontraría un límite y las propuestas dejarían de llegar. Dos décadas después de la cumbre de Camp David eso es exactamente lo que ocurrió.

Hoy el conflicto palestino-israelí apenas forma parte de la agenda regional, ni que hablar de la mundial. El gobierno del presidente estadounidense, Donald Trump, presentó su propio plan de paz, pero está fuertemente sesgado hacia los israelíes. El resto del mundo apenas respondió.

En cuanto a Israel, virtualmente no pueden encontrarse fuerzas de paz entre sus líderes; por el contrario, ha abandonado toda semblanza de empatía o compasión por las dificultades palestinas.

En cambio, envalentonado por su inescrupulosa alianza con Trump, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, ahora procura, de manera más agresiva que nunca, su sueño hipernacionalista de anexarse las tierras palestinas “aplicando soberanía” unilateralmente sobre ellas.

Los palestinos en esas áreas —incluido hasta el 30 % de Cisjordania— quedarían sin Estado o, en el mejor de los casos, en una situación de “indefinición política”.

Como escribió Hannah Arendt, solo con las “personas sin Estado” se puede hacer lo que se quiere, aunque, por supuesto, tenía a los judíos en mente.

El gobierno de Clinton no fracasó en lograr la paz hace 20 años solo por la intransigencia de Arafat, los negociadores estadounidenses percibían el acuerdo como una causa sentimental más que como un imperativo para la seguridad y esto se transmitió en las conversaciones, debilitando su posición.

Ahora, mientras Netanyahu consolida un Estado de apartheid, los palestinos ni siquiera cuentan con el sentimentalismo a su favor. Y quien crea que Rusia, con su creciente influencia en la región, reemplazará Estados Unidos como mediador debiera reconsiderarlo.

La solución con dos Estados está muerta y enterrada. Sea cual sea la “solución” que se encuentre en el futuro, no surgirá de un proceso de paz ordenado, sino del caos, cuya naturaleza precisa es imposible predecir.

Podría ser una anexión unilateral, una violenta desvinculación israelí de partes de Cisjordania o un conflicto directo. Así funciona la ley de hierro de las consecuencias no buscadas.

Shlomo Ben Ami: ex ministro de Asuntos Exteriores israelí es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz.

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